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Adrian brindó por la novia con una copa de champagne y los tres confites que había robado de la torta. -Lo siento -apretujó su mano en la de él-, pero parece que jamás cambiaré.

Ella le sonrió, con el corazón en los ojos. -Jamás me perdonaría a mi misma si lo hicieras.

Llovió durante su corto trayecto al hotel en Londres donde Adrian había residido cada tanto durante el último año. Su elección de un alojamiento impersonal se debía menos a la conveniencia que a su renuencia de echar raíces nuevamente en Inglaterra. Tardíamente, deseó haber tenido un hogar apropiado en el que estar a solas con su esposa.

Era su noche de bodas.

Intentó no pensar en el último esposo de Emma. Parecía tan mezquino e injusto confesarse celoso de un hombre que en la muerte no podía defenderse. Pero Adrian era un hombre práctico, uno que había aprendido a sobrevivir.

Y él había requerido a Emma para sobrevivir. Si esa era una debilidad, él no la negaba. Ella era la calidez de una vela en la oscuridad invernal. Él no necesitaba a nadie o nada más que a ella.

Se encogió para quitarse la chaqueta mientras ella iba detrás de la mampara a lavarse. Luego él abrió el armario y espió dentro. Fue a la ventana para ver la calle en busca de carruajes.

Emma asomó el rostro por la mampara, su cara divertida. -Si vas a confesar en nuestra noche de bodas que eres un espía…

– Estoy buscando a tus hermanos.

– No están ahí, ¿cierto? -le preguntó horrorizada.

Él rió. -No.

– Gracias al Cielo. ¿Te molestaría ayudarme con el último gancho? -ella salió de atrás de la mampara, su cabello dorado como el sol, suelto; una mano en la espalda.

– Por favor. Permíteme ayudar. -Su corazón latió ferozmente cuando se encontraron en el centro de la habitación. Luego pretendió luchar con el gancho, cuando su propio instinto le decía que arrancara la maldita cosa de su delgada amarra.

– Sé cuidadoso -ella torció la cabeza para sonreírle-, este vestido es delicado y…

Él apoyó ambas manos sobre sus hombros y rasgó el tejido plateado con un tirón decisivo. Su ropa interior siguió, el sonido de la seda rasgada interrumpiendo sus indignadas protestas.

– ¡Ese era mi vestido de novia, Adrian!

– No es como si lo fueras a usar nuevamente -murmuró él, la excusa débil aún a sus propios oídos.

– ¿Qué hay de nuestros niños? -protestó ella-, ¿qué si yo hubiera deseado pasarle ese vestido a las futuras generaciones? ¿Alguna vez has pensado que podríamos tener una hija algún día?

Él paso sus manos por sus hombros desnudos. -No he pensado en anda más -inclinó su cabeza hacia ella-. Y si tenemos una hija, espero que sea en todo como tú.

– Adrian -susurró ella, dejando caer su cabeza mientras las manos de él se movieron a la deriva pos sus costados para acariciar su espalda-. Siempre he querido niños.

Él le dirigió una sonrisa de entendimiento, mucho más entendimiento del que ella había anticipado. Antes de que se diera cuenta de lo que tramaba, la alzó en sus brazos y la llevó hasta la cama.

– Dame delicadas hijas que sean iguales a su madre -le dijo él-. Dame hijos. Dame a ti, Emma.

Ella lo miró quitarse la ropa, incapaz de controlar la humedad que filtraba de su sexo. Cuando finalmente él se tendió a su lado, ella no intentó esconder su aprobación hacia su desnudez.

Desconcertada, se dio cuenta de que no solo estaba mirando fijamente su impresionante apéndice, sino que él entendía exactamente lo que había captado su interés. Si su anterior esposo la hubiera encontrado espiando sus partes privadas, él hubiera tirado de su corbata y rápidamente ocultado sus misterios masculinos.

Pero Adrian, desvergonzado aventurero y demonio desinhibido como era, simplemente ensanchó los músculos de sus brazos en lánguida satisfacción y arqueó su espalda, impulsándose hacia adelante unas pocas pulgadas más, para su aprobación.

