A veces hacía falta paciencia para explicarle las cosas al jefe. Lo importante era el dinero. Con dinero, se podía adquirir poder. Con dinero, se podía comprar gente y protección, y no sólo salvaguardar tu vida y la de tu familia, sino también controlar tu país. Tarde o temprano arreglarían para que resultara electo alguien que dijera las palabras que los norteamericanos quieren oír, pero que haría poco más allá de negociar con el grupo de Cali, lo cual a ellos les venía muy bien. Su única verdadera preocupación era que pudieran adquirir la protección de alguien que resultara traidor, que tomara su dinero y se volviese contra ellos como un perro desleal. Al fin y al cabo, todos los políticos estaban cortados con la misma tijera. Pero tendría informantes en ese campo, seguridad alternativa propia."Vengarían" el asesinato del falso amigo cuya vida se vería obligado a tomar en esas circunstancias. En conjunto, era un juego complejo, pero que podía ser jugado. y sabía cómo manejar a la gente y al gobierno -incluso al de los Estados Unidos, si de eso se trataba. Sus manos llegaban lejos, incluso hasta las mentes y almas de quienes no tenían idea de quién manejaba los hilos. Ello era especialmente cierto en lo que hacía a quienes se oponían a la legalización de su producto. Si eso llegara a ocurrir, su margen de ganancia se evaporaría y junto con éste, su poder. No podfa permitir que eso ocurriera. No. Para él y su organización, el status quo era un modo perfectamente adecuado de convivir con el mundo. No era perfecto, pero la perfección no se obtenía en el mundo real.
EL FBI trabajó rápido. Dar con el Ford con patentes de Nuevo México no había sido difícil, aunque cada número de patente de cada auto del estacionamiento había sido investigado y rastreado hasta su poseedor y en muchos casos éste había sido interrogado por un agente de los que van armados y han prestado juramento. En Nuevo México, habían descubierto que la agencia de alquiler de autos National tenía una cámara de seguridad y que la cinta de video del día en cuestión estaba disponible y, aún más notable, mostraba otro alquiler que le interesaba en forma directa a la oficina de campo de Des Moines, Iowa. Menos de una hora después, el FBI envió a esos mismos agentes a verificar la oficina de Hertz, a sólo ochocientos metros de la de National y que también contaba con cámaras. Los registros impresos y las imágenes grabadas en video les habían suministrado nombres falsos (Tomás Salazar, Héctor Santos, Antonio Quiñones, Carlos Oliva), imágenes de sus igualmente falsas licencias de conductor y nombres falsos para los cuatro sujetos. La documentación también era importante. Las licencias de manejo internacionales habían sido obtenidas en Ciudad de México, y se enviaron mensajes por télex a la Policía Federal Mexicana, que prestó cooperación inmediata y eficiente.
En Richmond, Des Moines, Salt Lake City y Denver, se investigaron números de tarjetas Visa. El jefe de seguridad de Visa era un ex agente jerárquico del FBI, y allí las computadoras no sólo identificaron el Banco de origen de las cuentas de crédito, sino que rastrearon cuatro tarjetas empleadas en un total de dieciséis estaciones de servicio, que mostraban los caminos que habían tomado y la velocidad a que se habían desplazado los cuatro vehículos de los terroristas. Los números de serie de las ametralladoras Ingram fueron procesados por la agencia hermana del FBI, el Buró de Alcohol, Tabaco, Armas y Explosivos del Departamento del Tesoro. Allí se determinó que las dieciséis armas eran parte de un cargamento robado hada once años en Texas. Alguna de ellas habían aparecido en tiroteos vinculados al tráfico de drogas en distintos puntos del país y esa información abrió una línea investigativa totalmente nueva para el Buró. En los cuatro escenarios principales, se tomaron las huellas dactilares de los terroristas muertos, así como muestras de sangre para identificación de ADN.
