– Y usted, siendo un hombre de…
Emma quedó en medio de la frase mientras la puerta lateral se abría para abrir paso al secretario atento del duque. Bridgewater le dio una sola mirada a su jefe, y se le adelgazaron los labios de preocupación. -Está fatigado, su gracia.
Emma bajó la vista a su plato. Por una parte sentía que Bridgewater actuaba de una forma muy personal. Por otra, tenía que darse cuenta que el duque estaba más pálido y cansado que cuando la había saludado. La preocupación por su bienestar, dejaba de lado todas las otras observaciones. Y se paró decididamente.
– Le he cansado mucho, su gracia.
– Tonterías. Bridgewater es tan molestoso como una vieja.
Bridgewater miró a Emma como para pedirle su apoyo. Ella dijo, -Tengo que admitir que todavía estoy alterada con la experiencia de ayer en el puente.
El duque se levantó. Su mirada acerada le hizo saber que no lo engañaba.
– Mi hijo ha sobrepasado mis expectativas al elegirte como su esposa. No podría haber soñado una dama más apropiada que tú, para que fuese la próxima Duquesa de Scarfield.
Emma fue a su lado. Bridgewater lo ayudaba a ir hacia la puerta. Tal vez era orgullo por parte de ella disfrutar el elogio.
Pero lo hizo.
Solo por un momento.
– Me siento honrada siendo la esposa de tu hijo -dijo con su mano en el brazo-. Lo amo.
Movió la cabeza, perplejo. -Cómo hizo para persuadirte que te casaras con él. Ah, bueno. Heredó los encantos de su madre y pronto heredará mi finca. Es un alivio para mí saber que lo aconsejarás cuando me vaya.
Caminaron del brazo, con Bridgewater atrás. -¿Y donde planea irse, su señoría? -preguntó ligeramente.
– Lo más probable a Hades.
– No es verdad -dijo Bridgewater-. Su gracia se va arriba a descansar.
– No, no voy -dijo el duque irritado-. Voy a jugar a las cartas con Hermia y Odham. Ambos tenemos una pasión por esa mujer.
– No deje que tus pasiones saquen lo mejor de usted, su gracia -Bridgewater dijo con gentileza.
– Tonterías, viejo entrometido.
Emma se mordió el labio mientras ambos, obviamente olvidados de ella, reñían de allá para acá. Estaba segura que el duque no hubiese permitido tal familiaridad si no confiara en Bridgewater como uno confiaba en un primo o amigo cercano.
Cuando los tres llegaron al pasillo oscuro abovedado, notó que en realidad el duque estaba luchando por respirar. Se acordó en su propio padre, y como lo había creído invulnerable antes de su muerte.
– Volvió justo a tiempo, ¿verdad? -una voz suave le preguntó. Florence, la hermana de Adrian subía la escalera atrás de Emma-. Creo que ahora todos estaremos en paz.
Adrian no volvió de su paseo a caballo con Cedric hasta el atardecer. Con el pelo desordenado por el viento, manejando con elegancia a su caballo, galopó por el parque hacia donde Emma y Florence caminaban. Ambas mujeres se pararon y volvieron la cabeza para verlo desmontar y correr hacia ellas. Era tan grandioso como la finca que heredaría. Antes que pudiese saludarlo de una manera a la moda, la tomó en sus brazos y le dio vuelta en el aire. -Te echaba de menos.
Florence tosió suavemente. -¿Fueron seis horas?
– Nueve -respondió, dejando a Emma en sus pies-. Y ambas se sentirán aliviadas al saber que ya no hay bandidos en el área.
– ¿Eso es lo que has estado haciendo? ¿Persiguiendo bandidos? -Emma preguntó afligida-. Realmente amas el peligro, ¿verdad?
Él se rió. -Te amo a ti.
Su cara se encendió. Si hubiesen estado solos, le hubiese sido difícil mantener las manos alejadas de su marido. Se veía irresistiblemente guapo con su camisa blanca de muselina ondeando al viento, pantalones de montar ajustados de cuero, y… -Tienes barro en las botas.
– Así es.
– Tenemos una cena formal esta noche con la familia -dijo ella mordiéndose el labio inferior.
Sus ojos bailaban con travesura. -¿Estás sugiriendo que no estoy decente para cenar?
