¿Y acaso la mafia no sabía cómo se mata?
Bueno, en realidad, nunca habían sido muy eficientes -en especial cuando se trataba de personas capaces de defenderse- aunque las películas de Hollywood afirmasen lo contrario. Y así y todo, el gobierno de los Estados Unidos de América había intentando contratarlos para que asesinasen a un jefe de Estado extranjero, ya que la CIA no sabía cómo hacerlo. Viéndolo ahora, parecía ligeramente ridículo. ¿Ligeramente?, se preguntó Gerry Hendley. Había estado a un tris de quedar revelado como una catástrofe orientada desde el gobierno. Tanto, que el presidente Gerry Ford había emitido una orden ejecutiva que calificaba de ilegales las acciones de esa índole y esa orden se había mantenido en pie hasta que el presidente Ryan había decidido eliminar al dictador religioso de Irán con dos bombas inteligentes. Lo notable fue que el momento y las circunstancias que escogió se habían combinado para que la operación fuese comentada por la prensa. A fin de cuentas, había sido realizada por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, mediante un bombardero claramente identificado -aunque "invisible"- en un período de guerra obvia, aunque no declarada, en el cual se emplearon armas de destrucción masiva contra ciudadanos de los Estados Unidos. Esos factores se habían sumado para que esta operación no sólo fuese legítima, sino loable, como lo ratificó la forma en que votó el pueblo de los Estados Unidos en la siguiente elección. Sólo George Washington había tenido un porcentaje de votos mayor que ése, hecho que aún hacía que Jack Ryan, padre, se sintiese un poco incómodo. Pero Jack se había dado cuenta del valor de la muerte de Majmud Hayi Dariaei, de modo que, antes de dejar su cargo, persuadió a Gerry de que estableciese el Campus.
Pero Jack no me dijo qué difícil sería, recordó Hendley. Ésa era la forma de operar de Calles Ryan: escoger gente competente, asignarle una misión y los elementos para llevarla a cabo, luego dejar que la hiciera con la mínima interferencia posible de sus superiores. Eso era lo que había hecho que fuese un buen jefe y un presidente de los buenos, pensó Gerry. Pero no simplificaba la vida de sus subordinados. ¿Por qué demonios había aceptado esa tarea?, se preguntó Hendley. Pero luego sonrió. ¿Cómo reaccionaría Jack cuando se enterase de que su propio hijo integraba el Campus? ¿Vería el lado cómico?
Probablemente no.
"¿De modo que Pete dice sigamos adelante?"
"¿Qué otra cosa puede decir?", replicó Davis.
"Tom, ¿nunca deseaste estar otra vez en la granja de tu papi en Nebraska?"
"Es un trabajo muy duro y muy aburrido", y no había forma de que Davis se quedara en la granja después de haber sido oficial de campo de la CIA. Tal vez fuese un buen agente de Bolsa en su existencia "blanca", pero la verdadera vocación de Davis era tan blanca como el color de su piel. Le gustaba demasiado la acción del mundo "negro".
"¿Qué opinas de lo que ocurre con Fort Meade?"
"Mi instinto me dice que algo está por ocurrir. Los lastimamos. Quieren lastimarnos". "¿Crees que se puedan recuperar? ¿No los mordieron lo bastante fuerte nuestras tropas en Afganistán?"
"Gerry, hay gente demasiado estúpida o demasiado fanática como para notar cuándo recibe un mordisco. La religión es una motivación fuerte. Y aun si los ejecutores son demasiado estúpidos como para saber qué están haciendo…"
"Son lo suficientemente inteligentes como para llevar adelante sus misiones", asintió Hendley. "¿y no estamos aquí por eso?"
CAPÍTULO 11 Cruzando el río
Llegó el alba, y con ella el sol. Mustafá despertó sobresaltado por la combinación de luz brillante y un bache en el camino. Sacudió la cabeza para despejarse y, volviéndose, vio a Abdulá, sonriendo al volante.
"¿Dónde estamos?", preguntó el jefe a su principal subordinado.
"A media hora al este de Amarillo. Fue un agradable tramo de trescientas cincuenta millas, pero nos estamos quedando sin combustible".
