Выбрать главу

"ay en qué es malo?", preguntó Jack.

"Habla mucho con gente sobre la cual tenemos información. No hay información acerca de quiénes son sus amigos en Arabia Saudita. No lo hemos seguido en su propio terreno, Tampoco los ingleses, aunque tienen muchos más recursos que nosotros allí. La CIA no tiene muchos datos, y su perfil no es lo bastante alto como para merecer una mirada más de cerca, o al menos eso creen. Es una pena. Al parecer, su papá es buen tipo. Le romperá el corazón enterarse de que su hijo anda con la gente equivocada", y con este sabio pronunciamiento, Wills regresó a su pantalla.

Junior examinó el rostro que aparecía en su monitor. Su madre era buena para interpretar a las personas de una sola mirada, pero no le había transmitido esa habilidad. Jack ya encontraba bastante difícil interpretar a las mujeres, pero se consoló pensando que lo mismo les ocurría a casi todos los hombres del mundo. Continuó mirando el rostro, tratando de leer la mente que alguien se encontraba a casi diez mil kilómetros de allí, que hablaba otro idioma y practicaba otra religión. ¿Qué pensamientos circulaban bajo esos ojos? Sabía que a su padre le gustaban los sauditas. Estaba especialmente allegado al príncipe Ah bm Sultan, príncipe y alto funcionario del gobierno saudita. El joven Jack lo había conocido, pero sólo fugazmente. Sólo recordaba una barba y un sentido del humor. Una de las creencias centrales de Jack padre era que todos los hombres eran fundamentalmente iguales, y le había transmitido esa creencia a su hijo. Pero ello significaba que si había gente mala en los Estados Unidos, también la había en el resto del mundo, y su país había experimentado duras lecciones de ese triste hecho en el pasado reciente.

Desgraciadamente, el Presidente en funciones aún no había pensado qué hacer al respecto.

Jack siguió leyendo el legajo. De modo que así se comenzaba en el Campus. Estaba trabajando en un caso. Bueno, algo así como trabajando en algo parecido a un caso, se corrigió. Uda bm Sali trabajaba como banquero internacional. Estaba claro que movía dinero. ¿Dinero de su padre?, se preguntó Jack. Si era así, su padre era un hijo de puta muy, muy rico. Jugaba con todos los grandes Bancos de Londres.

– Londres aún era la capital bancaria del mundo. Jack nunca había supuesto que la Agencia Nacional de Seguridad pudiera llegar a acceder a información como ésa.

Cien millones por aquí, cien millones por allá, no tardaban en sumar cifras verdaderamente serias. El negocio de Sali era la conservación de capitales, lo cual significaba no tanto hacer rendir el dinero que se le confiaba como asegurarse de que la cerradura de la caja fuerte cerrara realmente bien. Había setenta y una cuentas subsidiarias, sesenta y tres de ellas identificadas, al parecer, por Banco, número y contraseña. ¿Chicas? ¿Política? ¿Deportes? ¿Administración de dinero? ¿Autos? ¿El negocio del petróleo? ¿De qué hablaban los principitos sauditas ricos? Allí había un gran vacío en el legajo. ¿Por qué no hacían escuchas los británicos? Las entrevistas con las prostitutas no habían revelado mucho, fuera de que dejaba buena propinas a las chicas con quienes pasaba un rato particularmente agradable en su casa de Berkeley Square… una parte cara de la ciudad, notó Jack. Se desplazaba básicamente en taxi. Tenía un automóvil -nada menos que un convertible Aston Martín negro- pero no conducía mucho, según la información británica. No tenía chofer. Iba mucho a la embajada. En conjunto, era información que no revelaba mucho. Así se lo hizo notar a Tony Wills.

"Sí, lo sé, pero si resulta que era peligroso, no te quepa duda de que te darás cuenta de que había una o dos cosas en esa página a las que deberías haberles prestado atención. Ese es el problema con este maldito trabajo. y recuerda que estamos viendo datos procesados. Algún pobre infeliz tomó los datos brutos y los destiló hasta obtener esto. ¿Exacta- mente qué datos significativos se pueden haber perdido por el camino? No hay forma de saberlo, muchacho. No hay forma de saberlo".

