– Bueno, Adrian, la señorita Peppertree ha amenazado con renunciar.
– ¿Pero no lo ha hecho?
– ¿Quién sabe? He sido advertida a no creer nada que lea en los diarios acerca de la academia y de la casa de Audrey Watson.
– ¿Quién es Audrey Watson? -le preguntó con curiosidad-. Creo haber escuchado ese nombre antes.
– Bien, créeme que es un punto a tu favor que no estés familiarizado con su establecimiento. Oh, Adrian, es una Escuela de Venus.
Él explotó en una risa incontrolada.
– Escúchenlo -dijo con voz despreciativa-. Ni siquiera es todo.
Se puso serio. -¿Hay más?
– Sí, y es muy inquietante. Charlotte ha expresado el deseo de ser escritora.
– Eso suena bastante inofensivo. -Esperó un momento-. ¿Verdad?
– No cuando quiere hacer una crónica de la historia social de la familia Boscastle -dijo Emma como si estuviese supuesto que le leyera la mente. Y la carta de Charlotte.
Silbó, y entonces dijo, con prudencia, o eso pensó. -No sé qué pensar.
– Te lo diré -dijo Emma ruborizándose-. Hay ciertas historias sociales que debiesen permanecer secretas. No habrá un solo capítulo, ninguna página, párrafo, que no detalle algún escándalo.
Miró cauteloso el cielo y después a ella. Sus delicadas orejas y nariz sonrosadas por el viento. Se le habían escapado unos mechones rubios. Se veía un poco salvaje. Cómo la amaba. Que contento estaba de haber acabado con una vida de peleas y fiebres y vagabundeos. Su futuro sería criar una familia, quizá caballos, y cada invierno se hartaría con budín de navidad, con una mujer que lo hacía usar una chaqueta para mantenerlo abrigado.
– Vamos a darle un vistazo a la cabaña -le dijo en un impulso tomándole la mano-. Cedric mencionó que necesita reparaciones urgentemente y está siendo usada como granero.
Arrugó la nariz. -¿Un granero? Oh, no.
– Va a llover, Emma -insistió él-. ¿No lo sientes en el aire?
– No -dijo levantando la frente-. Tampoco veo una sola nube en el cielo.
– Porque eres demasiado pequeña y no puedes percibir lo que veo desde mi altura.
Se rió indignada. -Indulgente, ¿verdad, su futura gracia?
Indulgente y un Lord de la tentación.
Unos minutos después estaban en la cabaña que dominaba el lago. Mientras llevaba la cuenta de los cerrojos y vigas que había que cambiar, él llegó por atrás y suavemente la arrojó a una cama de paja. No era una lucha justa. La mujer tenía la mitad de su tamaño y sus motivos eran indiscutiblemente impuros.
– ¿Qué estás haciendo? -dijo consternada-. No puedo volver a la casa con heno en el pelo.
– Soy el Señor de la mansión -dijo con una voz brusca-, y debes hacer lo que yo diga.
– ¿Y si no quiero? -respondió sin aliento, extendida bajo su sombra.
Frunció el ceño. -Entonces tendré que azotar tus suaves nalgas blancas.
– Como si te fuese a dejar -dijo riendo.
La dejó inmóvil bajo él. -Como si pudieses detenerme.
Se acostó y la besó, su mano se deslizó bajo la falda. -¿Eres una sirviente obediente o desobediente? Hay una enorme diferencia.
– Eso depende a quién tengo que desobedecer.
– Obedéceme.
Ella enlazó los brazos alrededor de su cuello, sonriendo maliciosamente. -Solo si prometes no decirle esto al amo.
Agarró una nalga tentadora. -Será nuestro secreto, amorcito. Pero tampoco se lo puedes decir a tu esposo. -Cerró los ojos tragándose un gemido-. Dios mío, Emma.
Se quedó muy quieta, susurrando. -No es mi esposo de quién tenemos que preocuparnos, Adrian. Hay un hombre parado en la entrada. Nos han pillado.
– Un… ¿quién es?
– No sé. ¿Importa? No nos pueden encontrar tirados en un granero.
Se separaron. Adrian se insultaba a sí mismo, Emma se veía avergonzada mientras el intruso iba hacia ellos con una herramienta en las manos.
