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Odham parpadeó. -Bien, evidentemente, no era yo de quién estabais discutiendo.

Adrian salió del estudio de su padre, sombrío, delgado y atractivo con su traje de noche negro. -¿Están listos para ir a cenar? Tengo mucha hambre.

Emma examinó a su esposo con placer evidente. -¿No estamos esperando a nuestra invitada?

Le rozó la mejilla con un beso. -¿Serena? Creo que mandó a avisar que llegará tarde.

– Te lo dije. -Hermia movió la cabeza con el turbante, satisfecha-. Ese es un signo de menosprecio.

La cena de sopa de cola de buey, faisán asado, y pierna de carnero, una vez más fue servida a la perfección sobre un mantel blanco impecable. Emma pudiese haber comido pedacitos de tiza con todo lo que disfrutó de los platos meticulosamente preparados. Se dio cuenta que era demasiado mezquino de ella, permitir que las predicciones de Hermia la perturbaran.

Lady Serena se atrasó casi una hora.

Y cuando finalmente llegó, todos en el comedor, incluyendo los seis lacayos atentos, miraron con expectación a la puerta.

– Una entrada dramática -Hermia murmuró con suficiencia-. Planeada hasta el último minuto.

Una entrada dramática. Logró eso y más, cuando entró. Era alta y majestuosa, comparada con Emma que era pequeña, una morena de ojos oscuros que sabía que era hermosa. Cautivó la atención de todos en el salón.

– ¡Gollumpus! -ella chilló con deleite mientras Adrian se levantaba educadamente para reconocerla.

Y entonces, afortunadamente antes que Emma fuese provocada a decir algo desagradable, como “Qué bueno que pudiste venir para los postres,” Serena más bien galopó a través de la pieza y le dio un puñetazo en la espalda a Adrian con tal fuerza, que hubiese mandado a un hombre normal bajo la mesa.

Él tosió y levantó las cejas. -Supongo que me lo merezco.

– Y como diez más -dijo con júbilo, antes de mirar alrededor de la mesa-. Siento mucho llegar tarde. Lady Hellfire necesitaba que la abrigaran bien, y entonces el cura tuvo que cambiarse la camisa. -Se quedó mirando más allá de Adrian, a Emma, sorprendida-. No me digas que esa es tu esposa.

Adrian rió. -No lo haré. Pero es ella.

Hermia casi dejó caer su copa de vino.

Emma consiguió dejar su vaso al lado de su plato. ¿Dónde aparecía esta especie de cosa en su manual de etiqueta? -Sí, soy su esposa, y encantada de…

– Bueno, vuélame con una pluma -dijo Serena con una risotada-. Puedo ver directamente que es demasiado buena para ti. Una cosa, es delicada como una gota de rocío, y tiene buenas maneras. ¿La cogiste cautiva en uno de tus harenes?

Él cruzó los brazos en el pecho. -¿Cómo adivinaste? También traje unos cuantos piratas para que jueguen contigo.

Serena le dio un empujón en el brazo. -No necesito un pirata. Tengo el vicario ahora.

– ¿Quién es el vicario? -preguntó con una sonrisa sarcástica-. ¿Otro caballito?

– Es mi novio -contestó-. De hecho, si a tu esposa no le importa que le roben la fiesta, los dos pensamos que deberíamos anunciar nuestro compromiso aquí esta noche. Y hacer planes de caridad con la asamblea reunida para recolectar fondos para la escuela del pueblo. -E hizo una reverencia atrasada en dirección a Emma-. Dejando las bromas a un lado, Lady Wolverton, te doy la bienvenida en nombre de la parroquia. Espero que seamos amigas y trabajemos para el bien de Scarfield.

Los ojos de Emma se le humedecieron con una respuesta emocional lacrimosa aunque inapropiada. Ser amada por un hombre de buen corazón, ser útil con los desalentados, era todo lo que ella podía pedirle a la vida. Y no tenía ninguna rival por el afecto de Adrian.

Todavía podía cumplir su obligación con la academia, y el traslado al campo, los beneficiaría a todos. Ella nunca dejaría de preocuparse de su infame familia Boscastle en Londres.

