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"Sí, Jack", Wills alzó la mirada de su pantalla. "Cómo sabemos que este Sali es de los malos?"

"No estamos seguros. No hasta que haga algo o interceptemos una conversación entre él y alguien que no nos gusta".

"Así sólo lo estoy verificando".

"Correcto. Vas a hacer muchos trabajos así. ¿Alguna intuición sobre el tipo?"

"Es un hijo de puta lascivo".

"Por si no lo habías notado, es difícil ser rico y soltero".

Jack parpadeó. Tal vez se lo había buscado. "De acuerdo, pero a mí ni se me ocurre pagar, y él paga mucho".

"Qué más?", preguntó Wills.

"No habla mucho que digamos".

“¿so qué te dice de él?"

Ryan se reclinó en su silla para pensar. Tampoco él Es hablaba mucho a sus amigas, al menos no de su nuevo trabajo. En cuanto uno decía "administración financiera", la mayor parte de las mujeres tendía a amodorrarse como reflejo de defensa. ¿Significaba algo? Tal vez Sali simplemente no era hablador. Tal vez era lo suficientemente seguro de sí mismo como para no necesitar impresionar a sus amigas más que con su dinero -siempre usaba efectivo, nunca tarjeta de crédito. ¿y por qué? para que su familia no se enterara? Bueno, tampoco Jack Es contaba a mamá y papá de su vida amorosa. De hecho, era raro que llevara una amiga al hogar de la familia. Su madre tendía a espantarlas. Curiosamente su padre no. La doctora Ryan impresionaba a las mujeres con su poder. y mientras que a la mayor parte de las jóvenes Es parecía admirable, a otras Es parecía terriblemente intimidante. Su padre dejaba muy de lado todo lo que tenía que ver con el poder y los invitados sólo veían a un caballero amable y bonachón, esbelto y de cabello gris. Más que nada su padre le gustaba jugar a la pelota con su hijo en el césped que daba la Bahía de Chesapeake, tal vez porque así recordaba momentos en que la vida era más simple. Para eso tenía a Kyle. La menor de los Ryan aún estaba en la escuela primaria y pasaba por la etapa de hacer furtivas preguntas acerca de Santa Claus, pero sólo cuando mami y papi no estaban allí. Siempre había un chico en la clase que quería que todos se enterasen de lo que él ya sabía -siempre había uno así- y Katie ya sabía la verdad. Aún le gustaba jugar con sus muñecas Barbie, pero sabía que su mamá y su papá las compraban en Toys R Os en Glen Burnie y que eran ellos los que armaban la escenografía navideña, actividad que su padre adoraba, por más que refunfuñara al hacerla. Cuando uno dejaba de creer en Santa Claus, la vida entera comenzaba a rodar cuesta abajo…

"Sólo nos dice que no le gusta hablar. Nada más", dijo Jack tras reflexionar por un momento. "No se supone que debamos transformar deducciones en hechos, ¿verdad?"

"Correcto. Muchas personas no piensan así, pero no aquí. Dar las cosas por sentadas es la madre de todos los errores. El psiquiatra de Langley se especializa en interpretar. Es bueno, pero hay que aprender a distinguir entre la especulación y los hechos. Bien, cuéntame acerca del señor Sali", ordenó Wills.

"Es lascivo y no habla mucho. Especula en forma muy conservadora con el dinero de su familia".

"Hay algo que haga pensar que es malo?"

"No, pero vale la pena vigilarlo por su religiosidad, aunque no diría que es extremista en ese aspecto. Aquí faltan elementos. No se jacta, no es exhibicionista como suele serio una persona rica de su edad. ¿Quién comenzó a investigarlo?"

"Los ingleses. Hubo algo en este tipo que excitó el interés de sus analistas en jefe. Luego Langley echó una mirada y comenzó su propio legajo. Luego, se interceptó una conversación entre él y otro tipo que tiene un legajo en Langley. La conversación no trató de nada importante, pero existió", explicó Wills. "Y, sabes, es más fácil abrir un legajo que cerrarlo. Su teléfono celular está codificado en las computadoras de la NSA, de modo que escuchan cada vez que lo enciende. Creo que vale la pena mantenerlo bajo observación, pero no estoy seguro de por qué deba ser así. En este negocio, uno aprende a confiar en los instintos, Jack. De modo que te nombro experto residente en este joven".

"¿Y debo investigar qué hace con su dinero…?"

