Ahora Adrian tenía que estar yendo a las habitaciones privadas del duque al otro lado del patio. Sabía que quería que lo acompañara, pero ella había declarado estar exhausta por la experiencia de ese día. Pobre Adrian, pensó, seguro que hubiese preferido pelear con otra banda de bandidos en vez de enfrentarse a su padre.
Dos camareras la guiaron por el pasillo decorado con altos espejos venecianos. -Señora -dijo la criada mayor-, una de nosotras dormirá en el banco afuera de la habitación toda la noche por si necesita algo.
Emma asintió, sin escuchar realmente. A Hermia y Odham les habían asignado piezas separadas al otro extremo del pasillo, Hermia ya le estaba pidiendo al lacayo que se asegurara que cualquier puerta comunicante estuviese cerrada con llave.
Una de las camareras se tragó un bostezo. -Se beberá a la salud de Lord y Lady Wolverton en la casa local esta noche.
Emma vaciló, viendo que venía Hermia, era totalmente inaceptable darle un empujoncito a una criada para que repitiera las habladurías, sin embargo no lo pudo resistir. -Lord Wolverton debe tener muchos parientes y amigos cercanos, que han esperado su vuelta.
– Todos estamos muy aliviados de que el joven amo esté en casa, su señoría -dijo la mujer. Lo que era una respuesta educada, pero carecía de la información que Emma esperaba.
– Qué agradable de su parte. -Hermia se paró en la puerta. Había hecho una pausa para admirar su reflejo en un espejo-. Las niñas -apuntó, limpiándose la garganta-, las damas locales estarán muy felices de verlo otra vez, supongo.
Por un momento las criadas se quedaron mirándola con tal carencia de comprensión, que hubiese gritado. -Supongo que sí -fue la respuesta formal e insatisfactoria de la primera.
– Por los cielos, Emma -dijo Hermia, yendo hacia ellas-. Deja de rodear el asunto y pregunta directamente.
Emma frunció el entrecejo. -Tenemos tanto tacto como un trueno, ¿verdad, querida?
– Cuando la edad avanza, una no se inclina a perder un tiempo precioso preocupándose por lo que los otros piensan.
Emma le dio una mirada irónica. -Me parece que a alguna gente no le preocupaba el mundo bien educado incluso cuando eran jóvenes.
Hermia sonrió. -Algunos de nosotros aprendimos nuestras lecciones a una tierna edad, gracias a Dios, no me podría imaginar una vida más desperdiciada que una dedicada a agradar a los otros. -Dirigió su atención a las dos criadas, que lo más probable ya habían sido advertidas acerca de lo peculiar que podían actuar a veces las damas de Londres-. Lo que Lady Wolverton desea saber es si Lord Wolverton tiene novias que estén esperando su regreso.
– Oh -la más vieja de las criadas se iluminó-. Oh.
– Creo que me iré a la cama ahora. Gracias por esta humillación Hermia. Voy a pretender que lo que pasó hoy es la causa de esta espantosa ruptura de confianza.
Hermia se puso las manos en las caderas. -¿Necesito una cucharada de melaza para soltar esa lengua? -le preguntó a la criada-. ¿Hay o no hay una joven enamorada esperando la vuelta del amo?
La camarera asintió lentamente. -¿Quiere decir Lady Serena? ¿Por qué no lo dijo?
A Hermia se le endureció la boca. -Al fin. ¿Esta Lady Serena está casada?
– Oh, no, señora.
Emma bajó la cabeza. Abrió la puerta de la habitación iluminada con el fuego. -Buenas noches a todas.
– No -dijo la criada-, no ha tenido tiempo de casarse con todo el trabajo que le cayó cuando su padre se enfermó. Pronto le llegará el día, espero.
La criada joven se metió. -No hay nadie en veinte millas a la redonda que no venere a Lady Serena.
– Ya veo -dijo Hermia, entrecerrando los ojos-. Una cuestión, no quiero ser cruel, esta dama suena como si fuese un poco solterona.
– Todo lo que sé, es que es una belleza, señora -contestó, la segunda criada-. Un punto de sol en un frío día de invierno.
