Él sonrió y se volvió a la puerta. Emma dio un salto cuando se abrió de repente. Bones, el mozo de Adrian, estaba parado en la niebla. Sin éxito, trataba de esconder la espada de su amo atrás de su espalda. Emma entendió el mensaje tras el leve asentimiento de reconocimiento que hizo su marido. Si era necesario, iba a enfrentar a quien fuese que había detenido el carruaje en este lugar aislado.
– Se llevaron al cochero y al lacayo al puente, milord -susurró Bones rápidamente-. No notaron que yo estaba detrás. Estaban esperando al otro lado.
– ¿Cuántos? -preguntó, bajando al camino.
– Tres. Los vi señor.
– Los superamos en número, entonces. -A Emma su voz no le pareció tan natural. ¿Es que el hombre no se daba cuenta del peligro? Oh, que tonta era. Por supuesto que sabía, y casi parecía que gozaba con lo que vendría.
– Quédate detrás del coche, Bones, a menos que te llame. Por ningún motivo abandones a mi esposa.
– Sí, milord. -En un abrir y cerrar de ojos, Bones parecía menos un mozo londinense que un soldado, testigo de las brutalidades de la vida-. Desarmaron al cochero y al ayudante antes que pudiesen pedir ayuda -añadió en voz baja.
Adrian caminó varios pasos, deteniéndose para ubicarse. Conocía este lugar y este puente. Incluso en esta niebla espesa, recordaba el sendero que cortaba entre los árboles, los incontables lugares donde una persona podía esconderse.
Hasta donde podía ver, solo había dos hombres subidos en el puente. Lo que significaba que el tercero, que Bones había mencionado, estaba… la sangre le hirvió. ¿Dónde estaba escondido el bastardo?
Se dio la vuelta y miró el carruaje. Parecía una joya tentadora en este sendero apartado. Maldita impaciencia. Maldita insistencia en el desvío. Maldito él mismo por no tomar en cuenta la advertencia de Cedric acerca de los peligros en los caminos de Scarfield.
Si alguien siquiera se acercaba a Emma y a sus compañeros, no viviría para ver el día siguiente. Y su esposa de maneras delicadas sabría sin lugar a dudas que sus esfuerzos para civilizarlo, habían sido en vano.
Que así sea.
Inglaterra no era más civilizada que la mayoría de las tierras paganas que había defendido. Los hombres eran hombres, sujetos a las mismas tentaciones y codicias en todo el mundo, no importaba como uno lo disfrazase.
En la neblina húmeda, soltó una yegua y saltó a su espalda. Ésta sintió su urgencia, paró las orejas, y aceleró el paso. Levantó su espada, la cimitarra persa artísticamente tallada que le habían dado para proteger un harem. Tenía una cabeza de lobo grabada en la empuñadura de plata esmaltada. Había aceptado el regalo, pensando que nunca lo usaría en Inglaterra. O en otra parte, en todo caso.
El eco de una pistola sonó a través de la niebla en dirección al puente. Creyó oír a alguien o algo, caer en las aguas del rio. Resistió la necesidad de dar la vuelta. En su lugar, salió a toda velocidad tras el jinete enmascarado que acababa de salir de entre los árboles.
Se sentía extraño y sin embargo, reconoció lo que era, la muerte en el aire, el pulso de la sangre a través de sus venas. La niebla pudo haber sido una tormenta de arena. El asaltante enmascarado podría haber sido uno de sus enemigos sin rostro. Súbitamente el peso de la cimitarra en su mano se sintió tranquilizador, en vez de extraño. Tomo la pistola con la otra mano y atacó.
El jinete que se acercaba al carruaje pareció sobresaltarse con su presencia. Adrian tuvo un momento de humor negro. Era obvio que el salteador de caminos, no esperaba encontrar a una víctima empuñado una cimitarra mortal, defendiendo un transporte ducal.
Era lo más difícil del mundo sentarse impotente mientras su esposo se enfrentaba a un grupo de bandidos. Emma observaba a través de la ventana, con su bolso bajo la capa de viaje. ¿A quién se enfrentaba Adrian, realmente? Sintió un nudo en la garganta. Su figura poderosa se había perdido en la niebla. El eco de los cascos de los caballos golpeando con fuerza en medio de la niebla, la alteraba.
