"Aquí están sus armas", dijo Juan. "Venga conmigo, por favor", le dijo a Mustafá.
El interior de la adocenada estructura de madera era virtualmente un arsenal. Un total de dieciséis cajas de cartón contenían dieciséis pistolas ametralladoras MAC10. El MAC no es un arma elegante. Está hecha de chapa estampada y el metal no tiene una terminación cuidadosa. Junto a cada arma había doce cargadores, al parecer todos cargados y unidos de a pares con cinta aisladora negra.
"Las armas son vírgenes. No han sido disparadas", Es dijo Juan. También tenemos silenciadores para todas ellas. No son muy eficientes para silenciar, pero mejoran el balance y la precisión. Esta no es un arma tan fácil de manejar como la Uzi -pero ésas son más difíciles de obtener aquí. Estas armas tienen un alcance efectivo de unos diez metros. Se cargan y descargan fácilmente. Disparan, por supuesto, corriendo el cerrojo y la cadencia de fuego es muy elevada". De hecho, vaciaba un cargador de treinta disparos en menos de tres segundos, lo cual era un poco demasiado rápido para usarla en forma sensata, pero a Juan le parecía islas no eran personas especialmente exigentes.
No lo eran. Cada uno de los dieciséis árabes tomó un arma y la sopesó,. como quien saluda a un nuevo amigo. Luego, uno tomó un par de cargadores.
– "Alto!", dijo Juan de inmediato. "No deben cargar las armas adentro. Si quieren probarlas, hay blancos afuera".
– "No hará demasiado ruido?", preguntó Mustafá.. La casa más cercana está a cuatro kilómetros de aquí', respondió Juan, como al desgaire. Las balas no tenían tanto alcance, y dio por sentado que tampoco el sonido de los disparos lo tendría. En esto, se equivocaba.
Pero los árabes dieron por supuesto que sabría todo con respecto a la región, y siempre estaban dispuestos a disparar armas, especialmente si eran automáticas. A veinte metros de la casa había un parapeto de arena, donde había esparcidas cajas vacías de embalaje y cajas de cartón. De a uno, insertaron los cargadores en sus pistolas ametralladoras y abrieron los cerrojos. No hubo una orden oficial de abrir fuego. Todos siguieron el ejemplo de Mustafá, quien tomó la correa que pendía del cañón y apretó el gatillo.
Los resultados inmediatos fueron satisfactorios. La MAC-lO emitió el sonido apropiado, saltando hacia arriba y a la derecha, como ocurre con tales armas, pero como ésta era la primera vez que la usaba y era sólo práctica, se las compuso para orientar sus disparos y poder acertarle a una caja de cartón que estaba unos seis metros adelante y a la izquierda de él. En lo que pareció un instante, el cerrojo se cerró sobre la cámara, ahora vacía, tras disparar y expulsar treinta balas de pistola Remington 9 mm. Consideró extraer el cargador y, dándolo vuelta, colocar el segundo peine adosado a éste para obtener otros tres segundos de fugaz placer, pero se contuvo. Ya habría tiempo para eso, pronto.
"a. Y los silenciadores?", le preguntó a Juan.
"Adentro. Se atornillan al cañón y es mejor usarlos siempre; es que así se controla mejor la rociada de balas, ¿sabe?" Juan sabía de qué hablaba. Había empleado la MAC-lO para eliminar a competidores y otras personas poco agradables en Dallas y Santa Fe. Así y todo, estos hombres le producían cierta incomodidad. Sonreían demasiado. No eran, se dijo Juan Sandoval, como él, y cuanto antes siguieran su camino, mejor. Claro que no sería mejor para quien fuera que los esperaba en su lugar de arribo, pero eso no era asunto suyo. Sus órdenes venían de muy arriba. Muy arriba le había aclarado su superior inmediato la semana anterior. Y el dinero recibido lo confirmaba. Juan no tenía de qué quejarse, pero sabía leer a las personas, y una luz de alarma centelleaba dentro de su cabeza.
