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"Gracias, Santidad': respondió Granger.

"Sam, siempre supimos que esto no sería fácil. Caray, me envías a un infante de marina y a un FBI, podrían haber sido un par de niños exploradores, ¿no?"

"De acuerdo, Pete, es tu trabajo. ¿Tienes idea del tiempo que llevará esto? El trabajo se va apilando", observó Granger.

"En más o menos un mes sabré si cuento con ellos o no. Deberán saber por qué además de quién, pero siempre te dije que sería así.

"Es cierto", admitió Granger. Realmente, era tanto más fácil en las películas. Bastaba con buscar "asesinos a sueldo" en las Paginas Amarillas. Al principio, habían pensando en contratar ex oficiales de la KGB. Todos eran expertos y todos querían dinero -la tarifa de mercado era de menos de veinticinco mil dólares por muerte, poco dinero- pero tipos así sin duda informarían al Centro Moscú con la esperanza de que los volvieran a contratar, y de esa forma, el Campus sería conocido por la comunidad "negra" global. No podían permitir que eso ocurriera.

"¿Y los nuevos juguetes?: preguntó Pete. Tarde o temprano, debería entrenar a los gemelos en el empleo de las herramientas del oficio”.

"Me dicen que en dos semanas".

"Tanto? Demonios, Sam, las propuse hace nueve meses".

"No son cosas que se compran en la sucursal local de Westem Auto. Deben ser manufacturadas desde cero. Sabes, gente hábil para hacer piezas mecánicas que viva en lugares remotos, gente que no haga preguntas".

"Es dije, busquen a la gente para esto en la Fuerza Aérea. No paran de crear pequeños e ingeniosos dispositivos". Por ejemplo, grabadores que quepan en un encendedor de cigarrillos. Eso sí que probablemente era inspirado por las películas. y en lo que respecta a las cosas realmente buenas, el gobierno casi nunca disponía de la gente adecuada en su plantel, por lo cual debía disponer de contratistas civiles que tomaban el dinero, hacían el trabajo y mantenían la boca cerrada porque querían más contratos de ésos.

"Están trabajando en ello, Pete. Dos semanas".

"Entendido. Hasta ese momento, tengo todas las pistolas con silenciador que pueda necesitar. Ambos responden bien al entrenamiento de rastreo y vigilancia. Ayuda que tengan un aspecto tan común".

"Así que, a fin de cuentas ¿las cosas andan bien?", preguntó Granger.

"A no ser por eso de la conciencia, si".

"De acuerdo, mantenme informado".

"Así lo haré".

"Nos vemos".

Alexander colgó. Malditas conciencias pensó. Sería bueno tener robots. pero alguien notaría si viese a Robotín andando por la calle. y no podían permitirse eso. O tal vez el Hombre Invisible, pero en la historia de H. G. Wells, la droga que lo hacía transparente también lo volvía loco y esta operación ya era suficientemente loca, ¿no? Se bebió el jerez que le quedaba y, tras pensarlo, volvió a llenar su copa.

CAPÍTULO 8 Convicción

Mustafá y Abdulá se levantaron al alba, rezaron sus plegarias matutinas, desayunaron, conectaron sus computadoras y revisaron sus correos electrónicos. Tal como esperaba, Mustafá tenía un mensaje de Mohammed, que a su vez le reenviaba un mensaje de alguien, supuestamente llamado Diego, para que se encontrasen en determinado lugar a las 10:30 de la mañana, hora local. Revisó el resto de su correo, que en su mayor parte consistía en lo que los norteamericanos llaman spam. Se había enterado de que esta palabra designaba originalmente una conserva de cerdo, lo cual le pareció particularmente adecuado. Ambos salieron -por separado- pasadas las nueve, más que nada para estirar las piernas y examinar el vecindario. Verificaron cuidadosa pero furtivamente que nadie los siguiera -al parecer así era. Llegaron al punto de encuentro a las 10:25.

Diego ya estaba allí. Leía el diario y vestía una camisa blanca con rayas azules.

"Diego?", preguntó amablemente Mustafá.

"Usted debe de ser Miguel", replicó el contacto con una sonrisa, poniéndose de pie para estrecharle la mano. "Siéntese, por favor". Pablo miró en torno a sí. Sí, allí estaba el apoyo de Miguel, solo, tomando su café, vigilando como un profesional. "¿Le gusta Ciudad de México?"

