La identidad profesional de Enzo tomó las riendas de la situación. "Bien, la situación está bajo control. La policía no tardará en llegar. Hasta entonces quédense donde están".
Los gemelos fueron desde la parte superior de la escalera mecánica de ascenso hasta la parte superior de la que llevaba al piso de abajo. De inmediato se notaba que los pistoleros no habían llegado allí.
El descenso fue más horrible que lo que las palabras puedan expresar.Aquí también había charcos de sangre en una línea recta que iba desde el perfume hasta los bolsos, y las afortunadas que sólo habían resultado heridas gritaban pidiendo ayuda. Pero, una vez más, los gemelos tenían cosas más importantes que hacer. Dominic condujo a su hermano hacia el vestíbulo central. Giró a la izquierda para verificar al primero de los que habían abatido.
No había duda de que éste estaba muerto. Su última bala de diez milfmetros había estallado en su ojo derecho.
Eso significaba que sólo quedaba uno, si es que aún estaba vivo.
Lo estaba, a pesar de todos los impactos recibidos. Mustafá intentaba moverse, pero sus músculos no tenían sangre ni oxígeno y no obedecían las órdenes que les transmitfa el sistema nervioso central. Se encontró mirando hacia arriba, como en un sueño, según le pareció.
"¿Tiene nombre?", preguntó uno de ellos.
Dominic sólo esperaba a medias que le respondiera. Estaba claro que el hombre estaba muriéndose, y rápido. Se volvió, en busca de su hermano. "iEh, Aldo!", llamó, pero nadie le respondió.
Brian estaba en Legends, un negocio de articulos de deportes, echando una rápida mirada. Encontró lo que buscaba y lo llevó de vuelta al vestíbulo del centro de compras.
Allí, Dominic seguía hablándole al caído, pero sin obtener mucha respuesta."Eh, moraco",dijo Brian. Se hincó en la sangre junto al terrorista moribundo.
Mustafá miró, desconcertado. Sabía que se acercaba la muerte, y, si bien no podía decirse que eso lo alegrara, al menos su mente tenía la satisfacción de haber cumplido con su deber para con la Fe y la Ley de Alá.
Brian tomó las manos del terrorista y se las cruzó sobre el pecho. "Quiero que te lleves esto contigo al infierno. Es cuero de cerdo, imbécil, hecha con el cuero de un verdadero puerco de Iowa". Y Brian mantuvo sus manos sobre la pelota de fútbol mientras miraba a los ojos al hijo de puta.
Los ojos se abrieron al darse cuenta de lo que ocurría, horrorizados ante la transgresión. Quiso que sus brazos se movieran, pero las manos del infiel se lo impidieron.
"Sí, así es. Soy Iblis en persona y vienes a mi casa". Brian sonrió hasta que la vida abandonó los ojos del otro.
"¿Y eso?"
"Después te explico", respondió Brian. "Vamos".
Regresaron a donde todo comenzó. Había muchas mujeres en el suelo, la mayor parte de ellas moviéndose un poco. Todas sangraban, algunas mucho. "Encuentra una farmacia. Necesito vendas, y asegúrate de que alguien haya llamado al 911".
"Bien". Dominic corrió en busca de lo pedido, mientras Brian se hincaba junto a una mujer de unos treinta años herida en el pecho. Como casi todo infante de marina y como todo oficial de infantería de marina, sabía los rudimentos de los primeros auxilios. Primero verificó las vías respiratorias. Bien, respiraba. Sangraba por dos orificios de bala en la parte superior izquierda del pecho. Había un poco de espuma rosada en sus labios. Herida en el pulmón, pero no grave. "¿Puede oírme?"
Asintió con la cabeza y habló con voz ronca: "si'.
"Bien, va a estar bien. Sé que duele, pero va a estar bien".
"¿Quién es usted?"
"Brian Caruso, señora. Infantería de Marina de los Estados Unidos. Estará bien. Ahora debo ir a ayudar a los demás".
"No, no… yo. Lo tomó del brazo.
"Señora, hay personas con heridas más graves que la suya. Va a estar bien". Y se liberó.
El siguiente era un caso grave. Un niño de unos cinco años con tres tiros en la espalda, sangrando a mares. Brian lo dio vuelta. Los ojos estaban abiertos.
"¿Cómo te llamas, hijo?"