Esto solía hacer papá, se recordó Junior. Tratar de encontrar diamantes en un balde de mierda. Había esperado que, en cierto modo, fuese más fácil. Bien, de modo que lo que debía hacer era encontrar operaciones monetarias difícilmente explicables. Era trabajo árido del peor, y ni siquiera podía pedirle consejo a su padre. Si su padre se enterase de que trabajaba ahí, probablemente se enfureciera. Tampoco le gustaría mucho a mamá. ¿Por qué había de importarle eso? ¿No era ya un hombre, capaz de hacer lo que quisiera con su vida? No exactamente. El poder de los padres sobre uno nunca se iba del todo. Siempre trataría de complacerlos, – de demostrarles que lo habían criado bien y de que estaba haciendo lo correcto. O algo parecido. Su padre había sido afortunado. Sus padres nunca se habían enterado de lo que había debido hacer. ¿les habría gustado?

No. Se hubieran enfadado -enfurecido- por las veces que había puesto en juego su vida, y precisamente eso era lo que su propio hijo había aprendido. Había muchas áreas vacías en su memoria, períodos en que su padre no había estado en casa y mamá no había explicado por qué… y ahora, aquí estaba él, si no haciendo exactamente lo mismo, in- dudablemente yendo en la misma dirección… Bueno, su padre siempre había dicho que el mundo era un lugar loco, y ahora él estaba aquí, descubriendo cuán loco podía ser.

CAPÍTULO 7 Tránsito

Comenzó en el Líbano, con un vuelo a Chipre. De allí, un vuelo de KLM al aeropuerto de Sclúphol en Holanda, y de ahí a París. En Francia, los dieciséis hombres pasaron la noche en diferentes hoteles, tomándose el tiempo de recorrer las calles, practicar su inglés -finalmente no había tenido mucho sentido hacerles aprender francés- y lidiar con una población local que podría haber sido más amistosa. Según el punto de vista de ellos, lo bueno era que ciertas ciudadanas francesas se esmeraban en hablar razonable inglés y se mostraban muy solícitas -a cambio de una tarifa.

Ellos tenían un aspecto más bien común, algo menos de treinta años, afeitados, de altura y contextura medianas, mejor vestidos que la mayor parte de la gente. Todos ocultaban bien su incomodidad, aunque lanzaban furtivas miradas de soslayo a los policías que se cruzaban -sabían que no debían llamar la atención de los policías uniformados. La policía francesa tenía fama de metódica, lo cual no agradaba a estos visitantes. Viajaban con pasaportes qataríes, los cuales eran relativamente seguros, pero ni siquiera un pasaporte emitido por el propio ministro de Relaciones Exteriores de Francia habría resistido un escrutinio intenso. De modo que mantenían su perfil bajo. Se los había entrenado para no mirar mucho a los lados, ser corteses y hacer el esfuerzo de sonreír a la gente con que trataban. Afortunadamente para ellos, era la temporada turística en Francia y París estaba atestado de personas que, como ellos, hablaba poco francés, para diversión y desprecio de los parisinos, que, de todas formas, aceptaban su dinero.

El desayuno del día siguiente no concluyó con revelaciones explosivas, lo que tampoco ocurrió en la comidas. Los hermanos Caroso escucharon las lecciones de Pete Alexander, haciendo cuanto podían para no dormirse, pues las lecciones parecían más bien obviedades.

"¿Les parece aburrido?", preguntó Pete a la hora de comer.

"Bueno, no hace temblar la tierra", respondió Brian tras unos segundos.

"Verás que no lo será cuando estés en las calles de una ciudad extranjera, digamos en el mercado, buscando a un sospechoso en una multitud de miles de personas. Lo importante es hacerse invisible. Trabajaremos en eso esta tarde. ¿Tienes alguna experiencia al respecto, Dominic?"

"En realidad, no. Sólo lo básico. No mirar directamente al sujeto. Prendas reversibles. Diferentes corbatas, si uno está en un ambiente en que se deba llevarlas, y se depende de otros para cambiar de apariencia. Pero donde vamos no tendremos el apoyo para vigilancia discreta que nos suministra el Buró, ¿verdad?"