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"¿Así que aquí está?", preguntó Tom Davis.

"Sí, aquí lo tiene", replicó el doctor Pasternak. "Tenga cuidado. Está cargado. ¿Ve el indicador rojo? El que tiene indicador azul está vacío".

"Qué contiene?"

"Succinylcolina, un relajante muscular, esencialmente una forma sintética y más poderosa del curare. Bloquea todos los músculos, incluido el diafragma. No te permite respirar, hablar ni moverte. Estás totalmente consciente. Sería una muerte horrible", agregó el médico en tono frío y distante.

"¿Por qué?", preguntó Hendley.

"No puedes respirar. El corazón entra rápidamente en anoxia, esencialmente se trata de un ataque al corazón generalizado inducido. No debe ser agradable".

"¿Luego qué?"

"Bueno, los síntomas tardarán unos quince segundos en aparecer. En treinta segundos más, se presentan los efectos totales de la droga. La víctima se desplomará a los, digamos, noventa segundos de la inyección. El corazón quedará sin oxígeno. Tratará de latir, pero no estará enviando oxígeno a ninguna parte del cuerpo, ni a sí mismo. El tejido cardíaco tardará en morir unos dos o tres minutos -que serán muy dolorosos. En aproximadamente tres minutos sobrevendrá la inconsciencia, a no ser que la víctima se haya estado ejercitando inmediatamente antes, en cuyo caso el cerebro estará lleno de oxígeno. Por lo común, el cerebro cuenta con unos tres minutos de oxigenación para seguir funcionando sin ingreso adicional de oxígeno, pero más o menos a los tres minutos -a partir de la aparición de los síntomas, es decir unos cuatro minutos y medio después de la aplicación- la víctima perderá la conciencia. La muerte cerebral completa tendrá lugar unos tres minutos más tarde. Después, la succinylcolina se metabolizará en el cuerpo, aún después de la muerte. No del todo, pero sí tanto como para que sólo un patólogo muy alerta la detecte en un examen toxicológico, y eso sólo si espera encontrarla. El único truco es lograr inyectar al objetivo en las nalgas".

"¿Por qué ahí?", preguntó Davis.

"La droga funciona en forma óptima mediante inyección intramuscular. Cuando llegan cadáveres para exámenes forenses, están boca arriba, de modo de poder ver y extraer los órganos. Es raro que den vuelta un cuerpo. Ahora bien, esto de la inyección deja una marca, pero es difícil distinguirla, aun bajo circunstancias ideales y entonces, sólo si uno sabe dónde buscarla. Ni siquiera los adictos a las drogas -ésa sería una de las cosas que verificarían- se inyectan en el trasero. Parecerá un ataque al corazón inexplicado. Ocurren a diario. Infrecuentes, pero de ningún modo desconocidos. Puede desencadenarlos, por ejemplo, una taquicardia. El bolígrafo inyector es similar a la jeringa que usan los diabéticos de Tipo 1. Sus mecánicos la disimularon muy bien. Hasta sirve para escribir, pero cuando se rota el cañón, cambia de bolígrafo a jeringa. Una carga de gas contenida en la parte superior inyecta el agente de transferencia. Es probable que la víctima lo note, como un aguijonazo, pero menos doloroso, pero un minuto y medio más tarde ya no se lo comentará a nadie. Lo más probable es que -a lo sumo- diga 'iAy!' sin mucho vigor y se frote el punto. Como si te picara un mosquito en el cuello. Tal vez le darías una palmada, pero no llamarías a la policía".

Davis tomó el bolígrafo seguro "azul". Era un poco grande, como el que podría usar un niño de seis años que llega a su primer bolígrafo después de un par de años de lápices gruesos y lápices de cera. Así que uno se acercaba al sujeto, la sacaba del bolsillo de la chaqueta, la movía como acuchillando de revés y seguía su camino. Tu apoyo vería cómo el sujeto caía en la acera, hasta tal vez se detuviera a prestar asistencia, vería cómo el hijo de puta moría, se incorporaría y seguiría su camino -o tal vez llamaría una ambulancia para poder enviar el cuerpo al hospital para que lo desarmaran bajo adecuada supervisión médica.