Por supuesto que los autos fueron llevados a las oficinas del FBI y concienzudamente espolvoreados en busca de huellas digitales y también de evidencia de ADN para determinar si había habido otras personas allí. Se entrevistó al personal directivo y a los empleados de cada hotel, así como a los empleados de los locales de comidas rápidas y también de los bares y restaurantes de cada localidad. Se obtuvieron los registros de las llamadas telefónicas de los moteles para verificar si se había llamado desde allí y, de ser así, a dónde. Resultaron ser sobre todo a proveedores de servicios de Internet. Las computadoras portátiles de los terroristas fueron incautadas, espolvoreadas en busca de huellas digitales y luego analizadas por los especialistas en tecnología del FBI. Un total de setecientos agentes fue asignado al caso, denominado, en código, ISLAMTERR.
Las víctimas fueron a dar, sobre todo, a hospitales locales y quienes podían hablar fueron investigados para ver qué sabían o recordaban. Las balas extraídas de sus cuerpos fueron clasificadas como evidencia y llevadas al flamante laboratorio del FBI en Virginia del Norte para ser examinadas y analizadas. Toda esta información fue al Departamento de Seguridad Territorial, que, por supuesto, la transmitió toda a la CIA, la NSA y al resto de la comunidad de inteligencia estadounidense, cuyos oficiales de campo ya estaban interrogando a sus agentes para ver si contaban con información relevante. Los espías también consultaron a aquellos servicios de inteligencia extranjeros considerados amigos -claro que en la mayoría de los casos el término era exagerado- para análisis e información relevantes al caso. Y toda esa información era recogida por el Campus a través del enlace CIA/NSA. Todos los datos así interceptados iban a la gigantesca computadora central del Campus, donde era clasificada por categorías y preparada para los analistas que llegarían por la mañana.
En el piso superior, todos se habían ido a pasar la noche a sus casas, con excepción del personal de seguridad y el de limpieza. Las terminales que empleaban los analistas estaban protegidas de diversas formas para garantizar que no fueran encendidas sin autorización. La seguridad era estricta, pero, para mantenerla mejor, no era obvia, y estaba monitoreada por un circuito cerrado de cámaras de televisión cuya imagen estaba bajo constante escrutinio electrónico y humano.
En su apartamento, Jack pensó telefonear a su padre, pero decidió no hacerlo. Probablemente lo estuviesen bombardeando reporteros de la TV y los periódicos, a pesar de su conocida posición de no decir nada con respecto a nada de modo de no entorpecer la gestión del presidente Edward Kealy. Había una línea muy segura y privada que sólo conocían sus hijos, pero Jack decidió dejársela a Sally, quien era un poco más nervioso que él. Jack se conformó con enviarle a su padre un e-mail que esencialmente decía: Qué demonios y ya lo creo que me gustarfa que siguieras en la Casa Blanca. Pero sabía que lo más probable era que Jack padre le estuviese agradeciendo a Dios no estar allí, y tal vez aún guardara la esperanza de que Kealy, para variar, escuchara a los asesores que pudiera tener y pensara antes de actuar. Era probable que su padre hubiese llamado a algunos amigos en el extranjero para averiguar qué sabían y qué pensaban, y tal vez habría emitido alguna opinión de alto nivel, dado que los gobiernos extranjeros le prestaban atención sobre todo a lo que él decía quedamente y en lugares privados. Podía llamar a los amigos que le quedaban en la presidencia para averiguar qué era lo que ocurría de verdad. Pero Jack no siguió ese pensamiento hasta el fin.
En su casa y su oficina, Hendley tenía un teléfono seguro llamado STU-5, un flamante producto de AT &T y NSA. Lo había obtenido irregularmente.
En ese momento, hablaba por él.
"Sí, correcto. Tendremos la información mañana. No tiene mayor sentido quedarse en la oficina mirando una pantalla que casi no tiene nada nuevo", dijo razonablemente el ex senador, tomando un sorbo de su bourbon con soda. Luego escuchó la siguiente pregunta.