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"¿Qué tal el Cuerpo?", le preguntó Jack a Brian.

"El Cuerpo es el Cuerpo, primito. Sigue su camino, se mantiene preparado para la próxima guerra que le toque".

"Papá se preocupó cuando fuiste a Mganistán".

"Fue bastante emocionante. Los afganos son duros, y no son tontos, pero no están muy bien entrenados. Así que cuando chocábamos, salíamos ganando nosotros. Si veíamos que las cosas se nos complicaban, pedíamos apoyo aéreo y normalmente eso resolvía la situación".

"¿Cuántos?"

"Cuántos matamos? Algunos. No los suficientes, pero sí algunos. Primero entraron los Boinas Verdes, y eso les enseñó a los afganos que el enfrentamiento abierto no les convenía. Más que nada, hacíamos persecución y reconocimiento, identificación de objetivos para la fuerza aérea. Llevábamos un tipo de la CIA y un destacamento de señales de inteligencia. Los malos usaban sus radios un poco demasiado. Cuando las interceptábamos, nos acercábamos hasta estar a más o menos una milla de ellos y echábamos una mirada, y si lo que veíamos era interesante, llamábamos a la fuerza aérea y levantábamos campamento. Daba miedo mirar lo que ocurría después", resumió Brian.

"Te creo". Jack abrió una lata de cerveza.

"Así que este tal Sali, el que tiene la amiga, Rosalie Parker", dijo Dominic. Como la mayor parte de los policías tenía buena memoria para los nombres. "¿Dices que festejó cuando se enteró de lo del viernes?"

"Sí, dijo Jack, "le pareció genial".

"¿Y con quién celebraba?"

"Con unos amiguitos con los que se comunica por correo electrónico. Los ingleses tienen intervenido su teléfono y los e-mails… bueno, como les dije no puedo hablar de eso. Los sistemas telefónicos europeos no son para nada tan seguros como la gente cree, digo, todos hablan de intervenir teléfonos y esas cosas, pero los policías de allí hacen cosas que aquí no podemos. En especial los ingleses, usan las intervenciones para rastrear a los tipos del IRA. Al parecer, lo demás países de Europa tienen aún más libertad de acción".

"Es así, le aseguró Dominic. "En la academia, escuchamos a algunos de ellos en el programa nacional de academias -es algo así como un doctorado para policías. Cuando se tomaban unos tragos, hablaban de esas cosas. ¿De modo que a Sali le gustó lo que hicieron esos hijos de puta, eh?"

"Parecía que su equipo había ganado la supercopa", explicó Jack.

"¿Y los financia?", preguntó Brian.

"Así es".

"Interesante", fue el único comentario de Brian a la respuesta.

Podría haberse quedado una noche más, pero. tenía cosas que hacer por la mañana, de modo que regresaba a Londres en su Aston Martin Vanquish, color negro Bowland. El interior era gris oscuro, y el motor de doce cilindros hecho a mano desplegaba casi todos sus 460 caballos de fuerza mientras se dirigía al este por la M4 a ciento sesenta kilómetros por hora. En cierto modo, su auto era más satisfactorio que el sexo. Era una pena no tener a Rosalie allí pero -le echó una mirada a su acompañante- Mandy era agradable para entibiar la cama, aunque un poco delgada para su gusto. Debería engordar un poco, pero la moda europea no lo permitía. Los necios que dictaminaban el cánon del cuerpo femenino probablemente fuesen pederastas que querían que parecieran muchachos. Locura, pensó Sali, pura locura.

Pero Mandy disfrutaba del auto, más que Rosalie. Lamentablemente Rosalie le temía a la velocidad, no confiaba tanto como habría debido en sus habilidades como conductor. Esperaba poder llevarse su auto a su país. Claro que lo enviaría por avión. Su hermano también tenía un auto veloz, pero el vendedor le había dicho que este cohete de cuatro ruedas iba a más de trescientos kilómetros por hora, y en el reino tenía buenas rutas, largas y llanas. Era cierto que uno de sus primos volaba los aviones Tornado de la fuerza aérea saudita, pero este auto era suyo y ésa era una gran diferencia. Desgraciadamente, la policía inglesa no le permitía probarlo a fondo -una multa más, y los muy aguafiestas le quitarían su carné de conductor- pero en su país no tendría ese problema. y tras ver qué podía hacer realmente el auto, lo metería otra vez en un avión y se lo traería a Gatwick, y lo usaría para excitar a las mujeres, lo cual era casi tan bueno como conducirlo. Ciertamente le había causado ese efecto a Mandy. Debía comprarle una bonita cartera de Vuitton y enviársela mañana a su apartamento. No venía mal ser generoso con las mujeres y Rosalie debía enterarse de que tenía competencia.

