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Adrian se acercó al cuerpo cubierto con una capa, que yacía amontonado contra la rueda trasera. Bones había hecho un intento decente de cubrir el hombre que Adrian había eliminado. Un disparo para Bones significaba que había fallado. Eso era lo que Adrian había escuchado. Sin embargo tenía que preguntar, que asegurarse. -¿Mi esposa y Lady Dalrymple?

Antes de que Bones pudiese darle una respuesta, Adrian prácticamente arrancó la puerta del carruaje para comprobarlo por sí mismo. Tres pistolas se levantaron al unísono en el interior oscuro. Levantó la mano libre en una falsa rendición, a merced de una infantería de aficionados compuesta por su esposa, Lady Dalrymple y Odham.

Se habría reído si hubiese sido capaz de respirar bien. Su alivio al encontrar a Emma ilesa, lo había hecho sentirse penosamente débil.

Como soldado irregular, había sido testigo de actos terribles que hombres sin principios infligían a los inocentes. De verdad, había defendido una aldea de mujeres de tales abusos. Si alguien se hubiese atrevido a manchar a su delicada esposa… movió la cabeza, y entonces se rió. Su elegante esposa que acababa de ponerle una pistola entre los ojos con tanta destreza como manejaba un abanico de encaje.

– Oh, Adrian -susurró aliviada. Se lanzó sobre él en una reacción tardía de la emoción que coincidía con la de él-. Todos estábamos enfermos de preocupación.

Tenía la cimitarra ensangrentada en la espalda, hasta que Bones, recuperando su buen sentido, se la quito de manera encubierta y la guardó segura entre el equipaje.

Con la mano libre, abrazó a Emma por la cintura, se contentó sosteniéndola muy cerca, todo el tiempo notando que Hermia no había bajado su arma.

Enterró su rostro en el cuello cálido de su esposa. -¿Una pistola… en tus manos, Emma? -Cuidadosamente levantó el revólver que ella sostenía-. Una pistola muy bonita, además. Es una Manton. -La miró sorprendido-. Espero que Heath no te haya dicho que la uses contra mí.

Vaciló, sonriendo. -No, viene de parte de Julia, sin instrucciones específicas respecto a quién debía disparar, solo que debía usarla en caso de necesidad. No la necesito, ¿verdad?

– No, Emma.

– ¿Qué pasó con nuestro cochero y nuestro lacayo? -Hermia preguntó preocupada.

Adrian le pasó la mano por el hombro a Emma, sabiendo que haría cualquier cosa para mantener segura a su esposa. Había tenido la esperanza de que nunca se diera cuenta de la clase de hombre que había sido. Qué había ciertas cosas en él que nunca podría cambiar.

– Son ellos los que vienen ahora -dijo en voz baja.

– Uno de ellos está cojeando -exclamó Hermia.

Adrian se separó de Emma con pesar. -Quédate aquí por si acaso.

Dejó escapar la respiración mientras él corría en la lluvia, con Bones unos cuantos pasos por delante. Los dos hombres que venían, se veían desaliñados, pero sin ninguna herida mortal por lo que podía percibir. Al acercarse, parecía que el lacayo sostenía al cochero apoyado contra su hombro.

Odham la miró desconcertado. -¿Por qué no le dice lo que ha visto?

– Él no quería que lo viera -susurró.

– Ah -sonrió, con el ánimo mejorado-. Creo que a ustedes, damas valientes, les vendría muy bien una taza de té.

Se apartó de la ventana, recuperando el color de sus mejillas. -Oh, al infierno con el té, Odham. Creo que cada uno nos merecemos una botella de oporto.

Hermia sonrió con aprobación. -Bien dicho, querida. De hecho, creo que es el primero de sus consejos que me siento tentada a seguir.

CAPÍTULO 19

Cedric, el hermano de Adrian, los alcanzó a menos de una milla del puente. Un pequeño grupo de jinetes de la finca lo acompañaban. Explicó que habían estado esperando en el cruce de los caminos principales para escoltarlos a Scarfield y estaba preocupado por el retraso. Se puso pálido cuando Adrian le contó lo que les había pasado durante el desvío.