Mustafá lo siguió al interior de la casa y tomó el silenciador. Tenía unos diez centímetros de diámetro y tal vez medio metro de largo. Tal como le habían dicho, se atornillaba al cañón y, en términos generales, mejoraba el balance del arma. La sopesó por un instante y decidió que prefería usarla así. Reducía el ángulo de disparo, pero mejoraba la precisión. La reducción de sonido poco importaba para su misión, pero la precisión sí contaba. Pero el silenciador hacía que lo que había sido un arma fácil de esconder se tomase inaceptablemente voluminosa. De modo que, por ahora, destornilló el silenciador y lo colocó en su estuche. Luego, salió y convocó a sus hombres. Juan lo siguió.
"Necesitan saber algunas cosas", Es dijo Juan a los jefes de equipo. Prosiguió en tono lento, mesurado. "La policía estadounidense es eficaz, pero no todopoderosa. Si los detienen cuando van en auto, todo lo que deben hacer es contestarles con educación. Si Es dicen que desciendan del auto, háganlo. La ley estadounidense Es permite verificar si ustedes llevan un arma encima -pueden palparlos de armas- pero si piden registrar el auto, simplemente díganles que no, que no quieren que lo hagan -y la ley no se los permite. Repito: si un policía norteamericano quiere registrarles el auto, digan que no y no podrá hacerlo. Luego sigan su camino. Cuando conduzcan, nunca sobrepasen los números de los carteles indicadores que vayan pasando. Si siguen esa regla, lo más probable es que nadie los incomode. Si van por encima del límite de velocidad, no hacen más que darle una excusa a la policía para detenerlos. De modo que no lo hagan. Ejerciten siempre la paciencia. ¿Alguna pregunta?"
"Si un policía se muestra demasiado agresivo, ¿podemos…?"
Juan sabía cuál sería la pregunta. "¿Matarlo? Sí, es posible hacerlo, pero cuando eso ocurra, van a tener muchos otros policías detrás de ustedes. Cuando un oficial de policía los detenga, lo primero que hará será transmitir su ubicación por radio a su cuartel general, junto al número de patente del auto y una descripción. De modo que, aun si lo matan, tendrán a sus camaradas detrás de ustedes en cuestión de minutos. La satisfacción de matar a un policía no vale la pena. Sólo sirve para atraer más atención sobre ustedes. Las fuerzas policiales de los Estados Unidos tienen muchos vehículos, también apoyo aéreo. Una vez que los empiecen a buscar, los encontrarán. De modo que la única defensa con que cuentan es no hacerse notar. No pasen el límite de velocidad. Respeten las leyes de tránsito. Actúen así y estarán a salvo. Violen esas leyes, y los atraparán, por más armas que tengan. ¿Entendido?"
"Entendemos", le aseguró Mustafá. "Gracias por su ayuda".
"Tenemos mapas para todos. Buenos mapas, de la Asociación Estadounidense del Automóvil. ¿Tienen fachadas, no?", preguntó Juan, quien esperaba terminar eso cuanto antes.
Mustafá miró a sus amigos para ver si a alguien le quedaba alguna pregunta, pero estaban demasiado ansiosos por llevar adelante su tarea, que no querían que nada los distrajese. Satisfecho, se volvió a Juan. "Gracias por su ayuda, amigo".
Amigo, un cuerno, pensó Juan, pero le estrechó la mano y fue con ellos hasta el frente de la casa. Transfirieron rápidamente las maletas de los SUVs a los sedanes y luego contempló como partían, de regreso a la Ruta Estatal 1-25 Norte. Los extranjeros se agruparon una vez más para intercambiar apretones de manos y hasta algún beso, lo que sorprendió a Juan. Se dividieron en cuatro equipos de cuatro hombres, uno para cada auto.
Mustafá se acomodó en su auto. Puso sus paquetes de cigarrillos junto a él, se cercioró de que los espejos estuviesen bien alineados con sus ojos y se abrochó el cinturón de seguridad -le habían dicho que no hacerlo era una forma tan segura de ser detenido como pasar el límite de velocidad. Más que ninguna otra cosa, no quería que lo detuviera un policía. Más allá de las instrucciones de Juan, no tenía intención de correr ese riesgo. De pasada, era posible que un policía no se diera cuenta de lo que eran, pero cara a cara era otra cosa, y no se hacía ilusiones con respecto a qué pensaban los estadounidenses de los árabes. Por eso, sus ejemplares del Santo Corán iban en los maleteros.