Ella había tomado el desayuno en la cama solo en tres ocasiones previamente, que ella pudiera recordar. Ciertamente, ella no era, como el gran lobo de su marido, tan desapegada a toda propiedad como para desear que esta actividad prohibida se convirtiera en hábito.
– No puedo decir que me sienta del todo cómoda desayunando en la cama sin ropa -admitió ella ante la sonrisa complacida de Adrian.
Él le dio una rodaja de naranja importada de España de la bandeja de al lado de la cama. -Tú eres una escandalosa joven dama. Debe ser por eso que me enamoré de ti.
– Bueno, no admitas eso frente a tu padre cuando me lo presentes -dijo ella, con sus ojos azules danzando.
– Yo no puedo esperar con ansias esa reunión.
– Eso me he imaginado -dijo ella ligeramente-. Pero es inevitable y tu mente no descansará hasta que lo hayas hecho.
Su mirada la recorrió en una calurosa promesa. -La única cosa inevitable -deslizó sus manos sobre sus caderas desnudas y la arrastró debajo de él en una maraña de sábanas-, es…
Otro golpe sonó en la puerta. Bones, una vez más, pero esta vez hablando en un tono tan urgente, que incluso Adrian no dudó en prestarle atención. -Es su hermano, milord. Me tomé la libertad de admitirlo en la antesala. Me asegura que no se irá hasta que usted se haya encontrado con él.
– ¿Mi hermano? -le preguntó Adrian con descreimiento-. ¿Está completamente seguro de eso, Bones?
Emma se sentó indignada. -Él debe estar confundido. Solo mis hermanos tendrían el descaro de interrumpir nuestro desayuno de luna de miel. ¿Cuál de los granujas es, y cuál es su excusa esta vez?
Bones se aclaró la garganta. -Es Lord Cedric, madame. El hermano de su señoría.
Adrian miró hacia la puerta, sonriendo increíblemente. -¿Cedric está aquí?
– Sí, milord -respondió Bones-. Y está completamente firme acerca de verlo.
Emma se vistió con cuidado y bebió dos tazas de té sin azúcar. Estaba decidida a brindar a Adrian y a su hermano menor la privacidad de una reunión. Tenía que estar de acuerdo con que el momento elegido por Cedric era más bien malo, pero entonces nuevamente podría haber habido alguna emergencia en Scarfield que motivara esta inoportuna visita. A pesar de que Adrian afirmaba que la enfermedad de su padre era un ardid, tal vez había más verdad en ello de lo que él admitía. Era improbable que Lord Cedric interrumpiera la mañana de luna de miel de su hermano por malicia. En realidad, como Adrian no había estado comunicado con el duque, uno podía atribuir la aparición de Cedric a la casualidad. Emma ciertamente no se había atrevido a insistir para que invitara a su padre a la ceremonia, considerando los enfermos sentimiento que Adrian tenía hacia él.
Solo veinte minutos después, fue convocada por su esposo a la antesala para ser presentada a su hermano. Lord Cedric era un hombre bien formado, de altura media, que parecía comprensiblemente avergonzado de haber venido en un momento tan inoportuno. De hecho, le dio a Emma la impresión de que cuán aliviado estaba de que su hermano mayor se hubiera casado con una dama de categoría. Ella no se atrevía a especular con qué clase de novia había él esperado.
Como la hermana de la familia aristocrática más famosa de Londres, ella apreciaba su alivio. En realidad, su reunión discurrió placenteramente. Lord Cedric recalcó la importancia del retorno de Adrian a Scarfield. En este punto, Emma no podía estar en desacuerdo, aún si ella se contentaba con dejar la decisión de cuándo esto sucedería al mismo Adrian.
Con todo, su primera presentación a la familia había ido bien. Fue solo cuando Cedric estaba partiendo, felicitando a marido y mujer una vez más por su matrimonio, que su comentario de despedida a su hermano tuvo una nota desagradable.
– Serena estará sorprendida de saber de tu matrimonio, Adrian. Pregunta a menudo por ti.