Adrian se paró tras su sillón varios segundos mirando el salón con paneles de roble de su padre. No había sido un lugar familiar en su juventud, a los niños se les prohibía la entrada al santuario sagrado de su padre, ahora toda la familia, su hermana y su hermano, su anciana tía, incluso el administrador encorvado, se habían reunido a recibir al pródigo.
La gratitud en sus rostros, el cariño, todos más viejos y más importantes para él de lo que había creído, lo hicieron sentirse humilde.
– El joven vizconde está en casa -Bridgewater, el secretario calvo, repetía una y otra vez-. En casa después de todos estos años.
– ¿Dónde has estado, en todo caso? -su tía-abuela preguntó.
Su padre lo miró, alto, más delgado, pero todavía un hombre que se imponía. -No importa dónde ha estado. Está en casa.
Su hermana Florence le sonrió calurosamente. -Y trajo una esposa. ¿Dónde está, Adrian?
– ¿Es una extranjera? -preguntó su tía.
Adrian se rió por lo bajo. Lo único bueno que podría decir de su familia reuniéndose con Emma, era que ella los podría manejar y además, con mucha más gracia que él.
– Adrian fue atacado por bandidos en el puente -explicó Florence delicadamente-. Los combatió, tía Thea. Todos parecen estar bien.
La mujer mayor asintió aprobando. -Bandidos extranjeros, supongo. ¿Por qué te marchaste, Adrian? He echado mucho de menos tu compañía, Cedric es aburrido y Florence se ha olvidado de reír.
Adrian le sonrió. -Yo también te he echado de menos.
– ¿Cómo se llama tu esposa, querido?
– Emma. Emma Boscastle.
– No suena muy extranjero.
El duque, que había estado observando silenciosamente como se desarrollaba esta escena, fue hacia su administrador. -¿Te importaría llevarlos al invernadero para un vino y tarta, Bridgewater? Adrian y yo los seguiremos dentro de poco.
Y un momento después, Adrian se quedó solo con el duque, todavía incapaz de pensar en él como su padre, pero tampoco capaz de sentir su antiguo odio por él. Esperó resignadamente. En una pared había un cuadro de su madre en traje de equitación, con su amado spaniel. Un dolor intenso se agitó en su interior, no había merecido morir condenada.
– Te ves bien -le dijo al duque-, para un hombre que está sufriendo una enfermedad terminal.
– Podría haber muerto diez veces en el tiempo que te tomó llegar aquí -respondió el duque.
– Yo…
– No mientas. No tengo ningún deseo de pelear contigo. Tenemos muchos asuntos que tratar referentes a la finca.
– ¿Eres realmente un antigua amigo de Lady Dalrymple? -preguntó, buscando un tema más neutral.
– ¿Hermia? -Los rasgos agobiados del duque parecieron suavizarse-. Busqué su preferencia como un joven inexperto y perdí. Habla bien de ti que sea tu amiga. -Súbitamente se llevó la mano al esternón, con los ojos oscurecidos-. Indigestión, Adrian -dijo, con una mueca-. ¿Terminaste de evadir el asunto de tus responsabilidades?
Adrian vaciló. En su memoria, lo mejor de su padre era que siempre había sido omnipotente, invulnerable, distante, lo peor, Scarfield había parecido de voluntad débil y malicioso. ¿Y ahora? No podía negar que había envejecido e inesperadamente sintió pena de él.
Se movió. -Ha sido un día largo.
Como si hubiese estado escuchando a escondidas, Bridgewater entró con una bandeja con una medicina a la habitación. -Es hora del tónico de la noche, su gracia.
– ¿No tienes nada mejor que hacer contigo mismo que interrumpirme cada cinco minutos? -preguntó el duque con más resignación que rabia.
Bridgewater sonrió. También mostró signos de edad y servicio.
Adrian se paró. Bridgewater y su familia se habían dedicado a los Scarfield desde, bueno, según Bridgewater, desde las malditas cruzadas y aunque Adrian no podía pretender afecto por el duque, no le deseaba nada malo. No sabía qué sentía, si es que sentía ago.
– ¿No tienes la más mínima curiosidad acerca de tu antiguo amor? -le preguntó su padre.