"Así es. Sabes, no hace falta mucho para financiar una banda de terroristas -al menos no para las cifras que maneja él. Un millón de dólares es mucho dinero para esa gente. Viven al día y sus gastos de mantenimiento no son muchos. Así que debes vigilar los márgenes. Lo más posible es que trate de ocultar lo que hace bajo el ala de sus transacciones grandes".

"No soy contador", señaló Jack. Su padre se había graduado de contador hacía tiempo, pero nunca había ejercido, ni siquiera para llenar sus propias planillas fiscales. Tenía un estudio de abogados que lo hacía.

"¿Sabes aritmética?"

"Sí, claro".

"Bueno, agrégale una nariz". Oh, qué bien, pensó John Patrick Ryan Jr. Luego recordó que en las verdaderas operaciones de inteligencia no se trataba de dispararles a los malos y luego irse a la cama con la heroína de la película. Eso ocurría en las películas. Este era el mundo real.

"Tanta prisa tiene nuestro amigo?", preguntó Ernesto, muy sorprendido.

"Así parece. Últimamente, los norteamericanos los vienen castigando muy duro. Supongo que quieren recordarles a sus enemigos que aún pueden morder. Tal vez sea cuestión de honor para ellos", especuló Pablo. A su amigo no le costaría entender eso.

"Así que, ¿qué hacemos ahora?"

"Una vez que estén instalados en Ciudad de México, combinamos para que sean transportados a Estados Unidos y, supongo, nos ocupamos de que obtengan armas".

"¿Complicaciones?"

"Si los norteamericanos tienen infiltrados en nuestra organización, podrían tener alguna advertencia, además de rumores de nuestro compromiso. Pero ya hemos tomado eso en cuenta".

Sí, reflexionó Ernesto, pero eso había sido desde lejos. Ahora, se oían los golpes en la puerta y había que pensar otra vez. Pero no podía volver atrás en un acuerdo. Eso era cuestión de honor y de negocios. Estaban preparando un embarque inicial de cocaína para la Unión Europea. Prometía ser un mercado de considerable importancia.

"Cuánta gente viene?"

"Catorce, dice. No tienen arma alguna".

"Qué crees que necesitarán?"

"Con automáticas livianas alcanzará, además de pistolas, claro", dijo Pablo. "Tenemos un proveedor en México que puede manejarlo por menos de diez mil dólares. Con otros diez mil, hacen llegar las armas a su destino final en los Estados Unidos. Así se evitan complicaciones en el cruce".

"Bueno, hagámoslo así. ¿Irás a México tú mismo?"

Pablo asintió. "Mañana por la mañana. Coordinaré con ellos y los coyotes el primer movimiento".

"Sé cuidadoso", señaló Ernesto. Sus sugerencias eran potentes como una bomba. Pablo corría algunos riesgos, pero sus servicios eran muy importantes para el Cartel. Sería difícil reemplazarlo.

"Por supuesto, jefe. Necesito evaluar cuán confiable es esta gente, ya que nos van a asistir en Europa".

"Sí, es necesario", asintió Ernesto, con fatiga. Como en casi todos los acuerdos, cuando llegaba el momento de llevarlos a cabo, surgían las dudas. Pero no era una anciana. Nunca había temido actuar con decisión.

El Airbus llegó al fin de la pista. Los pasajeros de primera fueron los primeros en bajar. Siguiendo las flechas coloreadas pintadas en el piso, llegaron a migraciones y aduana, donde Es aseguraron a los burócratas de uniforme que no tenían nada que declarar, se Es sellaron debidamente sus pasaportes y fueron a recoger su equipaje.

El jefe del grupo se llamaba Mustafá. Aunque era saudita de nacimiento, iba completamente afeitado, lo cual no le gustaba, si bien dejaba a la vista una piel que parecía gustarle a las mujeres. El y un colega de nombre Abdulá fueron juntos a recoger las maletas y luego salieron a donde se suponía que los esperaban los automóviles que lo recogerían. Esta sería la primera prueba de la eficiencia de sus nuevos socios del hemisferio occidental. y efectivamente, había alguien con un rectángulo de cartulina donde decía "MIGUEL" en letras de molde. Ese era el nombre en código de Mustafá para esta operación y se adelantó a estrechar la mano del hombre. Este no dijo nada, pero hizo un gesto de que lo siguieran. Afuera, los esperaba una minivan Plymouth color café. Pusieron las maletas atrás y los pasajeros se acomodaron en el asiento del medio. Hacía calor en Ciudad de México y el aire era el más sucio de los que nunca hubieran conocido. Lo que debía haber sido un hermoso día quedaba arruinado por un velo gris que cubría la ciudad – contaminación atmosférica, pensó Mustafá.