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"Le disparé a quemarropa, tal vez seis o siete veces…"

"Más de diez, hermano", lo corrigió Dominic. "Más el último en la cabeza".

"Aún se movía", explicó Brian. "Y yo no tenía esposas para ponérselas. Y, sabes, no puedo decir que me preocupe". De todas formas, se habría desangrado. Simplemente había acelerado su pasaje a la otra dimensión.

"¡B-3 y bingo! Tenemos un bingo", anunció Jack desde su terminal. "Sali está en el juego, Tony. Mira", dijo señalando su pantalla.

Wills tecleó el acceso al material de la NSA y allí estaba. "Sabes, se supone que las gallinas cacarean cuando ponen un huevo, sólo para mostrarle al mundo lo buenas que son. Estos pajarracos también. Bien Jack, es oficial, Uda bm Sali está en el juego. ¿A quién va dirigido?"

"A un tipo con quien chatea por Internet. Hablan más que nada de movimientos financieros".

"iPor fin!", observó Wills, mientras miraba el texto en su propia terminal. "Quieren fotos del tipo, todas las que haya. Tal vez Langley finalmente se decida a cubrido. iDios sea loado!" Se detuvo. "Tienes una lista de las personas con quienes intercambia e-mails?"

"Sí, ¿la quieres?" Jack tecleó para buscada y pulsó el comando IMPRIMIR. En quince segundos, le entregó la hoja a su compañero. "Número y fecha de los mensajes. Si quieres te imprimo los que encuentro interesantes y por qué me parece que es así.

"Dejemos eso por ahora. Le llevaré esto a Rick Bel".

"Te espero".

VISTE LAS NOTICIAS POR TV, le había escrito Sali a su ocasional corresponsal. iESTO LES HARA DOLER EL ESTOMAGO A LOS NORTEAMERICANOS!

"Sí, seguro", le dijo Jack a la pantalla. "Pero acabas de pasarte de listo, Uda. Qué pena".

Dieciséis mártires más, pensó Mohammed mirando el televisor del Hotel Bristol de Viena. Sólo era doloroso de un modo abstracto. En realidad, la gente así era recursos descartables. Eran menos importantes que él, y eso era un hecho, porque él valía más para la organización. Tenía el aspecto y el dominio de idiomas como para viajar a cualquier parte, y el cerebro como para planear bien sus misiones.

El Bristol era un hotel especialmente bueno, justo enfrente del más decorado Imperial, y el minibar tenía buen coñac y a él le gustaba el buen coñac. La misión no había salido tan bien… había contado con que morirían cientos de estadounidenses, no algunas docenas, pero lo cierto era que con toda esa policía armada e incluso ciudadanos armados, sus expectativas habían sido excesivamente optimistas. Pero el objetivo estratégico había sido logrado. Ahora, todos los estadounidenses sabían que no estaban seguros' Vivieran donde vivieran, podían ser alcanzados por los Santos Guerreros, quienes estaban dispuestos a entregar sus vidas a cambio de terminar con el sentimiento de seguridad de sus enemigos. Mustafá, Saíd, Sabawi y Mejdi ahora estaban el paraíso -si es que tal lugar existía. A veces pensaba que era una historia que se cuenta para impresionar a los niños, o a los simples que realmente creían lo que decían los imanes. Había que escoger con cuidado a los predicadores, pues no todos los imanes veían al Islam como lo veía Mohammed. Pero no pretendían gobernarlo todo. El sí, o al menos una parte, mientras ésta incluyera los lugares santos.

