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CAPÍTULO 13 Punto de encuentro

Tras conducir durante más de tres mil doscientos kilómetros, la llegada fue decepcionante. A menos de un kilómetro de la Interestatal 64 había un Holiday Inn Express que parecía satisfactorio, especialmente porque había un Roy Rogers alado y un Dunkin'Donuts a menos de cien metros colina arriba. Mustafá entró y tomó dos habitaciones contiguas, que pagó con su tarjeta Visa del Banco de Liechtenstein. Mañana explorarían, pero hoy necesitaban dormir. Ni siquiera comer era importante en ese momento. Llevó el auto hasta la puerta de las habitaciones del primer piso que había tomado y apagó el motor. Rafi y Zuhayr abrieron las puertas, luego el maletero. Entraron sus pocas maletas y, debajo de éstas, las cuatro pistolas ametralladoras aún envueltas en gruesas mantas baratas.

"Aquí estamos, camaradas", anunció Mustafá entrando en la habitación. Era un motel totalmente normal, no como los hoteles más lujosos a los que se habían habituado. Tenían un baño y un pequeño televisor para cada uno. La puerta que conectaba las habitaciones estaba abierta. Mustafá se permitió caer de espaldas en su cama, doble, toda para él. Pero quedaban cosas por hacer.

"Camaradas, las armas siempre deben estar escondidas y las cortinas corridas a toda hora. Hemos llegado demasiado lejos para arriesgamos de manera estúpida", les advirtió. "Esta ciudad tiene una fuerza policial, no creáis que son tontos. Nos vamos al paraíso en el momento que escojamos, no en el momento que determine un error. Recordadlo". Luego se sentó y se quitó los zapatos. Pensó darse una ducha, pero estaba demasiado cansado para hacerlo, y mañana no tardaría en llegar.

"¿En qué dirección está La Meca?", preguntó Rafi.

Mustafá debió pensar durante un segundo antes de adivinar cuál era la línea directa hacia La Meca y hacia el elemento central de la ciudad, la piedra Kaaba, el centro mismo del universo islámico, a la cual le dirigieron el Salat, versos del Santo Corán que se recitan de rodillas, cinco veces al día.

"Para allá", dijo señalando al sudeste, hacia una línea que atravesaba el norte de Africa antes de llegar al Más Santo de los Lugares.

Rafi desenrolló su alfombra de oraciones y se puso de rodillas. Era tarde para las oraciones, pero no había olvidado sus deberes religiosos.

Por su parte, Mustafá musitó para sus adentros "a no ser que uno lo olvide", en la esperanza de que en su actual estado de fatiga Alá lo perdonara. ¿No era Alá infinitamente clemente? Además, éste no era un pecado muy grande. Mustafá se quitó las medias y se echó en la cama, donde el sueño llegó en menos de un minuto.

En la habitación contigua, Abdulá finalizó su Salat y luego enchufó su computadora al costado del teléfono. Discó un número que comenzaba en 800 y oyó el gorjeante chirrido que indicaba que su computadora estaba conectada a la web. Unos pocos segundos más, y vio que tenía correo electrónico. Tres mensajes, además de la habitual basura. Descargó y archivó los e-mails, luego se desconectó, tras un total de quince segundos de conexión, otra de las medidas de seguridad que había aprendido.

Lo que Abdulá ignoraba era que una de las cuatro cuentas había sido interceptada y parcialmente descifrada por la Agencia Nacional de Seguridad. Cuando su cuenta -identificada sólo por un fragmento de palabra y algunos números- se conectó con la de Sard, también fue identificada, pero como receptora, no emisora.

El equipo de Sard había sido el primero en llegar a destino en Colorado Springs, Colorado -la ciudad sólo estaba identiñcada mediante un nombre en código- y acampaba confortablemente en un motel a diez kilómetros de su objetivo. Sabawi, el iraquí, estaba en Des Moines, Iowa, y Mejdi en Provo, Utah. Ambos equipos estaban ubicados y listos para comenzar a operar. Faltaban menos de treinta y seis horas para ejecutar la misión.

Dejó que Mustafá respondiera. De hecho, la respuesta ya estaba programada: "190,2", lo cual designaba el verso 190 de la segunda Sura. No era exactamente un grito de guerra, sino una afirmación de la Fe que los había llevado allí. Significaba: adelante con la misión.