Odham le puso una mano consoladora en el hombro. -Mejor que no mire, querida.
– Por supuesto que tiene que mirar -dijo Hermia, sentándose delante de él-. ¿Cómo vamos a saber lo que está ocurriendo, si nos quedamos aquí sentados, temblando como solteronas?
Él se echó hacia atrás, ocupado con la caja de cuero que había colocado en su regazo. -No tema, querida. Las protegeré con mi vida y lo considero un honor.
Hermia poco a poco volvió la cabeza para mirarlo. -Si alguien piensa que me voy a quedar con los brazos cruzados mientras nos asaltan…
La miró con ojos brillantes de emoción. -Es una dama valiente, Hermia. Me siento muy honrado de haberla conocido.
– Por Dios, Odham, todavía no estamos muertos. ¿Necesitas un frasquito de vinagre para reponerte, Emma? -preguntó preocupada.
Emma abrió su bolso, y contestó firme. -Pregúnteme cuando esto haya pasado, y seguramente le diré que sí.
Adrian tomó ventaja de la sorpresa de su adversario, azuzó a su robusta montura e hizo un ataque de caballería. El caballo respondió con una vacilante pero satisfactoria velocidad. El asaltante miró alrededor, evidentemente desconcertado, y levantó su arma de fuego para disparar.
Adrian giró su cintura y dirigió su montura en un curso zigzagueante hacia el otro jinete. Una bala pasó sobre su cabeza. Con una intuición sorprendente, vio al otro hombre detenerse para cargar el arma. -Ahora -le dijo suavemente al animal debajo de él-. No tengas miedo, sigue adelante. No va a pasar nada.
Enterró sus talones, con el brazo armado tenso de anticipación, galopó en semicírculo. El asaltante levanto la vista con un grito de pánico. Su mirada parecía fija en la cimitarra que destellaba como mercurio en la niebla del crepúsculo. Tal vez creyó que era una ilusión.
La hoja curva cantó en el aire. Había acabado con muchas vidas, y nunca falló en proteger la suya propia, o así le habían dicho a Adrian. Bajó el brazo y vio al hombre oscilar en la silla, antes de caer hacia atrás. Su pecho brillaba con una mancha roja fuerte, ante los rayos grises.
Con una mirada sobre su hombro miro hacia el carruaje, dio una vuelta alrededor y se marchó galopando al puente. Solo lograba distinguir el perfil delgado de Bones, de centinela en el lugar donde lo había dejado. Como Adrian apenas podía ver a través de la niebla que parecía humo, prefería creer que Emma no había sido testigo de lo que acababa de hacer su esposo. Sin embargo, parecía demasiado pedir que ella y Hermia no se hubiesen sentido tentadas a mirar por la ventana, a pesar de que él les había pedido que no lo hiciesen.
Desmontó en el puente y vio dos caballos sin jinete atados a las ramas bajas de un árbol. Los criminales a los que pertenecían, habían desaparecido. Apretó su pistola y detectó un débil, pero enojado gemido bajo el puente. El cochero yacía de lado en la orilla del río, semi-escondido tras una cortina de juncos.
– Fueron hacia el carruaje, milord -dijo con la voz alterada-. El lacayo está amarrado a un árbol, pero está vivo. Dijeron que le iban a buscar.
¿A él?
Dejo el caballo y echó a correr. Otro disparo hizo eco en la niebla. Pateó una rama caída fuera de su camino y maldijo. El corazón le palpitaba con fuerza debido al pánico. ¿Por qué había dejado el carruaje? Ese maldito carruaje ostentoso, un señuelo para los bandidos en un camino solitario.
El puente no estaba lejos de la finca. Unas cuantas millas como mucho. ¿A quién le habían disparado? No a su esposa. No a Emma. Le había dicho que se quedara con los otros.
Dos figuras a pie se materializaron en la oscura lluvia, y huyeron a los árboles. Levantó el revólver, lo pensó mejor y rodeo el carruaje. Otro hombre surgió debajo del coche.
– ¡Jesús, es usted! -Bones exclamó, bajando abruptamente su revólver-. Uno de ellos me disparó pero falló. Bastardos estúpidos.