Выбрать главу

Adrian se las arregló para sonreír. -¿Mi perro pastor todavía está vivo?

El duque se rió bajo, mientras Bridgewater se paraba inmóvil a su lado con el vaso de medicina. -Hablo de Serena, la niña con la cual debías haberte casado.

Adrian levantó una ceja. -No me digas que lograste convencerla que me esperara.

Su padre se rió, y súbitamente, para sorpresa de Adrian, parte de la tensión entre ellos pareció relajarse. -Para ser franco, Adrian, creo que Serena siempre ha estado más enamorada de sus caballos que de ti. Bien, ¿cuándo me vas a presentar a tu esposa?

Adrian se encontró con los ojos de su padre. -Mañana.

– Una Boscastle -el duque musitó-. ¿Cómo lo lograste?

Movió la cabeza negando, incapaz de ocultar su orgullo y felicidad. -No sé, pero es lo mejor que me ha pasado en la vida.

– Casado y obviamente enamorado. Estoy ansioso por conocer a tu esposa mañana en el desayuno.

Enamorado.

Adrian corrió el cerrojo de la puerta de su habitación y se quedó mirando la atractiva figura en la cama. Tenía un libro, todavía abierto en la mano.

La vela de la mesita casi se había acabado, la apagó. Se quitó la ropa y lentamente se metió a la cama al lado de su esposa.

Ella se sentó con un pequeño chillido de protesta. -Adrian, estás absolutamente congelado.

Él se rió y la tiró hacia atrás a sus brazos. -Tú estás muy caliente -susurró, enterrando las manos en su pelo.

– ¿Qué pasó con tu padre?

– No sé. Diría que tendió más hacia el lado frío, pero si realmente tienes curiosidad, podrías preguntárselo a Bridgewater.

Ella levantó las cejas. -Como estás sonriendo, voy a asumir que todo salió bien.

– Lo suficiente. No discutimos.

Suspiró como si sintiese lo que él dejó sin decir. Enseguida se enroscó alrededor de su cuerpo. -Aun así, debe sentirse bien estar de vuelta en casa.

El calor de su presencia lo relajó. Su esposa. -Es bueno estar aquí contigo. No hubiese vuelto solo.

Su voz bajó a un susurro soñoliento. -Es una hermosa finca, Adrian, el parque parecía el paraíso a la luz de la luna.

Le pasó la mano por la espalda. -Mañana te mostraré el resto.

– ¿Y conoceré a todos?

Cerró los ojos. No era el hogar. Demasiados recuerdos dolorosos perduraban, en cada habitación, en cada cara. -Ya conociste a mi hermano, Florence y mi padre están impacientes por ver a la dama que me domesticó.

– ¿Ningún amigo antiguo apareció con la vuelta del hijo pródigo? -preguntó inocentemente.

– Si te refieres a Serena -dijo sagazmente-, entonces, no.

Se quedó quieta un momento. Quería que entendiera, que nunca había habido, ni nunca habría, una mujer que se pudiese comparar con ella.

– ¿Crees -preguntó después de varios segundos-, que te pudiese gustar quedarte aquí?

– Tal vez en Berkshire. Te prometí un colegio en el campo, pero no aquí, no ahora.

– Me siento culpable -susurró- de haber dejado sin cumplir mis deberes en el colegio.

– Nos podemos ir cuando lo desees -le dijo relajadamente. Nunca había discutido sus inversiones en el extranjero con ella. El típico aristócrata inglés pensaba que ganar dinero era una ocupación vulgar, pero la verdad era que podía hacer su hogar donde ella quisiese.

Ella se sentó de repente, dejándolo sin su agradable cuerpo caliente. -¿Tienes una prisa especial como para volver con Hermia y Odham, milord?

– Eso -dijo tirándola de nuevo contra él con una carcajada-, es un pensamiento que lo detiene a uno.

CAPÍTULO 20

Emma había anticipado que el día siguiente desafiaría la suma total de su conocimiento de las relaciones sociales. Sin embargo no había anticipado que Adrian la abandonaría antes del desayuno. Podría haber coronado, dichosa, al diablo.