Brian y Dominic miraban el History Channel en sus sistemas de televisión por cable, algo acerca de Hitler y el Holocausto. Había sido tan estudiado que uno pensaría que no había nada nuevo para agregar, pero así y todo los historiadores se las componían para verlo cada tanto. Esto probablemente se debía en parte a los voluminosos registros que los nazis dejaron en las cuevas de la montaña de Harz, que probablemente seguirían siendo motivo de investigación académica durante los siglos venideros, en que las personas seguirían tratando de imaginar los mecanismos mentales de los monstruos humanos que primero habían proyectado y luego ejecutado semejantes crímenes.

"Brian", preguntó Dominic "¿qué opinas de esto?"

"Supongo que se podría haberlo evitado todo con sólo un disparo. El problema es que nadie puede predecir el futuro hasta ese punto, ni las gitanas que te dicen la buenaventura. Demonios, Hitler también mató a muchas de ésas. ¿Por qué demonios no se fueron a tiempo de allí?"

"Sabes, Hitler vivió la mayor parte de su vida con sólo un guardaespaldas. En Berlín, vivía en un apartamento de segundo piso, con entrada a la calle, ¿verdad? Tenía sólo un hombre de las SS, probablemente ni siquiera con rango de sargento, a la puerta. Lo matas, abres la puerta, subes las escaleras y eliminas al hijo de puta. Habría salvado muchas vidas, hermano", concluyó Dominic, estirándose para tomar su vino blanco.

"Caramba. ¿Estás seguro?"

"Es lo que enseña el Servicio Secreto. Envían a uno de sus instructores a Quantico para darle una conferencia sobre temas de seguridad a cada clase. A nosotros también nos sorprendió. Todos hicieron muchas preguntas. El tipo dijo que era muy fácil pasar esa guardia de SS, ejemplo, digamos, cuando uno iba a hacer las compras. Un golpe fácil, hombre. Facilísimo. Al parecer, lo que ocurre es que Adolf se creía inmortal, que no había una bala que llevara su nombre. Eh, si a uno de nuestros presidentes lo mataron en el andén mientras esperaba el tren. Creo que fue Chester Arthur. A McKinley lo mató un tipo que se le acercó con una mano vendada. Supongo que por ese entonces la gente no se cuidaba mucho".

"Bueno. Facilitaría mucho nuestro trabajo, pero sigo prefieriendo un fusil y una distancia de unos quinientos metros".

"¿No tienes sentido de la aventura, Aldo?"

"Nadie me paga para hacerme el camikaze, Enzo. Es un oficio sin futuro, ¿sabes?"

"¿Y los suicidas que ponen bombas en Medio Oriente?"

"Es otra cultura, hombre. ¿No recuerdas haberlo estudiado en segundo año? No puedes suicidarte, porque es pecado mortal y luego no te puedes ir a confesar. Me pareció que la hermana Frances Mary lo dejó bien claro".

Dominic rió. "Bueno, hacía mucho que no pensaba en ella, pero siempre fuiste su favorito"

"Eso es porque en clase no desobedecía como tú".

"¿Y en la infantería de marina?"

"¿Desobedecer? Los sargentos se ocupaban de eso antes que yo siquiera lo notara. Nadie jodía con el sargento Sullivan, ni siquiera el coronel Winston". Miró el televisor por uno o dos minutos más. "Sabes, Enzo, hay ocasiones en las cuales una bala puede ahorrar mucho dolor. A este Hitler le hubiera venido bien que le hiciesen un agujero. Pero ni siquiera oficiales militares entrenados pudieron logrado".

"El tipo que puso la bomba dio por sentado que todos los que estaban en el edificio morirían y no volvió a entrar para cerciorarse de que hubiera sido asi. Lo dicen a diario en la academia del FBI, hermano, dar las cosas por sentadas es la madre de todos los errores".

"Hay que asegurarse, sí. Cualquier cosa a la que valga la pena pegarle un tiro, merece dos".

"Amén", asintió Dominic.

Las cosas habían llegado a un punto en que Jack Ryan Jr. oia las noticias matinales de la NPR esperando enterarse de algo terrible. Suponía que eso le ocurría por ver tanta información de inteligencia sin tener la capacidad de darse cuenta de si era urgente o no.