Выбрать главу

Pero estaba claro que la caminata había terminado. Cuando llegaron a la cima de una pequeña loma vieron cinco vehículos, rodeados de grupos de hombres que hablaban entre sí.

"Ajá", dijo Ricardo, "ya están aquí. Excelente". Podía librarse de los lentos extranjeros y seguir con su trabajo. Se detuvo y dejó que sus clientes lo alcanzaran.

"Éste es nuestro destino?", preguntó Mustafá, esperando que así fuera. Había sido una caminata fácil, mucho más de lo esperado.

"Ésos son mis amigos. Los llevarán a Las Cruces. Allí podrán ver cómo seguir viaje".

"¿Y tú?", preguntó Mustafá.

"Me vuelvo a casa con mi familia", respondió Ricardo. ¿No eran las cosas así de simples? ¿Ese tipo no tendría familia?

Sólo hizo falta andar diez minutos más. Ricardo subió al primer subutilitario tras estrecharles las manos a todos. Eran bastante amistosos, aunque en forma cautelosa. Llevarlos hasta ahí podía haber resultado más difícil, pero el tráfico de inmigrantes ilegales era mucho más intenso en Arizona y California y era allí donde la Patrulla de Fronteras de los Estados Unidos tenía a la mayor parte de su personal. Los gringos, como todo el mundo, tendían a centrar su atención donde había más problemas, pero tal vez eso no fuera la actitud más previsora. Tarde o temprano terminarían por darse cuenta de que aquí también se cruzaba ilegalmente la frontera. Cierto que no en forma muy espectacular. Cuando eso ocurriera, tendría que encontrar otra forma de ganarse la vida. De todas formas, le había ido bien durante esos últimos siete años -lo suficiente como para instalar un pequeño negocio y criar a sus niños en un tipo de trabajo más legítimo.

Miró cómo el grupo subía al vehículo y cómo éste se alejaba. También él se dirigió a Las Cruces, luego giró al sur, a la 1-10 que llevaba a El Paso. Hacía tiempo que ya no se preguntaba qué hacían sus clientes en los Estados Unidos. Suponía que seguramente no se dedicarían a ser jardineros ni albañiles, pero le habían pagado diez mil dólares en dinero norteamericano. De modo que, para alguien eran importantes… para él, no.

CAPÍTULO 10 Destinos

Para Mustafá y sus amigos, el camino a Las Cruces fue un recreo sorprendentemente bienvenido y, aunque no lo demostraran, era obvio que ahora reinaba la excitación. Estaban en los Estados Unidos. Estaban cerca de la gente a la que tenían intención de matar. De algún modo, su misión estaba más cerca de llegar a término. Ya no debían recorrer un mero puñado de kilómetros sino seguir una mágica línea invisible. Estaban en la casa del Gran Satán. Aquí estaban los que habían hecho llover la muerte sobre su hogar y sobre todos los fieles del mundo musulmán, los que apoyaban a Israel en forma tan servil.

En Deming, giraron al este hacia Las Cruces. Faltaban cien kilómetros para su próxima parada intermedia sobre la 1-10. Había carteles que anunciaban moteles y lugares donde comer, atracciones turísticas, tanto rutinarias como inconcebibles, más tierra ondulante y horizontes que seguían pareciendo distantes por más que el auto devorara distancias a una invariable velocidad de ciento diez kilómetros por hora.

Como antes, el conductor parecía mexicano y se mantenía en silencio. Nadie decía nada, el conductor porque no tenía ganas, los pasajeros porque hablaban inglés con un acento que aquel podía notar. De este modo sólo recordaría haber llevado a unas personas por un camino de tierra en el sur de Nuevo México y desde allí haberlos llevado a otro lugar.

Debía ser más difícil para los demás de la partida, pensó Mustafá. Debían confiar en que él sabía qué estaba haciendo. Era el comandante de la misión, el jefe de una banda de guerreros que estaba a punto de dividirse en cuatro secciones que ya nunca se reunirían. La misión había sido planeada meticulosamente. De aquí en más, casi no se comunicarían y cuando lo hicieran, sería vía computadora. Funcionarían en forma independiente, pero con una agenda simple y convergiendo en un único objetivo. Este plan conmocionaría a los Estados Unidos como nunca nadie lo había hecho, se dijo Mustafá mirando una camioneta que pasaba junto a ellos. Padre y madre y al parecer dos niños, uno que parecía tener unos cuatro años, otro más pequeño, tal vez de un año y medio. Todos infieles. Objetivos.

