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"Buen lugar", juzgó Brian mientras comía su filete mignon.

"Es difícil arruinar un buen trozo de carne, por más malo que sea el cocinero". Era evidente que la parrilla tenía un cocinero, no un chef, pero las papas fritas que venían con el bife no estaban mal para tratarse de carbohidratos casi crudos y se notaba que el brócoli estaba recién descongelado, pensó Dominic.

"Realmente, debería cuidar más de lo que como", dijo el mayor de infantería de marina.

"Disfruta mientras puedas. Aún no hemos cumplido los treinta, ¿no?"

Esto los hizo reír. "Antes parecía un número tremendamente grande, ¿verdad?"

"El comienzo de la vejez. Ah, sí. Bueno, pero eres muy joven para tener rango de mayor, ¿o no?"

Aldo se encogió de hombros. "Supongo que sí. A mi jefe le caigo bien, y tenía muy buenos hombres a mis órdenes. Pero nunca logré que me agradaran las raciones de combate. Te mantienen con vida, pero no puedo decir más que eso. A mi artillero le encantaban, decía que eran mejores que las que había tenido que comer a lo largo de su carrera en el Cuerpo."

"En el Buró, uno tiende a sobrevivir a base de Dunkin' Donuts y, bueno, yo creo que hacen lo que debe ser el mejor café industrial de los Estados Unidos. Es difícil mantenerse en línea con esa dieta.

"No estás en mal estado físico para guerrero de escritorio, Enzo", observó Brian con considerable generosidad. A veces, al finalizar la carrera matutina, su hermano parecía a punto de desplomarse. Pero para un infante de marina, una carrera de cinco kilómetros era como tomarse el café de la mañana, algo para abrir los ojos. "Aún me gustaría saber para qué nos estamos entrenando", dijo Aldo tras otro bocado.

"Hermano, nos estamos entrenando para matar gente, eso es todo lo que necesitas saber. Acercamos sin que nos vean, y huir sin que nos noten.

"Con pistolas?", replicó Brian, dubitativo. "Un poco ruidosas y no tan seguras como un fusil. En mi equipo de Afganistán, tenía un francotirador. Eliminó a algunos enemigos a una distancia de casi un kilómetro Y medio. Usaba un fusil Barrett.50, grandote, como un Rifle Automático Browning que hubiera tomado esteroides. Dispara las calibre 50, como la ametralladora pesada Ma Deuce. Precisa como ella sola, y buena para impactos definitivos, ¿sabes? Es un poco difícil quedar en pie con un agujero de un centímetro de diámetro en el cuerpo". Especialmente dado que su francotirador, el cabo Alan Roberts, un muchacho negro de Detroit prefería tirar a la cabeza y un tiro de calibre 50 en la cabeza realmente cumple con su cometido.

"Bueno, tal vez sea con silenciador. El disparo de un arma de mano se puede amortiguar bastante bien".

"Las vi. Practicamos con ellas en la Escuela de Reconocimiento, pero son terriblemente abultadas para llevar bajo un traje, además de que hay que sacadas, quedarse quieto y apuntadas a la cabeza de tu objetivo. No creo que matemos mucha gente con pistola, Enzo, a no ser que nos envíen a la Escuela James Bond a tomar unos cursos de magia".

"Tal vez usemos otra cosa".

"Así que tú tampoco sabes?"

"Eh, a mí me sigue pagando el Buró. Lo único que sé es que Gus Werner me envió aquí, lo que hace que esto sea casi completamente legítimo creo", concluyó.

"Ya lo habías mencionado. ¿Quién es exactamente?"

"Director asistente, jefe de la nueva División Antiterrorista. Con Gus no se juega. Era jefe del Equipo de Rescate de Rehenes, y también pasó por todas las otras especialidades. Tipo inteligente, duro como él solo. No creo que se desmaye si ve sangre. Pero sabe pensar. El terrorismo es el nuevo tema del Buró, y Dan Murray no lo designó porque sepa tirar con pistola. Murray y él se conocen mucho, desde hace veinte años. Tampoco Murray es tonto. Como sea, si me envió aquí, es porque tiene la aprobación de alguien. De modo que seguiré el juego hasta que me digan que violé la ley".