"No sabía que fuese tan grande y activa", Mustafá señaló alrededor. Las aceras estaban colmadas de gente que iba y venía. "y el aire es tan sucio".

"Ése es un problema. Las montañas no dejan que la contaminación se vaya. Hacen falta vientos fuertes para limpiar el aire. ¿Café?"

Mustafá asintió. Pablo le hizo un gesto al camarero, indicándole la cafetera. El café al aire libre era de estilo europeo, pero no estaba muy lleno. Las mesas estaban ocupadas a medias, por grupos de personas que se encontraban para hacer negocios o sociales, conversaban y se ocupaban de sus asuntos. Llegó otra cafetera. Mustafá sirvió y espero a que el otro hablara.

"Bien, ¿en qué le puedo ser útil?"

"Tal como se acordó, estamos todos aquí. ¿Cuándo podemos partir?"

"Cuándo quiere hacerlo?", preguntó Pablo.

"Esta tarde sería ideal, pero tal vez sea un poco pronto para usted".

"Sí. Pero, ¿qué le parece mañana, digamos que a la una de la tarde?"

"Sería excelente", respondió Mustafá, agradablemente sorprendido. ¿Cómo será el cruce?"

"Comprenda que yo no participaré en forma directa. Lo llevarán en auto a la frontera y allí lo pondrán en manos de alguien que se especializa en ingresar gente y determinadas mercaderías a Norteamérica. Deberá caminar unos seis kilómetros. Hará calor, aunque no demasiado. Una vez llegado a Norteamérica, se lo conducirá a una casa segura cerca de Santa Fe, Nuevo México. Desde allí puede volar hasta su destino final o arrendar automóviles".

"¿Armas?"

"¿Qué quiere exactamente?"

"Idealmente, AK-47s".

Pablo negó con la cabeza. "No podemos suministrárselos. Sí les conseguimos pistolas-ametralladora Uzi e Ingram. Calibre 9 milímetros Parabellum, con, digamos, seis cargadores de treinta disparos cada uno, cargados".

"Más munición", dijo Mustafá. "Doce cargadores, más tres cajas de balas más por cada arma".

Pablo asintió. "Eso es fácil". El costo extra sería de un par de miles de dólares. Las armas se comprarían en el mercado abierto, al igual que la munición. Técnicamente, se las podía rastrear hasta su origen y/o comprador, pero ése era un problema teórico, no práctico. La mayoría de las armas serían Ingram, no las más precisas y mejor construidas Uzi israelíes, pero esa gente no tendría nada que objetar. Incluso era posible que tuviesen objeciones religiosas y morales para el empleo de armas de fabricación israelí. "Dígame, ¿cómo enfrentará sus gastos de traslado?"

"Cada uno de nosotros tiene cinco mil dólares estadounidenses en efectivo.

"Pueden usarlo para gastos menores, como comida y gasolina, pero para otras cosas necesitarán tarjetas de crédito. Los estadounidenses no aceptan el efectivo para el alquiler de vehículos y jamás para la adquisición de pasajes aéreos".

"Las tenemos", replicó Mustafá. Él y cada uno de los integrantes del equipo tenía tarjetas Visa emitidas en Bahrein. Hasta tenían números correlativos. Todas correspondían a una cuenta bancaria suiza, que con tenía algo más de quinientos mil dólares. Suficiente para sus propósitos.

Pedro vio que el nombre que figuraba en la tarjeta era JOHN PETER SMITH. Bien. Quienquiera que hubiera organizado esto, no había cometido el error de usar nombres árabes. Funcionada mientras no cayese en manos de un policía a quien se le ocurriera preguntarle al señor Smith de dónde provenía exactamente. Esperaba que hubieran sido informados acerca de la policía norteamericana y sus costumbres.

"Otros documentos?", preguntó Pablo.

"Nuestros pasaportes son de Qatar. Tenemos licencias de conductor internacionales. Todos hablamos inglés aceptable y sabemos leer mapas. Conocemos las leyes estadounidenses. Nos mantendremos dentro del límite de velocidad y conduciremos con precaución. Al clavo que asoma la cabeza, se lo baja de un martillazo. así que no nos asomamos".