Indecente. Eso es lo que eres. Y está bien conmigo.
Ella miró lejos. -Un baño no estaría mal.
– Oh, qué bueno. -Puso su mano con un guante negro, sobre la de ella-. Tomaremos uno juntos. Mi padre hizo construir un gran baño romano.
– Adrian -susurró-, tu hermana.
Le hizo un guiño a Florence. -Ella se puede bañar más tarde.
– No has cambiado nada -Florence exclamó con una gran sonrisa encantada.
Un mozo de la cuadra corrió a recibir el caballo sudoroso de Adrian. Cedric los pasó al trote camino al establo, saludando con un leve movimiento de cabeza a las damas. Un lacayo recibió a Adrian en el pórtico con una reverencia exagerada.
– ¿Le preparo el baño, milord? -preguntó con una voz joven inestable.
Adrian miró sus botas embarradas con una sonrisa de qué-le-importa-al diablo. -¿Estáis todos vosotros en el complot de mi esposa para hacerme un caballero presentable?
El lacayo dio una gran sonrisa. -Mientras estaba afuera, le llegó un mensaje, milord.
– ¿Para mí? -preguntó Adrian sorprendido-. ¿Qué hice ahora?
– ¿Qué no has hecho? -susurró Emma, disimuladamente empujándolo con la barbilla.
– No sé -dijo en voz baja-. Si he dejado pasar algo, háganmelo saber. Mi esposa siempre está deseosa de mejorar mi educación.
Ella tosió delicadamente. -En privado, milord.
Suspiró. -¿Qué era este mensaje?
– Lady Serene dice que estará encantada de venir a la cena de esta noche.
Adrian miró con inquietud a Emma. -Te juro que no tuve nada que ver con esto. ¿Quieres que le diga que no podremos recibirla esta noche?
– No -Emma respondió con firmeza-. Si es una antigua amiga, sería imperdonable hacerle un desaire.
Adrian la miró dudoso. -No estoy seguro si te expliqué la naturaleza de mi relación con ella. Pero nunca estuvo entre las mejores amigas.
No importa, Emma estaba decidida a comportarse decentemente con la ex novia de su marido. Como esposa de Adrian, una mujer de origen noble, sería compasiva, como buena ganadora que era. También, de la manera más educada posible, dejaría bien en claro que Adrian estaba tomado de por vida.
Al menos eso fue lo que se repitió horas después al encontrarse con Hermia, fuera de su pieza, camino a la cena.
Hermia se había vestido totalmente de gala nocturna, con un turbante de crepé ornamentado con un grupo de plumas de pavo real, y un vestido dorado con capas de encaje color crema. Sobre uno de sus robustos hombros, colgaba un chal de gasa muy delicado. -¿Cómo me veo? -preguntó-. Y se sincera.
– Todos los ojos de la mesa estarán sobre usted -contestó Emma.
– Mmm. Acabo de oír de la ama de llaves que Serena es, en realidad, una belleza extraordinaria. Por supuesto que no lo creo, pues las amas de llave raramente dicen la verdad.
Emma hizo una pausa. Como siempre estaba vestida discretamente con un vestido de mangas largas de raso con un borde de seda floreado. -Belleza extraordinaria o no, sería un insulto de nuestra parte llegar tarde a conocerla.
Hermia disminuyó el paso mientras se acercaban al comedor. -Ella ha esperado casi una década.
– Lo sé -murmuró Emma.
– Tal vez porque nadie más la quería -agregó Hermia más por defender a Emma que por crueldad.
Emma suprimió una sonrisa. -En realidad eres una dama de corazón fuerte, Hermia.
– Una mujer de cierta edad adquiere un entendimiento de las acciones humanas -explicó Hermia con una sonrisa indiferente-. E incluso iré más lejos, y predigo que Serena tiene una naturaleza maliciosa.
Emma se rió incrédula. Las predicciones de Hermia eran tan fidedignas como una niña gitana en una feria. -Oh, ¿verdad?
– Aquellos de nosotros con belleza obvia, debemos esforzarnos para desarrollar fuerza de carácter.
– ¿Oí que me nombraban? -preguntó Odham atrás de ellas, ofreciendo un brazo a cada dama-. Esfuerzo de…
– Superficial -continuó Hermia-. Insípido. Y muy probable, egoísta.