Se había ido a cabalgar con su hermano para evaluar el estado de la finca. Eso significaba que tenía que sentarse con el duque en el salón de invierno, un lugar de un diseño tan opulento que le hubiese quedado bien a un emperador romano.

El trabajo del cielo raso le atrajo la vista a un fresco de escenas mitológicas desplegadas sobre estuco dorado. Los pies se le hundían en un jardín con peonías y pavos reales aumentados de la alfombra Aubusson. Evaluó el aparador lateral con un suspiro de aprobación. Platos Wedgwood de diseño clásico y teteras de té de plata brillaban bajo la vigilancia de seis lacayos atentos.

Calentadores cuidaban un pavo asado dorado y tres pasteles de carne picada así como bistecs jugosos de carne sabrosa. Suspiró feliz al ver una sopera de gachas de avena bien caliente y humeante, instalada entre las cafeteras altas, la crema fresca y el chocolate.

Cielos, pensó. Había expirado en los brazos de su amado esposo y había despertado para encontrarse en un paraíso de vida elegante.

El duque se levantó de su silla observándola con la intensidad de un águila arriba en su nido. Si esperaba que su nuera se intimidase por su finca o la grandeza de su presencia, se iba a decepcionar.

Pues Emma súbitamente se lanzó a su elemento. El lugar entre las estrellas reservado para ella. En realidad estaría cómoda en cualquier corte real del mundo. Los rituales de la aristocracia le eran tan fáciles como respirar. Cuando su madre murió, ella se había hecho cargo de los detalles de la vida privada de su padre. La joven Emma había respondido las tarjetas de condolencia, recordado los cumpleaños, llamado la atención a sus hermanos en relación a las buenas maneras. Había trabajado duro para merecer la fe puesta en ella por sus padres.

Se agachó en una reverencia perfecta ante al duque.

Él exhaló satisfecho y levantó los brazos para darle la bienvenida. -Gracias a Dios -susurró-. Oh, Gracias, gracias, Dios.

Y Emma que había vivido con cinco hermanos revoltosos, entendió exactamente lo que quiso decir. Adrian no se había casado con una mujer maleducada. A pesar de la fundación cuestionable del romance con su hijo, ella no iba a traer desgracia al nombre de Scarfield.

Se abrazaron como almas perdidas desde hacía mucho, pero sin un exceso de despliegue de emoción. Que el duque hubiese dudado alguna vez que Adrian era su hijo natural, desconcertó a Emma. El parecido entre ellos era asombroso. Ambos tenían la misma cara angulosa, y los huesos largos que les daba la elegancia flexible a cada movimiento.

Pero en Adrian había un calor y espontaneidad traviesa, que Emma dedujo venía de su madre. Tal vez el duque estaba apagado debido a una enfermedad inescrutable. Cuando un hombre delgado y medio calvo se despegó de la pared para asistirlo, el padre de Adrian pareció encogerse, tanto en tamaño como en personalidad.

– Este es mi niñero, Bridgewater -dijo irónico.

Emma se sentó en la silla que un lacayo le presentó. -¿Quiere decir Su secretario y administrador, su gracia?

El duque tosió. -Sí. Vete, Bridgewater. Anda a molestar a mis hijos. Quiero estar a solas con la dama encantadora que mi hijo trajo a casa. -Miró a Emma a los ojos-. Me imagino que vino porque tú lo animaste.

Emma hizo el show de observar el mango de marfil del cuchillo. -Solo sé que volvió a casa. Y que tiene su propia voluntad.

Tal vez el desayuno privado era un test para su valor interior. Cuando los lacayos trajeron un surtido de melocotones, piñas y fresas tempranas del invernadero de la casa, ella y su suegro discutían los asuntos prácticos de la finca con tanta informalidad como si estuviesen discutiendo el tiempo en el campo.

– La madre de Adrian tenía un talento para cuadrar mis cuentas -explicó el duque con nostalgia-. En esa época no aprecié su inteligencia. Pero balanceaba los libros hasta el último centavo.

– Una dama práctica -dijo Emma, aprobando.

Se rió. -Pilló al herrero engañándonos, cuando se le pasó a Bridgewater. Por supuesto que me llamaba la atención cuando no le pagaba a un trabajador, por descuido.