"¿Por qué no me despertaste hace unas cuantas horas?"
"¿Por qué? Dormías tranquilamente, y la ruta estuvo casi totalmente despejada toda la noche, con excepción de los malditos camiones. Los estadounidenses deben de dormir toda la noche. No creo haber visto más de treinta automóviles en las últimas horas".
Mustafá miró el velocímetro. El coche había ido a sesenta y cinco. Así que Abdulá no se había pasado del límite. No los había detenido la policía. No había por qué incomodarse. Pero Abdulá no había seguido sus órdenes con la precisión que Mustafá prefería.
"Ahí", dijo el conductor, señalando un letrero azul. "Podemos cargar combustible y comer algo. Pensaba despertarte aquí, Mustafá. Puedes estar tranquilo, amigo mío". El indicador de combustible casi marcaba "vacío" -, vio Mustafá. Abdulá había cometido un error al dejado bajar tanto, pero ya no tenía sentido reprenderlo por eso.
Se detuvieron en un estacionamiento de considerable tamaño. Los surtidores de gasolina eran de Chevron, y automáticos. Mustafá sacó su billetera e insertó su tarjeta Visa en la ranura, llenando luego el Ford con más de setenta litros de gasolina especial.
Cuando terminó, los otros tres ya habían pasado por el baño y estudiaban las opciones de comida. Al parecer, tendrían que ser donuts otra vez. Diez minutos después de haber salido de la interestatal, la tomaban otra vez, hacia Oklahoma, al este. Veinte minutos después, entraban allí.
En el asiento trasero, Rafi y Zuhayr iban despiertos, conversando. Mustafá escuchaba sin participar.
El terreno era llano, de topografía similar a la de su tierra natal, aunque mucho más verde. El horizonte quedaba sorprendentemente lejos, tanto que estimar distancias parecía imposible a primera vista. El sol estaba por encima del horizonte, y lo incomodó hasta que recordó los anteojos de sol que llevaba en el bolsillo de la camisa. Ayudaron un poco.
Mustafá notó su propio estado de ánimo. Conducir le parecía agradable, el paisaje era placentero y, lo que había de trabajo, fácil. Más o menos cada noventa minutos veía un auto de la policía, que generalmente pasaba su Ford a buena velocidad, demasiado rápido para que los que iban dentro los miraran bien a él y sus amigos. Mantener la velocidad crucero justo dentro del límite había sido un buen consejo. Se desplazaban a buen ritmo, pero así y todo, otros vehículos los pasaban a menudo, aun camiones grandes. No romper la ley ni un poquito los hacía invisibles a los ojos de la policía, cuyo principal objetivo era penalizar a los que fuesen demasiado rápido. Confiaba en la solidez de la seguridad de su misión. De no haber sido así, los habrían seguido, o detenido en algún tramo de ruta particularmente desierto, una trampa con armas y muchos, muchos enemigos. Pero eso no había ocurrido. Otra ventaja de conducir cerca del límite de velocidad era que cualquiera que los siguiese se destacaría. Sólo era cuestión de mirar por el espejo. Nadie permanecía detrás de ellos por más de unos pocos minutos. Cualquier seguimiento policial lo haría un hombre -tenía que ser varón- de entre veintitantos y treinta y tantos años. Tal vez dos, uno para conducir, otro para mirar. Tendrían aspecto de estar en buen estado atlético, cortes de cabello conservadores. Los seguirían por unos minutos antes de romper contacto y que otros los relevaran. Por supuesto que serían astutos, pero la naturaleza de su misión haría que sus procedimientos fuesen predecibles. Habría vehículos reconocibles que desaparecerían y reaparecerían. Pero Mustafá estaba completamente alerta y no había visto autos que apareciesen más de una vez. Claro que los podían seguir desde el aire, pero los helicópteros eran fáciles de detectar. El único peligro hubiese sido un avión pequeño, pero no podían preocuparse por todo. Lo que estaba escrito, estaba escrito, y no había forma de defenderse de eso. Por ahora, la ruta estaba despejada y el café era excelente. Sería un bonito día. CIUDAD DE OKLAHOMA, 36 MILLAS, proclamó el cartel indicador verde.