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Sería un largo trecho. Abdula lo relevaría, pero el primer tramo le tocaba a él. Hacia el norte por la 1-25 hasta Albuquerque, luego hacia el este por la 1-40, casi hasta su objetivo. Más de tres mil kilómetros. Debía empezar a pensar en millas, pesó Mustafá. Una punto seis millas por kilómetro. Debía multiplicar cada número por esa constante o simplemente olvidar la unidad métrica en todo lo que hacía a ese auto. Como fuera, condujo hacia el norte por la Ruta 185 hasta que vio el indicador color verde hoja y la flecha que indicaba la 1-25 Norte. Se reclinó en su asiento, atento al tránsito al que ingresaba y aumentó su velocidad hasta las sesenta y cinco millas por hora, fijando el control de velocidad de crucero del Ford en esa cifra. Después, sólo era cuestión de estar atento al volante y al anónimo tránsito vehicular que, como sus amigos y él, se dirigía al norte, a Albuquerque…

Jack no sabía por qué le costaba tanto dormirse. Eran más de las once de la noche, había consumido su cotidiana ración de TV y se había bebido sus dos o tres – esa noche fueron tres- tragos. Debía haber tenido sueño -de hecho, tenía sueño, pero no lograba dormirse. y no sabía por qué. Sólo cierra los ojos y piensa en cosas bonitas, le decía su madre cuando era pequeño. Pero ahora que ya no era un niño, lo difícil era encontrar cosas bonitas en qué pensar. Había entrado en un nuevo mundo en el cual éstas no abundaban. Su tarea consistía en examinar los hechos conocidos o sospechados con respecto a personas que probablemente nunca conocería, tratar de decidir si éstas querían matar o no a otras personas que tampoco conocía, y transmitir esa información a otras personas que podían, o no, decidir si harían algo al respecto. No sabía exactamente qué podían hacer al respecto, pero tenía sus sospechas… feas sospechas. Se daba vuelta, acomodaba la almohada, trataba de encontrar un punto fresco en la funda, se recostaba otra vez, trataba de dormir…

.y no lo lograba. En algún momento ocurriría. Siempre, al parecer, mas o menos medio segundo antes de que se encendiese su radio-despertador.

¡Maldita sea!, rabió, mirando el techo.

Estaba a la caza de terroristas. Casi todos éstos creían que estaban haciendo algo bueno -no, heroico- cuando se lanzaban a uno de sus crímenes. Para ellos, no se trataba de crímenes. Para los terroristas musulmanes, se trataba de creer que lo que hacían era el trabajo de Dios. Claro que en el Santo Corán no decía nada de eso. En particular, condenaba la muerte de inocentes, de no combatientes. ¿Cómo funcionaba, en realidad? ¿Realmente Alá recibía sonriendo, o de alguna otra manera, a quienes se suicidaban con una bomba? En el catolicismo, la conciencia individual tenía la última palabra. Si uno realmente creía que estaba haciendo lo correcto, entonces Dios no te podía castigar. ¿El Islam creía lo mismo? Además, dado que había sólo un Dios, tal vez sus reglas fuesen las mismas para todos. El problema era que ¿cuál sistema de leyes religiosas en particular se aproximaba más a lo que Dios realmente pensaba? ¿y cómo sabía cuál era cuál? Las Cruzadas habían hecho cosas muy malas. Pero eran un ejemplo clásico de como se le daba categoría religiosa a una guerra que tenía como únicos móviles la economía y la mera ambición. Sólo que a los nobles no Es gustaba que se notara que peleaban a cambio de dinero -y cuando uno tenía a Dios al lado, no había nada que no se pudiera hacer. Uno podía blandir la espada y cortar cualquier cabeza. El obispo decía que estaba bien.

De acuerdo. Pero la cosa era que la religión y el poder político eran una mezcla de mierda, aunque la adoptaran fácilmente los jóvenes entusiastas, para quienes la aventura es una llamada difícil de resistir. Su padre había hablado de eso durante una cena en el Nivel Residencial de la Casa Blanca, explicando que una de las cosas que había que explicarles a los jóvenes reclutas del ejército y la infantería de marina era que hasta la guerra tiene reglas y que violarlas acarrea serias penalidades. Jack padre le dijo a su hijo que los soldados estadounidenses aprendían eso rápidamente, pues provenían de una sociedad en la cual la violencia indisciplinada merecía duros castigos, lo cual funcionaba mejor que los principios abstractos a la hora de enseñar a diferenciar el bien del mal. Después de una o dos cachetadas, uno entendía el mensaje.

Suspiró y se revolvió otra vez. Realmente era demasiado joven para pensar en semejantes Grandes Preguntas de la Vida, aunque su titulo de Georgetown hiciera pensar que no era así. En las universidades se nos enseñaba que el noventa por ciento de la educación se aprendía después de colgar el diploma en la pared. Es podían pedir que devolvieran el dinero.

Ya había pasado la hora de cierre en el Campus. Gerry Hendley estaba en su oficina del piso superior, repasando datos que no había tenido tiempo de procesar en la jornada normal de trabajo. Lo mismo le ocurría a Tom Davis, quien tenía informes de Pete Alexander.

"Problemas?", preguntó Hendley.

"Los gemelos siguen pensando un poco demasiado, Gerry. Debimos preverlo. Ambos son inteligentes y ambos son personas que juegan mayormente dentro de las reglas, de modo que cuando ven que se los entrena para romper esas reglas, se preocupan un poco. Lo curioso, dice Pete, es que quien se preocupa más es el infante de marina. El del FBI va mejor".

"Yo hubiese esperado lo contrario".

"También yo. Y Pete". Davis tomó su agua fría. Nunca tomaba café a esa hora de la noche. "Como sea, Pete dice que no sabe cómo evolucionará esto, pero no tiene más remedio que seguir adelante con el entrenamiento. Gerry, te tendría que haber advertido más con respecto a esto. Imaginé que tendríamos este problema. Es que es la primera vez que hacemos algo así. La gente que queremos… como te dije, no son psicópatas. Van a hacer preguntas. Van a querer saber por qué. Van a tener dudas. No podemos reclutar robots, ¿no?"

"Como cuando tratamos de liquidar a Castro", observó Hendley. Había leído los legajos clasificados referidos a esa loca aventura fracasada. Bobby Kennedy había conducido la Operación MONGOOSE. Es probable que hubieran decidido hacerlo mientras tomaban unos tragos, o tal vez después de jugar al fútbol. Al fin y al cabo, Eisenhower había empleado a la CIA para esa clase de tareas durante su presidencia, de modo que ¿por qué no habían de hacerlo ellos? Pero claro que un ex teniente de la armada que nunca combatió y un abogado que nunca ejerció, no sabían por instinto todas las cosas que sabe un soldado de carrera que ha llegado a las cinco estrellas entiende desde el comienzo. Además, tenían poder para hacerlo. La Constitución misma había hecho comandante en jefe a Jack Kennedy, y esa clase de poder invariablemente acarrea la necesidad de ejercerlo, de reformular el mundo en forma más parecida a las ideas personales que uno tuviera. De modo que la CIA recibió la orden de sacar del medio a Castro. Pero la CIA nunca había tenido un departamento de asesinatos, y no tenía gente entrenada para hacer cosas así. De modo que la agencia recurrió a la mafia, cuya cúpula tenía pocos motivos para amar a Fidel Castro, quien había cerrado lo que probablemente fuera el negocio más provechoso que nunca hubieran tenido. Habla sido una empresa tan segura que los peces gordos del crimen organizado habían invertido su propio dinero personal en los casinos de la Habana, que habían sido cerrados por el dictador comunista.