Выбрать главу

De manera decorosa, como era de esperar de una futura duquesa, y si su dignidad había sufrido un resbalón… ya había pasado. Tenía toda una vida por delante junto a Adrian para enmendarlo.

– Las chicas tendrán que aprender a llamarte “su gracia” -dijo Charlotte, tumbada en la cama de Emma, con expresión soñadora y una copa de champán en la mano.

Weed, el lacayo de Jane, les había entregado cuatro botellas del apreciado Dom Perignon de Grayson una hora antes, después de que la marquesa hubiera regresado a casa de su triunfante escapada en nombre del amor. Chloe había descorchado exitosamente la botella, para brindar por su hermana mayor con el burbujeante vino, famoso gracias al humilde monje Benedictino, que había donado sus ganancias a los pobres.

– Está bien que la bebida tenga una vertiente caritativa -anunció Chloe con júbilo.

Los ojos de Emma brillaron. -¡Entonces bebamos, hasta el fondo!

– ¡Por los Boscastle y sus amigos! -dijo Hermia resueltamente.

– ¿Cómo les anunciamos a las chicas tu compromiso? -preguntó Charlotte suavemente.

Emma bajó la vista a su copa. -No estoy muy segura. Sé que no puedo abandonar la academia sin mirar atrás.

– ¿Y por qué diablos no? -preguntó Hermia con intensidad, arrastrando algo las sílabas-. Nunca he sido más feliz, que cuando me he entregado a un impulso. Ya está. Lo he dicho. Revelé mi secreto. Que el mundo tiemble. Soy una mujer peligrosa.

– Solo para guapos jóvenes que parezcan dioses griegos -dijo Charlotte sin pensar.

Su sobrina Julia rompió a reír. Y poco después, las otras damas la siguieran. Emma se deslizó de la silla alarmada.-Señoras, por favor. Debemos… debemos…

– …Beber más champaña -dijo Chloe, levantando la botella a lo alto-. Oh, Emma, Emma. ¿Quién te hubiera adivinado capaz de hacer honor a nuestros antepasados? Juro que me iré a la tumba con una sonrisa en la cara. Adrian es el granuja más adorable, y ahora va a ser mi cuñado. La infamia familiar continúa y no me avergüenza en absoluto.

Pronto se hundieron en el silencio, agotadas. Charlotte recogió sus zapatos, besó a Emma, y se fue a revisar a las chicas y a buscar su cama. Hermia se quedó dormida en la silla. Julia la tapó con una colcha y se fue de puntillas a reunirse con su esposo, para lo quedaba de noche. Emma y su hermana pequeña se acomodaron en la cama, como habían hecho a menudo en su niñez. En los momentos felices, y en los tristes, Emma había sido una madre protectora para sus salvajes hermanos. Y ahora iban a tener que arreglarse sin ella. ¿Pero, podría dejarles?

Chloe apoyó la cabeza en el hombro de Emma. -Si me dejara llevar por mis impulsos malvados, te echaría en cara todas esas ocasiones donde nos sermoneabas…

– No seas bruja -dijo Emma brusca, y suavizó el efecto de su regaño con un suspiro-. No cuando estoy castigándome a mí misma… y rebosante de felicidad.

– Entonces nada la arruinará -suspiró Chloe-. Sé feliz, Emma. Disfruta de la vida.

Emma suspiró otra vez, y sonrió al recordar a Adrian escapando de su habitación con la peluca y la capa de Hermia. ¿Y si sus hermanos lo hubiesen pillado? ¿Y si una de sus estudiantes se hubiese despertado en medio de su charada? Ya era bastante sombrío pensar en qué ocurriría con la academia, cuando se anunciara su compromiso.

Como Emma entendía la hipocresía de la sociedad bien educada, sabía que el escándalo de su amorío secreto se desvanecería, olvidado, cuando se diesen cuenta de que Emma se convertiría en duquesa algún día. Y además estaría con el hombre que amaba

CAPÍTULO 17

Adrian llegó a la mansión de Grayson Boscastle, en Park Lane a las nueve de la mañana siguiente y formalmente pidió la mano de Emma en matrimonio.

Grayson aceptó graciosamente la petición con un apropiado despliegue de sorpresa y placer, tal como lo hizo su esposa, Jane. En realidad, las asombradas exclamaciones de deleite de Jane casi convencieron a Adrian que él había soñado los eventos de la noche pasada. Aparentemente, todo estaba bien si terminaba en sagrado matrimonio.