Por supuesto que el plan de operaciones estaba escrito, en tipo Geneva de catorce puntos, sobre simple papel blanco. Cuatro copias. Una para cada jefe de equipo. Los otros datos estaban en los archivos de las computadoras que cada uno de los hombres llevaba en sus bolsos de mano, junto a camisas de recambio, ropa interior limpia y poco más. No necesitarían mucho, y el plan era dejar tras ellos la menor cantidad posible de datos para confundir aún más a los norteamericanos.

La idea bastó para producirle una delgada sonrisa dedicada al paisaje que pasaba por la ventanilla. Mustafá encendió un cigarrillo -sólo le quedaban tres- y aspiró hondo el humo de tabaco mientras el aire acondicionado soplaba aire fresco sobre él. Tras ellos, el sol se ocultaba. Su siguiente -y último- alto sería en la oscuridad, lo cual, le pareció, demostraba buen planificación táctica. Sabía que sólo sería así por casualidad, pero justamente eso demostraba que el propio Alá aprobaba el plan. Así debía ser. Al fin y al cabo, trabajaban para El.

Otra aburrida jornada de trabajo, pensó Jack mientras se dirigía a su auto. Una de las cosas malas del Campus era que no podía discutirlo con nadie. Nadie tenía autorización para conocer esas cosas, aunque aún no quedaba claro por qué esto era así. Claro que podía hablar del tema con su papá -por definición, el Presidente tenía acceso a todo, y los ex presidentes tenían el mismo nivel de acceso a la información, si no según la ley, al menos sí según la costumbre. Pero no, no podía hacerlo. A papi no le gustaría su nuevo empleo. Papi podía hacer una llamada de teléfono y joderlo todo, y Jack había probado lo suficiente como para que su apetito continuara abierto por al menos unos meses más. Aun así, haber podido conversar informalmente con alguien que supiera que estaba sería una bendición. Sólo alguien que dijera, sí, esto es importante y, sí, realmente contribuyes a la causa de la Verdad, la Justicia y el Sistema de los Estados Unidos.

¿Contaba realmente lo que él hiciera? El mundo era como era, y él no podría cambiarlo mucho. Ni su padre, con todo el poder que tuvo a su disposición, lo logró. ¿Cuánto podría lograr él, que en cierto modo era un príncipe heredero? Pero si algún día las piezas de este mundo roto llegaran a unirse, sería porque lo haría alguien a quien no le importara si era o no una tarea imposible. Probablemente alguien demasiado joven y estúpido como para saber que las cosas imposibles son… imposibles. Pero ni su padre ni su madre creían en ese término, y así lo habían educado. Sally pronto se graduaría en la escuela médica y comenzaría a cursar oncología -la especialidad médica que su madre lamentaba no haber seguido- y le decía a quien quisiera escucharla que ella estaría presente el día que el dragón del cáncer fuese finalmente muerto de una vez por todas. Así que creer que algo era imposible no era parte del credo Ryan. Aún no sabía cómo hacerlo, pero siempre se podía aprender, ¿no? Y era inteligente y había tenido una buena educación y tener un considerable fondo de inversiones de su propiedad garantizaba que podía seguir su camino sin temor a morir de hambre si ofendía a quien no debía. Esa era la más importante de las libertades que le legó su padre y John Patrick Ryan Ir. era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de la importancia que tenía – aunque no tanto como para comprender la responsabilidad que conllevaba esa libertad.

En vez de cocinarse la cena, esa noche decidieron ir a una parrilla local. Estaba colmada de alumnos de la Universidad de Virginia. Se notaba, todos parecían brillantes, pero menos de lo que se creían, y todos hablaban demasiado alto, mostrando un exceso de confianza en sí mismos. Esa era una de las ventajas de ser niños -aunque a ellos habrían detestado que se los llamase así-, chicos cuyas necesidades aún eran cubiertas por amantes padres, aunque desde una cómoda distancia. Para los hermanos Caruso, era un humorístico recordatorio de cómo habían sido ellos hasta pocos años atrás, antes de que el entrenamiento y la experiencia en el mundo real los transformaran. Aún no estaban seguros de qué era aquello en que habían sido transformados. Lo que había parecido tan simple desde la facultad se había hecho infinitamente complejo una vez que dejaron el vientre académico. Al fin y al cabo, el mundo no era digital, era una realidad analógica, siempre desprolija, donde siempre quedaban cabos sueltos que no podían atarse como cordones de zapatos, de modo que cada paso imprudente podía significar un tropezón y una caída. y la cautela sólo llegaba con la experiencia -con unos pocos tropezones y caídas que dolían, y que sólo cuando dolían de veras dejaban una lección que se recordaba. Esas lecciones habían llegado pronto para los hermanos. No tan pronto como Es llegaron a generaciones anteriores, pero así y todo lo suficientemente rápido para comprender las consecuencias de equivocarse en un mundo que nunca supo perdonar.