"¿Tom?"

"Me gusta, Gerry", replicó Davis. "Doc, ¿cuánto confía en que esta sustancia se disipa una vez que el sujeto cae?"

"Confío", respondió el doctor Pastemak, y sus interlocutores recordaron que era profesor de anestesiología de la Facultad de Médicos y Cirujanos de la Universidad de Columbia. Probablemente, supiera lo que hacía. Además, habían confiado en él lo suficiente como para iniciarlo en los secretos del Campus. Ahora era un poco tarde para dejar de confiar. "Es simplemente bioquímica básica. La succinylcolina está compuesta de dos moléculas de acetilcolina. Las esterasas del cuerpo descomponen esa sustancia en acetilcolina bastante rápido, de modo que es muy probable que sea indetectable, aun por parte de un integrante del Columbia Presbyterian. Lo único difíciclass="underline" hacerlo sin que nadie lo note. Por ejemplo, si alguien lo llevara al consultorio de un médico, bastará con inyectarle clorhidrato de potasio. Eso haría fibrilar el corazón. Cuando las células mueren, de todas maneras producen potasio, de modo que no se detectaría el incremento relativo, pero sería difícil ocultar una marca de inyección intravenosa. Hay muchas formas de hacer esto. Sólo tuve que buscar una que pueda ser aplicada en forma conveniente por alguien que no tenga un entrenamiento especial. En lo práctico, ni un patólogo realmente bueno podría dictaminar con exactitud la causa de la muerte -y se daría cuenta de que es así, y eso lo inquietaría- pero eso sólo ocurriría si quien examina el cadáver es muy talentoso. No hay muchos así. Digo, el mejor que tienen en Columbia es Rich Richards. Realmente detesta no saber algo. Es un verdadero intelectual, le gusta resolver problemas y es un bioquímico genial además de excelente médico. Le pregunté acerca de esto y me dijo que sería muy difícil aun si tiene algún indicio de qué dirección seguir. Por lo común, hay elementos externos en juego, la química específica del cuerpo de la víctima, qué comió o bebió, la temperatura ambiente sería un factor importante. En un día frío de invierno, al aire libre, tal vez las esteras no puedan descomponer la succinylcolina debido a la disminución de los procedimientos químicos".

"¿Así que no hay que usarla en enero en Moscú?", preguntó Hendley. Toda esa ciencia le costaba un poco, pero Pastemak.conocía su oficio.

El profesor sonrió. Cruelmente. "Correcto. Ni en Minneápolis".

"¿Muerte horrible?", preguntó Davis.

"Decididamente desagradable".

"¿Reversible?"

Pastemak meneó la cabeza. "Una vez que la succinylcolina está en el torrente sanguíneo, no se puede hacer nada… bueno, en teoría podrías poner al tipo en un respirador artificial y hacerlo respirar así hasta que metabolice la droga -he visto eso con el Pavulon en el quirófano- pero sería un caso extremo. Es teóricamente posible que sobreviva pero muy, muy poco probable. Hay gente que sobrevivió a un tiro en el entrecejo, señores, pero no ocurre muy a menudo que digamos".

"¿Cuán fuerte deberías pinchar a tu objetivo?", preguntó Davis.

"No mucho, sólo un buen pinchazo. Lo suficiente como para atravesarle la ropa. Un abrigo grueso representaría un problema, debido al largo de la aguja. Pero un traje de calle normal no representa un problema'

"¿Puede haber alguien inmune a esa droga?", preguntó Hendley, "No a ésta. Sería un caso entre mil millones".

"¿No hay posibilidades de que emita algún sonido?"

"Como expliqué, sería, como máximo, una picadura de abeja -más que la de un mosquito, pero no lo suficiente como para gritar de dolor. A lo sumo, puede esperarse que la víctima se muestre desconcertada, que se dé vuelta para ver qué le pasó, pero el agente seguirá andando normalmente, no corriendo. En esas condiciones, sin tener a quién gritarle, y como la incomodidad inicial es transitoria, la reacción más probable sería frotarse el lugar del pinchazo y seguir andando… unos, digamos, diez metros más"