"A la mayor parte de ellos no les gusta violar su juramento". Pero la mayor parte de ellos no tenía un hermano en la financiera Cantor Fitzgerald que hubiese caído desde un piso noventa y siete cierta mañana de martes de septiembre.
"¿Esta variante es mejor que la que ya tenemos?"
"Mejor que ninguna otra, Gerry. Dice que es casi ciento por ciento confiable si se la emplea en forma correcta".
"¿Es cara?"
Bell meneó la cabeza. "En absoluto".
"¿Ha sido experimentada y realmente funciona?"
"Rick dice que mató seis perros -todos grandes- con suma facilidad".
"De acuerdo, aprobado".
"Comprendido, jefe. Deberíamos tenerla en dos semanas".
"¿Qué sucede ahí fuera?"
"No lo sabemos", admitió Bell, bajando la mirada. "Uno de esos tipos de Langley dice en sus memos que tal vez les causamos suficiente daño como para demorarlos, si es que no para detenerlos, pero me pone nervioso leer cosas como ésa. Es como esa mierda de "no hay techo para este mercado", que se dice antes de un derrumbe financiero. Hubris ante Nemesis. Fort Meade no puede rastrearlos en la web, pero eso tal vez sólo signifique que se están volviendo un poco más astutos. Hay muy buenos programas de encriptación en el mercado y hay dos que la NSA aún no ha descifrado, al menos no en forma confiable. Le dedican un par de horas al día a tratar de resolverlo con sus megacomputadoras. Como siempre dices, Gerry, los programadores más inteligentes ya no trabajan para el Tío Sam…"
"…desarrollan juegos de computadora", concluyó Hendley. El gobierno nunca había pagado lo suficiente como para atraer a los mejores -y eso no cambiaría nunca. "Así, que, sólo tenemos una corazonada".
Rick asintió. "Hasta que estén muertos, enterrados y con una estaca clavada en el corazón me seguirán preocupando".
– "Es un poco difícil atraparlos a todos, Rick".
"Ya lo creo". Ni siquiera su doctor Muerte personal en la Universidad de Columbia podía cambiar eso.
CAPÍTULO 6 Adversarios
EL 747-400 aterrizó suavemente en Heathrow cinco minutos antes de lo previsto, a las 12:55 PM. Como el resto de los pasajeros, Mohammed no veía la hora de salir del amplio Boeing. Pasó, sonriendo educadamente, por el control de pasaportes, hizo uso del bailo y, sintiéndose un poco más humano otra vez, se dirigió a la sala de Air France para tomar el vuelo que lo llevaría a Niza. Faltaban noventa minutos para que el vuelo partiera y otros noventa para llegar a destino. En el taxi, exhibió el acento francés que se adquiere en las universidades inglesas. El conductor sólo lo corrigió en dos ocasiones y, al registrarse en el hotel, entregó su pasaporte británico -de mala gana, pero el pasaporte era un documento seguro que ya había usado muchas veces. El código de barras impreso en la portada de los nuevos pasaportes lo preocupaba. El suyo no lo tenía, pero cuando perdiera validez dentro de dos años, debería preocuparse por el hecho de que una computadora registraría todos sus movimientos. Bueno, tenía tres identidades británicas sólidas y seguras y era cuestión de obtener un pasaporte para cada una de ellas, manteniendo un perfil lo suficientemente bajo como para que a ningún policía británico se le ocurriera verificadas. Ninguna fachada era tan sólida como para soportar una investigación casual, mucho menos una que se hiciese en profundidad, y ese código de barras podía significar que algún día el funcionario de migraciones fuese alertado por su computadora, lo que sería seguido por la aparición de uno o dos policías. Los infieles les estaban complicando la vida a los fieles, pero eso era lo que hacían los infieles.
El hotel no tenía aire acondicionado, pero las ventanas se podían abrir, y la brisa del océano era agradable. Mohammed conectó su computadora al teléfono que había sobre el escritorio. Luego, la cama lo convocó, y cedió a sus encantos. Por más que viajase, no había dado con una cura para el jet lag. Por los siguientes dos días viviría a cigarrillos y café hasta que su reloj interno le indicase que ya se había ajustado. Miró su reloj. El hombre con que debía encontrarse tardaría aún cuatro horas, lo cual, pensó Mohammed, era una muestra de consideración. Cenaría cuando su cuerpo esperaba desayunar. Cigarrillos y café.