Aún entonces, Emma simplemente podría haber tomado nota del nombre femenino para futuro uso. Su propietaria podría haber sido una antigua ama de llaves de la familia, alguna solterona local, o incluso una tía de Adrian.
Pero entonces, Adrian preguntó. -¿Serena? ¿Aún está allí? ¿No se ha casado?
Su inflexión llamó su atención, una combinación de cariño, curiosidad e historia familiar.
– No -dijo Cedric, los guantes en sus manos-. Aún no se ha casado. A propósito, ten cuidado cuando viajes hacia casa. Las calles que rodean el pueblo han sido acechadas por ladrones en los últimos años.
– ¿En Scarfield? -preguntó Adrian-. No recuerdo un solo crimen en el pasado.
Cedric unió sus manos. -Los tiempos han cambiado. Tal vez tu regreso ayude, Adrian. Creo que necesitamos un hombre de tu experiencia.
CAPÍTULO 18
Emma temía las despedidas en la academia y había anticipado lágrimas de pesar cuando llegara el momento. Adrian le había prometido repetidamente que volverían a Londres o trasladarían la escuela a un lugar en Berkshire antes que terminara la primavera. Mientras tanto, Charlotte, la señorita Peppertree y su cuñada Eloise, se habían hecho cargo. Se tranquilizó porque había dejado a sus pupilas en buenas manos.
Lo que no había previsto era el impacto que su romance tendría sobre la reputación de la academia. Se había olvidado de la motivación básica de los padres que les enviaban a sus hijas, en primer lugar… un matrimonio ventajoso.
Al día siguiente de su boda, bajó del carruaje de su esposo para encontrar toda la calle obstruida con vehículos desconocidos. Una congestión que normalmente se esperaría en una de las elaboradas veladas de su hermano Grayson. -Algo debe ir mal -le dijo a Adrian que se quedó mirando confundido la calle de arriba abajo.
– Espero que nadie haya muerto durante la noche -dijo sin pensar mucho.
La posibilidad la hizo subir corriendo la escalera de la casa de Heath y caer directamente en los brazos de su hermano.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó alarmada.
Él movió la cabeza. Unas voces venían del salón; los criados iban y venían acarreando bandejas de plata con té y pasteles. Con gran alivio, no vio a nadie, incluyendo a Heath, con una banda negra en el brazo, ni había nada ominoso colgando de las ventanas que indicase que un pariente había fallecido.
En realidad, parecía que había una inexplicable excitación en el aire… una excitación que, aparentemente, hacía que su hermano estuviese escapando. Heath la besó en la mejilla, y dijo -Felicitaciones, Duquesa. Preocúpate de que todos se hayan marchado cuando yo vuelva. Estaré en el club, si Adrian quiere verme.
Emma se lo quedó mirando perpleja mientras se iba. -No soy una duquesa todavía. Soy…
– Oh, Emma, gracias a Dios que has llegado. No puedo soportar esto un minuto más. Tengo los nervios destrozados. Es divertido, pero desconcertante al mismo tiempo.
Se volvió para observar a su prima Charlotte, desaliñada, apoyada en una columna del pasillo. ¿O se estaba escondiendo?
Se quitó los guantes. -¿Qué está pasando?
– He estado protegiéndome de ellos desde las siete de la mañana -dijo Charlotte agotada.
– Por otra parte, ¿cómo fue tu noche de bodas?
– Nada que te pueda interesar, querida, pero gracias por preguntar. ¿De quién te has estado protegiendo?
Charlotte le dirigió una mirada aturdida. -Lo único que se, es que desde tu boda cada madre y padre de una debutante, parece estar emocionado con la esperanza de casar a su hija con un duque. Parece que estableciste un patrón. La alta sociedad está decidida a saber tus secretos.
Sus secretos.
Miró a través de la sala, con la risa burbujeando en su interior. Ahí estaba, el hijo de un duque, su esposo, maravillosamente perplejo al verse separado de ella. Dios lo bendiga. Realmente no tenía conciencia de su propia importancia, incluso si lo hubiera hecho, Emma sospechaba que no le atraerían las ventajas.
Mío, pensó.