– Perdón -dijo el recién llegado de más edad, con voz irónica-. Soy Robin Turner, el cuidador de la cabaña. ¿Los puedo ayudar en algo?
Adrian levantó a Emma. -De hecho esta es mi esposa y…
– ¿El nuevo ayudante? -el cuidador de pelo cano adivinó. Los ojos se le ablandaron-. Bien, es una manera infernal de empezar el servicio, pero me imagino que no pasará nada si estás presentable cuando te reúnas con el duque. Su heredero llegó y todos debemos portarnos lo mejor posible.
– Tienes el alma generosa, señor. -Adrian se paró frente a Emma para taparla y se pudiese enderezar la falda y remover la paja que se le había pegado-. Trataré de devolverte el favor.
El cuidador le dio la mano. -Continúen ambos. Solo dedícate al trabajo para el que te contrataron. No soy tan anciano que no recuerde, oh, diablos, váyanse de aquí. No le diré nada de esto al amo.
Y no lo hizo.
Ni siquiera cuando, dos horas más tarde, se reunieron con el duque a discutir las reparaciones necesarias en les edificios externos de la finca, y fueron presentados como Lord y Lady Wolverton.
Adrian pensó que con su nuevo aliado Turner, hicieron un trabajo convincente al pretender no conocerse entre ellos, a pesar que Emma le hizo un guiño descarado sobre el hombro cuando el cuidador se volvió mientras iba saliendo al pasillo. A Adrian se le abrió la boca. Turner casi chocó con la pared.
El duque se rio intrigado. -¿Me perdí algo?
– Emma y yo hicimos una inspección de la cabaña más temprano -dijo Adrian evasivo, con la vista puesta en su esposa-. ¿No era eso lo que querías que hiciésemos?
– ¿Sabéis lo que deseo antes de morir? -preguntó el duque con un resplandor astuto en los ojos-. Ven conmigo un minuto. Compartiré mi última petición contigo, Adrian.
Más tarde, esa misma noche, Adrian yacía preocupado en cama con su esposa, ella se daba vueltas una y otra vez, hasta que finalmente la miró y preguntó, -¿Tienes algo en la mente?
Salió a la superficie de la cama Reina Anna y preguntó, -¿Y tú?
Se metió bajo las cobijas y se acomodaron, la mano de él en su cadera. Disfrutaba durmiendo así, protegiéndola con su cuerpo. -Explica.
– El deseo de tu padre antes de morir. ¿Es algo a lo que estás sujeto por honor a no decirlo?
– En realidad, no.
Puso su barbilla en la mejilla de ella. Su cuerpo lo tentaba. Su espalda se arqueaba bajo su mano, su piel suave como la crema. Ella esperó. Él también. Una sonrisa que no pudo suprimir, salió a la superficie con la pregunta de ella.
Parecía que había peleado por este momento desde que se había escapado de Scarfield.
Era más fuerte ahora. Su única necesidad, su única debilidad, la mujer que tenía en sus brazos.
Y finalmente esa mujer lo atrajo y exigió. -¿Te vas a quedar toda la noche sonriéndome, o me vas a responder?
– Quiere que le demos un nieto antes de morir. Es bastante testarudo para conseguir lo que pide.
– Ya veo -dijo Emma pensativa-. ¿Y qué le dijiste?
Se limpió la garganta. -Le aseguré que estábamos poniendo todo de nuestra parte para cumplir con ese deber ducal.
– No -respondió Emma con la voz llena de risa.
– Sí, pero no le di detalles.
Ella le pasó le pasó las manos por los flancos delgados. -Un duque siempre cumple sus promesas.
Le capturó la boca con la suya. -Solo soy el hijo de un duque. ¿Sugieres alguna forma interina de etiqueta para satisfacer la situación?
Ella cerró las manos alrededor de su gruesa virilidad, subiéndose encima de él que yacía de espaldas en la cama, mirándola fijo, con la respiración súbitamente irregular.
– Práctica -dijo con una sonrisa burlona-. Horas y horas. No, días y noches de práctica acuciosa.
Puso sus manos en los muslos de ella, su virilidad hinchándose en sus dedos de huesos finos. Con un suave gemido de placer, ella se balanceó en las rodillas y guió el pene distendido en su apertura húmeda.