Es mío.
– Oh, Emma, gracias al cielo -exclamó Eloise detrás de ella. Cierra la puerta, ¿sí? Las muchachas no han sido capaces de absorber un solo pasaje de poesía italiana con la aldaba golpeando a cada segundo. ¿Tuviste, u… una buena noche?
Emma le sonrió a su cuñada. -Muy bien, gracias. ¿Has conseguido introducir a Dante?
– Apenas -replicó Eloise-. Me habría gustado que me hubieses puesto sobre aviso que tu matrimonio iba a causar tanto revuelo. Tuve que animar a las estudiantes y llevarlas al campo por un día. Toda esta excitación pone los nervios de punta.
Emma tropezó con un montón de cajas y baúles de viaje que no estaban ahí hacía unos minutos. -¿De quién es todo este equipaje? -preguntó consternada.
El silencio mortal con que fue recibida su pregunta, la llenó de temor. Se agachó para mirar el monograma dorado estampado en la esquina de un baúl de cuero desgastado, susurrando, -Oh, no
La dueña misma descendía las escaleras justo cuando Emma se enderezaba. -Estoy lista, queridas. ¿Todavía Odham no ha hecho cargar mi equipaje?
Emma y Adrian compartieron una mirada de diversión horrorizada. -¿Se marcha de viaje, Lady Dalrymple? -preguntó educadamente-. Sí es así, estaré encantado que mis lacayos…
– ¿Coloquen mi equipaje en su coche? -Hermia pasó por su lado distraída soplándole un beso-. Eres un joven muy dulce. Odham y yo nos instalaremos en el carruaje mientras Emma y tú os despedís. ¿No te importará que me siente junto a una ventana? Viajar por esos caminos rurales afecta a estos viejos huesos.
Sin pensarlo, se deslizó por la alfombra hacia la puerta, se detuvo para agitar su mano en una despedida dirigida a su sobrina, Julia, que había salido del salón a investigar la conmoción.
Emma se volvió hacia Julia. -¿Hermia va a regresar a su casa de campo? -preguntó esperanzada.
Julia vaciló. -¿No te lo dijo? Decidió acompañaros con Odham a la finca del duque.
– ¿Por qué? -preguntó Adrian.
Julia exhaló un suspiro. -Parece que siente cierta responsabilidad contigo y Emma. Porque… podría decirse que os unió.
– No nos mantendrá unidos por acompañarnos en nuestra luna de miel -dijo bruscamente.
Emma negó con la cabeza. -¿Ella no puede venir con nosotros?
– Me temo que sí -respondió Julia-. Por lo menos tendrás a Odham para que te haga compañía.
– ¿Odham? -Adrian dijo, casi dejando caer su sombreo de seda negro-. ¿Alguien más?
Julia movió la cabeza comprensiva. -Hamm se ofreció a ir, pero decidieron que no cabría en el carruaje.
– Pero si nos casamos -dijo con una sonrisa forzada-. No necesitamos una acompañante. -Miró a Emma-. ¿Verdad?
– Tenemos una deuda enorme con ella -susurró Emma, resignada.
– Me doy cuenta de eso, pero ¿no podríamos pagar nuestra deuda más adelante?
Julia bajó la vista. -Al perecer está haciendo esto por ti, Adrian. Cree que puede hacer de mediadora entre tú y tu padre. Ellos fueron amigos.
– Qué amable -murmuró Emma, mientras Adrian la tomaba de un brazo y la llevaba a la puerta-. Qué generosa.
Una multitud de espectadores se había unido en la calle para presenciar al heredero del duque llevándose a su novia Boscastle al campo. Una vendedora de arenques comentó que le recordaba la leyenda de Pluto llevándose a Proserpina a su reino interior. Otro joven vendedor de pescados pequeños le respondió que era tan vieja como para recordar la época de los romanos.
Harriet salió corriendo de la casa y le arrojo una corona encintada de laurel. Hamm le gritó una advertencia al cochero, que tuviera cuidado con los salteadores de camino en el campo. El cochero levantó el sombrero a la multitud, e hizo sonar el látigo en los seis caballos musculosos, tensos con sus pulidos arneses.
Los caballos partieron, con Hermia saludando a la muchedumbre en la calle. La mirada de Emma fue atraída por una figura envuelta en una capa, de pie sola en una esquina.