– Gracias a Dios no mataron a ninguno de ustedes -Cedric dijo alterado-. Esta no es la vuelta a casa que habíamos previsto.

Lady Dalrymple sacó la cabeza por la ventana. -Dos escaparon al bosque. No voy a poder dormir por semanas.

Adrian llevó a su hermano a un lado. -Mi cochero recibió una bala en la parte superior de la pierna y necesita atención médica. También quedó un cuerpo atrás, antes del puente al que hay que enterrar rápidamente.

– ¿M… mataste a uno?

Adrian frunció el ceño. -Ojalá no hayas esperado que le diera la mano y lo invitase a conocer a mi padre. Claro que lo maté, Cedric. La que va en el coche es mi esposa. Y hubiera matado a cada uno de esos perros si los hubiese agarrado.

– Ya veo -dijo débilmente, parpadeó varias veces-. Pero tú no, bien, tú sabes.

Adrian se quedó mirando a su hermano. ¿Era este cobarde señorito el resultado de la constante intimidación de su padre? – Yo no, qué, hombre. Por el amor de Dios, escúpelo.

– Tú no, mmm -Cedric se soltó su corbata blanca inmaculada-, decapitaste a ese hombre, ¿verdad? Los diarios estaban llenos de artículos, solo pregunto para poder advertir a los criados con qué se van a encontrar.

Adrian casi se rió a carcajadas. Se dio cuenta que su familia se mantenía informada de sus hazañas. Las cartas de su padre le revelaban lo mismo. Pero lo que no se imaginó es que creyesen cada cuento exagerado que habían escrito acerca de él. -No te preocupes -le dijo con un tonillo socarrón-, le podemos dejar la cabeza a mi manada de lobos para después.

Cedric asintió débilmente. -Te estás burlando de mí. Siempre te burlaste de mí. No es justo, sabes. Florence y yo lloramos inconsolablemente cuando te fuiste. No tenía quién me defendiera cuando te marchaste.

Adrian le tomó firme el brazo. -Estoy en casa, al menos por ahora. Y si lo permites, te defenderé cada vez que sea necesario.

Cedric logró una sonrisa grande, tibia. -Claro que lo permitiré. Estoy feliz de verte otra vez, Adrian. Y la vida aquí no ha sido tan trágica como la pinté. Triste, tal vez, pero esperemos que todo eso quede atrás.

Estaba anocheciendo cuando el coche ducal llegó a la finca, con la guardia montada. Emma estaba agradecida de buscar refugio en las piezas que les habían asignado a ella y Adrian, aunque el conde había hecho hincapié en solicitar ver a su hijo solo.

– Sé que será desagradable -Le susurró a Adrian mientras estaban parados en la entrada abovedada con su ornamento de cabezas de venados, mientras les descargaban el equipaje-. Esfuérzate lo que más puedas para recordar su edad y el respeto que le debes.

Se quedó a su lado hasta que un criado con librea formal llegó a avisar que las habitaciones de arriba estaban calientes y cómodas para pasar la noche. En seguida se lanzó en un discurso preparado acerca de lo emocionante que era tener al hijo del duque en casa.

Por su parte Adrian tuvo que luchar contra el impulso diabólico de darle un golpe en la espalda a ese tipo pesado y rogarle que cortara la interminable bienvenida. Emma, por otra parte, asentía como si le debieran toda esa formalidad y seguía al hombrecillo con su cháchara, por el pasillo.

Y súbitamente Adrian se sintió vacío y tenso.

Vio cómo su esposa desaparecía en la oscura escalera jacobina con Hermia y Odham. De niño había jugado en esas escaleras, se había deslizado por la balaustrada con su espada de madera para aterrar a los criados y a sus dos hermanos menores.

Pequeño demonio salvaje, habían susurrado. Hijo de una puta y un soldado. Nadie creyó que terminaría bien.

Había vuelto a reclamar su pasado, su herencia. Era un fantasma, pensó, el niño que había jugado tanto en esta casa, había muerto hacía años.

Hermia se apoyó levemente en Emma mientras subían la larga escalera, Odham y el locuaz lacayo llevaban la delantera.

– El duque nos ha dado un ala completa -dijo Hermia aprobándolo.