No podía hablar abiertamente de estas cosas. Algunos jerarcas de la organización realmente creían, realmente estaban enrolados en el bando más conservador -reaccionario- de la Fe, más aún que el de los wahabitas de Arabia Saudita. A sus ojos, éstos no eran más que los corruptos ricos de ese abominablemente corrupto país, gente que se llenaba la boca de palabras mientras disfrutaba de sus vicios en su propio país y en el exterior, gastando su dinero, y era fácil gastar dinero. Al fin y al cabo, uno no se lo llevaba al otro mundo. En el paraíso, sí realmente existía, no se necesitaba dinero, y si no existía, tampoco él necesitaba dinero. Lo que él quería, lo que esperaba -mejor dijo lo que sabía que obtendría en vida- era poder, la posibilidad de dirigir a las personas, de hacer que otros hicieran su voluntad. Para él, la religión era la matriz que había dado forma al mundo que él controlaría. Es cierto que ocasionalmente rezaba, tanto como para no olvidar cómo se hacía -especialmente cuando se reunía con sus "superiores". Pero como jefe de operaciones, era él y no ellos quien determinaba el camino que seguía la organización para sortear los obstáculos que los idólatras occidentales interponían en su camino. y al elegir el camino, elegía también la naturaleza de su estrategia, que se originaba en creencias religiosas, fácilmente guiadas por el mundo político en que operaDa. Al fin de cuentas, era el enemigo quien fijaba la estrategia, pues era su estrategia la que uno buscaba contrarrestar.

De modo que ahora los estadounidenses conocerían el miedo como nunca antes. Lo que estaba en peligro no eran sus recursos políticos ni financieros. Eran sus vidas. Desde el principio, la operación había sido pensada para matar mujeres y niños, las partes más preciosas y vulnerables de cualquier sociedad.

Y destapó otra botellita de coñac.

Más tarde, encendería su laptop para recibir los informes de sus subordinados sobre el terreno. Le tendría que decir a uno de sus subordinados que pusiera más dinero en su cuenta de Liechtenstein. No sería bueno dejar que esa cuenta se agotase. Luego, las cuentas de Visa serían eliminadas y se desvanecerían para siempre en el mundo etérico. De otro modo, la policía podría seguirle el rastro, ponerle un nombre y hasta una imagen. Eso no debía ocurrir. Permanecería en Viena unos meses más, luego regresaría a casa por una semana para encontrarse con sus superiores y planear operaciones futuras. Con semejante éxito a su cuenta, lo escucharían con más atención. Su alianza con los colombianos había valido la pena, a pesar de las dudas de los otros, y ahora estaba en la cresta de la ola. Unos pocas noches de celebración más y estaría pronto para regresar a la considerablemente menos agitada vida nocturna de su patria, que consistía sobre todo en café o té, y hablar, hablar mucho. No actuar. Sólo a través de la acción llegaría a los objetivos que se había fijado… para sus jefes… y para él mismo.

"Dios míoo, Pablo", dijo Ernesto apagando el televisor.

"Vamos, no es tan sorprendente",respondió Pablo. "No esperabas que pusieran una mesa para vender galletas a beneficio de las Niñas Exploradoras".

"No, pero, ¿esto?"

"Por eso se llaman terroristas, Ernesto. Matan sin advertencia y atacan a personas que no pueden defenderse". Había habido amplia cobertura televisiva desde Colorado Springs, donde la presencia de los camiones de la Guardia Nacional proveía un telón de fondo espectacular. Allí, los policías de civil incluso habían sacado al aire libre los cadáveres de los terroristas, oficialmente para despejar el área donde las granadas de humo habían provocado algunos pequeños incendios, pero en realidad, por supuesto, para exhibir los cuerpos. Los militares colombianos hacían cosas así. Jactancia de soldados. Bueno, los sicarios del Cartel a menudo hacían lo mismo, ¿no? Pero no era algo que valiera la pena señalar en ese momento. Para Ernesto, era importante sentir que él no era un narcotraficante ni un terrorista sino un hombre de negocios. Se consideraba a sí mismo un hombre que le proveía al público un valioso bien de consumo, por el cual le pagaban y que debía defender de la competencia.

"¿Pero cómo reaccionarán los norteamericanos?", preguntó Ernesto.

"Fanfarronearán y lo investigarán como si se tratara de un delito común, y se enterarán de algunas cosas -pocas. Y tendremos una nueva red de distribución en Europa, lo cual", le recordó a su jefe "es nuestro objetivo".

"No me esperaba un delito tan espectacular, Pablo".

"Pero ya hemos hablado de esto", dijo Pablo con su voz más tranquila. "Lo que ellos pretendían era llevar a cabo alguna demostración espectacular" – claro que no dijo delito- "que llenase de miedo a sus enemigo. Esas estupideces son importantes para ellos, como ya sabíamos. Lo que a nosotros nos importa es que alejará las molestas actividades de los yanquis de nuestros intereses".