Y siguió una alegre velada de mordisquear compota de peras con queso blanco, y vinos Mosela y Burdeos, bebidos en el espíritu de celebración. El vicario llegó poco después que Serena y se disculpó con Lady Hellfire que lo había retrasado. Odham expresó su profunda preocupación por la salud de la dama, hasta que Hermia le dio un codazo suave, y le explicó que Lady Hellfire era un caballo, no una persona.

Y aunque el duque se sintió cansado mucho antes que el resto de sus invitados, parecía contento cuando se excusó para retirase.

Emma fue con él hasta la escalera.

– No merezco esta alegría, lo sé -dijo sonriéndole.

– Si los regalos que nos dan nos llegaran solo por nuestro mérito, creo que todos seríamos mendigos, su gracia.

– Fraude -Emma dijo en el momento que quedó sola con Adrian en el dormitorio.

– Perdón.

– Tus maneras en la mesa son impecables.

– ¿Te estás quejando? -preguntó con asombro fingido.

– No de tus maneras, solo de tu naturaleza retorcida. Me suplicaste que te instruyera. Y eras la elegancia personificada desde el aguamanil al pudin de avellanas.

Se desató la corbata sonriéndole. -¿Qué tal si te dijera que solo estaba observando lo que hacías?

– No te creería. Entre paréntesis, Adrian, Serena es una de las mujeres más bellas que he conocido.

Hizo una mueca. -Y una de las más bulliciosas. Te dije que no quería casarse conmigo. Me conoce demasiado bien.

– O no lo suficiente.

Le desabrochó el vestido con la mano libre. En segundos el vestido de raso color rosa tostado, calló a sus pies. La ropa interior lo siguió.

– A propósito, Emma, eres la mujer más hermosa que he visto. -Le besó la curva vulnerable entre el cuello y la clavícula-. ¿Te aclaré bien ese punto?

Adrian despertó antes del amanecer y fue al promontorio que dominaba la finca. Años atrás había escapado aquí durante las diatribas de su padre. Pretendiendo ser un conquistador al mando de un ejército invencible, conspiraba que asaltaba la casa y derrocaba al duque. Estúpidamente, había esperado liberar no solamente a sí mismo, sino también al fantasma de su madre.

Un viento poderoso se levantó del sur-este, luchando contra su postura. Él peleó más duro. Siempre lo había hecho. Y ahora, ahora quería paz. Todavía podía marcharse. Emma haría ruido e insistiría que cumpliera con su deber, pero al final apoyaría su decisión.

Había jurado que no se quedaría. Había jurado que no le importaría lo que pensaran de él. Había vuelto en parte para probarle a su padre que había sobrevivido sin el beneficio de la familia o su origen aristocrático.

Pero súbitamente se preguntó si Emma habría tenido razón todo el tiempo. Era hijo de un duque, heredero no solo de la riqueza y posición de su padre, sino también de sus obligaciones.

Ya no era más un niño jugando a ser un conquistador. Se quedó mirando fijo a través de la finca, al lago envuelto en neblina, al ganado pastando en los cerros, y más allá el pueblo. La mansión de piedras doradas dominaba las tierras como siempre lo había hecho. Pero también mostraba signos de envejecimiento y descuido.

Hogar.

No era hogar.

Hogar era el ángel guerrero subiendo el cerro a encontrarlo, agitando su chaqueta en las manos y gritándole que agarraría la muerte parado ahí en mangas de camisa, ¿y no sentía el viento?

Tomó la chaqueta y la usó para arroparla. Todavía ella estaba haciendo ruido por algo, cuando la tomó en sus brazos y la atrajo.

Scarfield necesitaba un guardián. El guardián necesitaba a Emma Boscastle.

– ¿Pasa algo malo? -le preguntó apoyando la barbilla en la cabeza de ella.

Se escurrió de sus brazos. -Lo diré. Acabo de recibir una carta de Londres.

– ¿De?

– Charlotte y Heath. Me aseguran que no es ‘Nada de qué preocuparse’.

– Que por supuesto significa…

– Que hay algo para preocuparse.

La guió bajando el cerro, protegiéndola contra el viento. -No sé por qué asumes eso.