– Yo digo que esto merece una cena de celebración -anunció Gray, frotándose las manos con un gesto de autosatisfacción que indicaba que él mismo podría haber ideado el romance-. ¿Podemos arreglarlo, Jane?

Ella le sonrió. -No supondría ningún inconveniente en absoluto, querido esposo. El personal ya está acostumbrado a organizar esplendidos eventos a último momento.

– Nada esplendoroso -dijo Adrian rápidamente, pensando en la preferencia de Emma por lo sutil-. Yo creo que por todo lo concerniente, deberíamos casarnos tan silenciosamente como sea posible.

Y así fue que Jane se excusó, dejando a los dos hombres para que discutieran las disposiciones de la viuda y los arreglos mientras ella se apresuraba en la feliz tarea de planear una boda familiar. Lo cual significaba, por supuesto, que ella y la novia requerirían un nuevo guardarropa y calzado que combine y ese zapatero italiano podría necesitar un ejército de elfos que lo asistieran. Jane decidió que ella simplemente tendría que hacerse de una docena de zapatos nuevos para celebrar el compromiso de su cuñada.

Otro Boscastle cayendo víctima de la herencia familiar de la pasión. Era el rol de Jane, tal como lo percibía, asegurarse que el pasaje al matrimonio siguiera un curso tan suave como fuera posible. Cualquier olvido podía convenientemente causar daños antes de la marcha nupcial.

Como la hija de un conde, y esposa de un marqués, ella entendía intuitivamente que la adición de un duque y una duquesa a la línea familiar era una conexión para ser fervientemente abrazada, si no explotada.

El hijo de Jane, Rowan, heredero de su esposo, podría crecer con el hijo de un duque como primo y compañero de juegos. Era el orden propio de las cosas en la aristocracia inglesa. En la próxima década, en realidad en el próximo año, pocos en la alta sociedad comentarían o siquiera recordarían que alguna impropiedad había precedido la unión de Emma y Adrian. Nadie fuera de la familia se atrevía a mencionar el escándalo de la boda de la propia Jane.

Al menos por el momento, todo estaba bien en el mundo de los Boscastle.

Esa misma noche, el Marqués de Sedgecroft, ofrecía una cena para anunciar el compromiso de su hermana, la Vizcondesa Lyons con Adrian Ruxley, Vizconde Wolverton, heredero del Duque de Scarfield.

Solo unos pocos miembros selectos de la Sociedad, fuera de la familia Boscastle, recibieron una invitación para ese evento. El Conde Odham trajo a su amada Hermia, ambos expresando descreimiento ante el anuncio. Asistieron dos miembros del Parlamento y sus esposas. Aún así, se trató de un evento familiar.

La boda, dos días después, en la Capilla privada de la casa de Grayson en Park Lane, probó ser otro evento exclusivo. Emma se sentía tan tranquila antes de la ceremonia que Julia le preguntó en privado si había utilizado una vinagreta para prevenir el desmayo.

– Si he vivido mi vida entera en esta familia sin desmayarme -le contestó Emma-, dudo que lo haga hoy.

Sin embargo, cuando vio a Adrian en la Capilla, estuvo tan carca de un desmayo como ella hubiera imaginado posible. Estaba vestido en un traje formal de chaqueta azul oscuro y finos pantalones de paño negro. A su lado, colgaba la espada ceremonial, la cual ella rogaba a todos los santos que él no se viera tentado a usar hasta que hubieran intercambiado sus votos. En realidad, él se veía tan grandioso que Emma, en un vestido color plata sin adornos, se sintió pálida en comparación.

Sin embargo, este era para ella su segundo matrimonio. Ella no podía, en buena conciencia, llevar los virginales azahares en su corona. Un semi velo era suficiente para esconder su feliz sonrisa a la pequeña reunión de invitados. Este lobo era de ella para domesticarlo.

Grayson la dejó ir, y luego todos partieron a disfrutar un desayuno de huevos cocidos, camarones, chuletas de cordero, seguido de tartas de manzanas, jalea de frambuesas y crema de limón. Como se esperaba, había un pastel de bodas de tres pisos cubierto de un pesado glaseado blanco.