"Yo también, pero aún estoy un poco nervioso".

Las Cruces tenía un aeropuerto regional para tramos cortos y cruces del río. Se complementaba con oficinas de alquiler de automóviles. Allí se detuvieron, y ahora le llegó a Mustafá el momento de ponerse nervioso. El y uno de sus colegas arrendarían autos allí. Otros dos lo harían en la ciudad misma.

"Está todo preparado para ustedes", Es dijo el conductor. Es dio dos hojas de papel. "aquí están los números de reserva. Son sedanes de cuatro puertas Ford Crown Victoria. No podemos conseguir los vehículos que pidieron sin ir a El Paso, yeso no es conveniente. aquí, use su tarjeta Visa. Su nombre es Tomás Salazar. Su amigo es Héctor Santos. Muéstreles los números de reserva y haga lo que le indiquen. Es muy fácil". Al conductor no le pareció que ninguno de ellos tuviera aspecto de latino, pero los empleados eran rústicos ignorantes cuyos conocimientos de castellano se limitaban a las palabras "taco" y "cerveza".

Mustafá descendió del auto, haciéndole señas a su amigo de que lo siguiera.

Inmediatamente, se dio cuenta de que sería fácil. Quienquiera que fuese el dueño del negocio, no se había preocupado por emplear personas inteligentes. El muchacho a cargo del mostrador estaba encorvado sobre una revista de historietas, dedicándole una atención que parecía excesivamente absorta.

"Hola", dijo Mustafá. "Tengo reserva". Escribió el número en un anotador y se lo entregó.

"De acuerdo". El empleado no demostró lo poco que le agradaba que lo distrajeran de la última aventura de Batman. Sabía operar la computadora de la oficina. Y, efectivamente, ésta escupió un formulario completo en casi todos sus detalles.

Mustafá entregó su licencia internacional de conducir, que el empleado fotocopió, abrochando la fotocopia al formulario de arrendamiento. Vio con placer que el señor Salazar había tomado todas las opciones de seguro -a él le pagaban extra por incitar a la gente a hacerlo.

"Bien, su auto es el Ford blanco que está en el espacio de estacionamiento número cuatro. Al salir doble a la derecha. Las llaves están puestas, señor".

"Gracias", dijo Mustafá, con marcado acento. ¿Realmente era así de fácil?

Evidentemente, sí. En cuanto terminó de ajustar el asiento de su Ford, apareció Safd en el espacio número cinco, donde había un Ford idéntico al suyo, aunque color verde claro. Ambos tenían mapas del estado de Nueva México, pero en realidad no los necesitaban. Ambos pusieron sus autos en marcha, dejaron el estacionamiento y se dirigieron a la calle, donde esperaban los SUVs. Bastaba con seguirlos. había tráfico en la ciudad de Las Cruces, aunque, a la hora de la cena, no mucho.

Había otra agencia de arrendamiento de autos a sólo ocho cuadras al norte, sobre lo que parecía ser la calle principal de Las Cruces. Se llamaba Hen, nombre que a Mustafá le pareció vagamente judío. Sus dos camaradas entraron allí y, diez minutos después, salieron al volante de sus autos. Eran Fords del mismo modelo que el suyo y el de Sardo Una vez hecho esto -tal vez la parte más peligrosa de su misión- debían seguir a los SUVs rumbo al norte durante unos pocos kilómetros – resultaron ser veinte- hasta un camino de tierra. Parecía haber muchos de esos… igual que en su tierra natal. Tras aproximadamente otro kilómetro, llegaron a una casa aislada, cuyo único indicio de estar habitada era un camión estacionado. Todos los vehículos se detuvieron allí para lo que sería, pensó Mustafá, su última reunión formal.