Era la hora del desayuno en Colombia. Tanto Pablo como Ernesto preferían la versión angloamericana, con tocino o jamón y huevos y el excelente café local.
"Y ¿cooperamos con el bandido de turbante?", preguntó Ernesto.
"No veo por qué no", replicó Pablo, echando crema en su taza. "Ganaremos mucho dinero, y la oportunidad de provocar el caos entre los norteamericanos conviene a nuestros intereses. Hará que sus guardias de frontera estén más atentos al paso de personas que al de mercaderías y no nos perjudicará directa ni indirectamente".
"Y si atrapan vivo a uno de estos musulmanes y lo hacen hablar?"
"Hablar de qué? ¿A quién conocerán más que a unos pocos coyotes mexicanos?", respondió Pablo.
"Sí, así es", asintió Ernesto. "Debes creer que soy una anciana miedosa".
"Jefe, el último que pensó eso de usted está muerto hace tiempo". Esto le ganó a Pablo un gruñido y una sonrisa torcida.
"Es cierto, pero sólo un tonto no es cauteloso cuando las policías de dos países lo persiguen".
"Bueno jefe, les damos a otros para que persigan, ¿no?"
Ernesto pensó que se estaba metiendo en un juego que podía ser peligroso. Sí, llegaría a un acuerdo con aliados de conveniencia, pero estaba usándolos, más que colaborando con ellos, al crear hombres de paja para que los norteamericanos los buscaran y mataran. Pero a estos fanáticos no les importaba si los mataban, ¿verdad? Buscaban morir. De modo que, al usarlos, él les hacía un favor a ellos, ¿no? Incluso podía -con mucho cuidado- traicionarlos entregándolos a los estadounidenses sin que se enfadaran. Además ¿cómo podía dañarlo? ¿En su propio terreno? "¿En Colombia? Difícil. No es que planeara derrotarlos, pero si lo hacía ¿cómo lo averiguarían? Si sus servicios de inteligencia eran tan buenos, no hubiesen necesitado recurrir a él. y si ni los yanquis ni tampoco su propio gobierno lo habían podido atrapar aquí en Colombia ¿cómo iban a hacerlo ellos?
"Pablo, ¿exactamente cómo nos comunicaremos con este individuo?"
"A través de la computadora. Tiene muchas direcciones de correo electrónico, todas de servidores europeos".
"Muy bien. Dile que sí, que el Consejo lo aprueba". No eran muchos los que sabían que Ernesto era el Consejo.
"Muy bien, jefe". y Pablo fue a su laptop. Su mensaje salió en menos de un minuto. Pablo sabía manejar computadoras. Así ocurre con la mayor parte de los delincuentes y terroristas internacionales.
Estaba en la tercera línea del e-maiclass="underline" ", Juan, María está encinta. Tendrá gemelos". Tanto Mohammed como Pablo tenían los mejores programas de encriptación disponibles -programas que, al decir de quienes los vendían, nadie podía descifrar. Pero Mohammed creía esto tanto como en Santa Claus. Además, usar programas de ésos sólo hubiera hecho que sus e-mails fueran objeto de especial atención por parte de los programas de vigilancia que empleaban la Agencia Nacional de Seguridad, el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno Británico y el Directorio General Francés de Seguridad Exterior. Por no hablar de cualesquiera que fueran las agencias desconocidas que intervenían las comunicaciones internacionales, legalmente o no, ninguna de las cuales sentía simpatía por él y sus colegas. El Mossad israelí ciertamente pagaría mucho por su cabeza, aunque no sabían -ni podían saber- acerca de su papel en la eliminación de David Greengold.
Pablo y él habían acordado un código, frases inocentes que podían significar cualquier cosa, que podían ser enviadas por correo electrónico a otras direcciones, que a su vez las reenviaban. Sus cuentas electrónicas eran pagadas mediante tarjetas de crédito anónimas, y las cuentas en sí estaban basadas en grandes y completamente respetables servidores proveedores de Internet con base en Europa. A su modo, Internet era tan efectiva como las leyes bancarias suizas en lo que hace a anonimato. Los mensajes de correo electrónico que atravesaban diariamente el éter eran demasiados como para analizarlos todos, aun con ayuda de computadoras. Mientras no emplease palabras clave fácilmente detectables, pensaba Mohammed, sus mensajes seguirían siendo seguros.