– Mi Dios, esos pantalones sí que eran ajustados -murmuró él, con un ojo medio cerrado enfocado en el rostro de Emma.

Ella se humedeció las esquinas de su boca con la lengua. -Puedo entender por qué.

– ¿Te gustaría… -su estómago tembló en placentera confusión-…te gustaría una corbata? -le preguntó ella inocentemente.

Con un profundo estruendo de risa, él la empujó hacia su duro y cálido cuerpo. -¿Para atar alrededor de mi pequeñín? -bromeó él, inclinándose en un lento, prometedor beso-. ¿Hay un protocolo para semejante cosa?

El corazón de Emma se salteó un latido. -No lo creo.

– Eso es un alivio porque… -frotó su pene contra el vientre de ella-…cuando se trata de ciertos asuntos de descortesía…

Ella volvió su rostro hacia la almohada para esconder un gemido, pero cualquier intento de esconder su excitación a su esposo fue inútil. Su útero se tensó de placer mientras él desperdigaba besos por sus senos. Que el Cielo la perdonara, pero estaba poseída a comportarse como una voluptuosa Venus. -Si voy a enseñarte las maneras de un caballero -dijo ella con un sincero suspiro-, entonces tendremos que comenzar con una observación de lo peor de tu conducta.

El sonrió ante el desafío. -Lo que en mi humilde opinión, es cuando estoy en lo mejor de mí.

Ella se retorció para apoyarse sobre un codo, sus pechos inflamados por sus ardientes besos. -Muéstrame, para que pueda comenzar a instruirte.

Él levantó su cabeza para besarla, girando su lengua contra la de ella. Comió delicadamente su boca hasta que ella arrastró los dedos desde las crestas de su espalda hasta sus delgadas caderas. -Tu toque me inflama, Emma.

– ¿Entonces, podría…?

Ella no terminó, pero era evidente que él había entendido. El rostro de Adrian se oscureció; se puso de espalda para satisfacer la necesidad de ella, su enorme órgano desbordando su pequeña mano. Una gota de fluido perlado bañó sus dedos. Un instinto que ella no pudo resistir la empujó a acariciar la gruesa cabeza de su vara.

Él echó atrás los hombros, como si su delicada exploración le hubiera causado dolor, luego le demostró cuánto le había gustado su caricia empujando contra su mano. Magnífico en su excitación, él arqueó su columna; en respuesta, ella se puso de rodillas, para apoyar el rostro contra su pecho. -Nunca he ansiado el toque de una mujer como deseo el tuyo, esposa -dijo en una voz ronca.

– Y yo jamás he deseado acariciar a un hombre en esta forma -le susurró a su vez-. Pero te diré sinceramente, si no procedes a hacerme el amor en este mismo momento, yo…

Él delicadamente tomó las suaves colinas de su trasero y la manipuló para forzarla a acostarse debajo de él, una posición que ella ansiosamente asumió. Su sexo latía insoportablemente. Sus muslos se abrieron en invitación para guiarlo dentro de ella.

Su velada mirada se paseo por sobre ella con un ardiente placer que reconocía su ofrecimiento. Su musculoso cuerpo se endureció, cerniéndose sobre ella. El dulce misterio de todo lo que era masculino. Puro placer sexual. Sin embargo, Emma reconoció fuerza en la sumisión.

Y cuando finalmente ella sintió su vara rozar los pétalos de su lugar femenino, cuando él empujó hacia arriba para penetrarla, ella pensó qué maravilloso era ser una esposa y una dama de cierta experiencia que sabía que aún el decoro tenía un tiempo y un lugar propios.

Tal como el deseo.

Los recién casados hubieran dormido toda la mañana si el valet de Adrian, Bones, no les hubiera llevado un abundante desayuno a su puerta, junto con una bandeja de regalos de aquellos en la buena sociedad que les deseaban felicitarlos por su boda y ser reconocidos a cambio.

Adrian contestó a la puerta, refunfuñando ante la intromisión hasta que Emma gentilmente lo reprendió por su muestra de ingratitud.