Lady Clipstone. Con un ruido nasal, hizo como si no la hubiese visto. Sería malicioso y se rebajaría si reconociese el interés de su rival.
Pero Hermia, sacando la cabeza por la ventana y riendo, dijo: -Alice, querida, hágase a un lado. ¡Viene la duquesa!
Emma bajó la cortina con un grito ahogado de vergüenza. -Eso es muy vulgar. -Se echó hacia atrás en el asiento. Pronto el repicar de las campanas de la iglesia y el estruendo del tráfico de la ciudad quedaron atrás-. Aunque se lo merecía.
En el segundo día de viaje, tomaron el camino Windsor durante cinco millas, pasando Camberly, entonces giraron hacia las llanuras desoladas. Poco después una niebla sutil los envolvió. Hacia el atardecer el cochero había disminuido mucho la velocidad, apenas avanzando, y se le podía escuchar, a través de su gruesa bufanda de lana, mascullando terribles advertencias contra los peligros de tener que viajar en medio de la niebla.
A Adrian el humor se le iba oscureciendo con cada milla que los acercaba a Scarfield. Creía que había olvidado todos los antiguos insultos. Había tratado de olvidar.
Pero los hitos familiares sobresalían en la neblina como viejos fantasmas esperando para saludarlo.
Se habían burlado de él cuando se había ido. Seguramente, todavía estarían ahí cuando muriera y se hiciese polvo.
Una abadía abandonada.
Los antiguos bosques de arboles de haya donde, de niño, solía esconderse días enteros hasta que el administrador de su padre lo encontraba.
Los misteriosos montículos funerarios de sus antepasados prehistóricos.
Se sentó hacia adelante sin previo aviso y golpeo su puño en el techo. -Toma un desvío en el próximo puente -le dio las instrucciones al cochero-. Gira a la izquierda alrededor del bosque de robles o nos pasaremos todo el tiempo en esta niebla.
Emma y Odham dormían. Solo Hermia estaba despierta para cuestionar su juicio, arropándose con la capa alrededor de sus hombros robustos. -¿Un desvío, Adrian? -preguntó frunciendo el ceño-. ¿Con esta niebla? Espero que no nos lleve a un lago.
Él se hundió hacia atrás, pensando en Scarfield y todo lo que representaba. Su mirada cariñosa se desvió hacia su esposa dormida. -Espero que no vayamos a algo peor.
La voz de Adrian sacó a Emma de un sueño agradable. -Tenemos que elegir, continuar y llegar antes que caiga la noche, o regresar a ‘Tu Vieja Cama con pulgas’ hasta que tu tiempo inglés mejore.
Ella levantó la vista, perdida en el calor perverso de su mirada. -Naciste en este clima igual que yo. ¿Por qué tiene que ser mi tiempo?
– No sé. Tal vez porque eres mujer y sujeta a cambios de humor impredecibles, como el tiempo.
Se arropó con la manta. -Tal vez tú podrías haber previsto una ruta más directa. Tal vez, incluso deberías haber consultado un mapa.
– No estamos perdidos -la dijo con una sonrisa severa.
Miró más allá de él, a lo poco que podía ver por la ventana. Árboles retorcidos en la niebla, sombras grises como una congregación de espíritus.
– Nos estamos acercando al puente Buxton, mientras hablamos -dijo tomándole la mano-. Tiene cinco arcos, y cada primavera, se escoge a una doncella…
Súbitamente el coche se paró. Miró hacia arriba, sintiendo cómo la mano de Adrian le apretaba la suya. Fuera había una calma mortal, excepto el relincho de los seis caballos y el flujo rítmico del río por el lecho de piedras más abajo. Los resortes bajo el carruaje crujieron cuando los hombres saltaron de la caseta al camino.
– Nos hemos detenido -dijo ella sentándose.
El conde de Odham abrió los ojos. -¿Pasa algo?
– Un lugar extraño para descansar -dijo Hermia en voz baja-. Una siempre se acuerda de esos mitos de monstruos que viven bajo los viejos puentes.
Adrian miró hacia arriba lentamente y le frunció el ceño a Odham. -Reténgalas dentro.
Emma encontró la mirada de Adrian. Lo había visto deslizar la mano dentro de la chaqueta. -Ten cuidado -le dijo con voz ansiosa-. No todos los monstruos son mitos.