"David", respondió con sorprendente claridad.
"Bueno, David, te vamos a curar. ¿Dónde está tu mamá?"
"No lo sé". Como niño que era, estaba preocupado por su madre, más por ella que por él mismo.
"Bien, yo me ocuparé de ella, pero antes déjame que te cure a ti, ¿de acuerdo?" Alzó los ojos y vio a Dominic que regresaba.
"No hay farmacia, hermano", casi gritó Dominic.
"iTrae lo que sea, camisetas, cualquier cosa!", le ordenó Brian. y Dominic fue corriendo a la tienda donde Brian se había comprado las botas. Salió un segundo después, con los brazos cargados de camisetas estampadas con distintos motivos.
Y en ese momento, llegó el primer policía, con su automática reglamentaria empuñada con las dos manos.
"iPolicía!", gritó.
"iVenga aquí, maldita sea!", rugió Brian en respuesta. El oficial llegó en unos diez segundos. "Enfunde esa pistola, oficial. No quedan malos", le dijo Brian en tono más medido. "Necesitamos todas las ambulancias de la ciudad y que le adviertan al hospital que un importante número de heridos va para allí. ¿Tiene un botiquín de primeros auxilios en su auto?" Quién es usted?", preguntó el policía sin enfundar su arma.
"FBI", respondió Dominic desde detrás del policía, exhibiendo su credencial en la mano izquierda. "Se terminó el tiroteo, pero hay muchos heridos. Llame a todos. Llame a la oficina local del FBI ya todos los demás. iPonga a funcionar esa radio, oficial, y hágalo ya!"
Como casi todos los policías de los Estados Unidos, el oficial Steve Barlow tenía un radiotransmisor portátil Motorola, con un micrófono abrochado a la hombrera de su camisa de uniforme, y con ésta emitió una frenética llamada de pedido de refuerzos y asistencia médica.
Brian regresó su atención al niñito que tenía en brazos. En esos momentos, David Prentiss era lo único que existía en el mundo para el capitán Brian Caruso. Pero todo el daño era interno. El chico tenía varias heridas aspirantes en el pecho, y eso no era bueno.
"Bueno, David, tomémonoslo con mucha calma. ¿Cuánto duele?"
"Mucho", respondió el niñito tras media respiración. Su rostro se estaba poniendo pálido.
Brian lo alzó y lo puso sobre el mostrador de la Piercing Pagoda, y luego se dio cuenta de que allí podía haber algo que sirviera -pero sólo encontró bolas de algodón. Metió dos de éstas en cada uno de los tres agujeros de la espalda del niño, luego lo puso boca arriba. Pero el niño sangraba internamente. Sangraba tanto por dentro que sus pulmones no tardarían en dejar de funcionar y se desmayaría y moriría de asfixia si antes nadie le aspiraba el pecho desde fuera mecánicamente, y Brian no podía hacerlo.
"iDios mío!" Quien habló era nada menos que Michelle Peters, tomando la mano de una niña de diez años, cuyo rostro estaba todo lo demudado que puede estar el rostro de un niño.
"Michelle, si sabes algo de primeros auxilios, escoge a alguien y ponte a trabajar", ordenó Brian.
Pero ella no sabía de eso. Tomó un puñado de bolas de algodón del puesto de perforar orejas y siguió camino, confundida.
"Eh, David ¿sabes quién soy?", preguntó Brian.
"No", contestó el niño, con un poco de curiosidad abriéndose paso a través del dolor de su pecho.
"Soy un infante de marina. ¿Sabes qué es eso?"
"¿Una especie de soldado?"
Brian se dio cuenta de que el niño estaba muriendo en sus brazos. Por favor Dios, que no muera, que este niñito no muera.
"No, somos mejores que los soldados. Ser infante de marina es lo mejor que puede hacer un hombre. Tal vez cuando seas grande, puedas ser un infante de marina como yo. ¿Qué te parece?"
"¿Y matar a los malos?", preguntó David Prentiss.
"Ya lo creo que sí, Dave". "Genial", pensó David, y cerró los ojos.
"¿David? No te vayas, David. Dave, vuelve a abrir los ojos. Tenemos que hablar un poco más: Suavemente, volvió a depositar el cuerpecito sobre el mostrador y buscó el pulso en la carótida.