Entró en la ciudad a toda la velocidad que el tránsito y la policía le permitían, pasó como una exhalación frente a Harrods, por el túnel para vehículos y por la casa del duque de Wellington antes de girar a la derecha en la calle Curzon y a la izquierda en Berkeley Square. Con un destello de luces, le indicó al hombre a quien le pagaba por mantener su espacio de estacíonamiento que sacase su auto, y se detuvo exactamente frente a su casa de tres pisos y fachada de piedra arenisca. Con buenos modales europeos, salió del auto y le abrió la puerta a Mandy, escoltándola galantemente escalinata arriba hasta la gran puerta de entrada de roble, que sonriendo, mantuvo abierta para que entrara. A fin de cuentas, en pocos minutos ella abriría una puerta aún más agradable para él.

"El pequeño hijo de puta regresó", observó Ernest, tomando nota del horario exacto en su anotador. Los dos oficiales del Servicio de Seguridad estaban en una camioneta cubierta de British Telecom estacionada a cincuenta metros de allí. Llevaban allí unas dos horas. El joven demente saudita conducía como si fuese la reencarnación de Jimmy Clark.

"Supongo que su fin de semana fue mejor que el nuestro", asintió Peter. Luego, se volvió a pulsar los botones que activaban los distintos sistemas de radioescucha en el interior de la casa de estilo georgiano. Incluían tres cámaras cuyas cintas eran renovadas cada tres días por un equipo de penetración. "Es un hijo de puta vigoroso".

"Probablemente use Viagra", pensó Ernest en voz alta que tenía un matiz de envidia.

"Hay que reconocer los méritos del adversario, mi querido Ernie. Le costará dos semanas de tu paga. Y por lo que va a recibir, bien puede estar agradecida".

"Puto", observó Ernest agriamente.

"Es delgada, pero no tanto, amigo". Peter lanzó una carcajada. Sabían cuánto cobraba Mandy Davis y, como todos los hombres, se preguntaban exactamente qué haría para ganarse su paga, despreciándola al mismo tiempo. Como eran oficiales de contrainteligencia no tenían el grado de comprensión que un veterano agente de policía podía haber mostrado para con una mujer carente de educación que trataba de ganarse la vida como podía. Setecientas cincuenta libras por una visita vespertina, dos mil por toda la noche. Nadie había averiguado cuánto cobraba por el fin de semana completo.

Ambos se pusieron los auriculares para cerciorarse de que los micrófonos funcionaran, cambiando de canal para escuchar lo que ocurría en las distintas habitaciones de la casa.

"Es un puerco impaciente", observó Ernest. "¿Crees que ella se quedará toda la noche?"

"Espero que no, Ernie. Si se va, él irá al maldito teléfono y nos enteraremos de algo útil respecto a ese hijo de puta".

"Moro de mierda", musitó Ernest, ante la aprobación de su compañero. Ambos encontraban que Mandy era más bonita que Rosalie. Digna de un ministro de gobierno.

No se equivocaban. Mandy Davis salió a las 10:23 de la mañana, se detuvo en la puerta para un último beso y una sonrisa como para conmover el corazón de cualquier hombre, luego caminó calle abajo por Berkeley Street hacia Piccadilly donde, en vez de girar a la izquierda en el drugstore Boots y entrar en la estación de trenes subterráneos de la esquina de Piccadilly y Sratton, tomó un taxi que la llevó al centro, a New Scotland Yard. Allí transmitiría su informe a un amigable joven detective al que encontraba muy atractivo, aunque era demasiado hábil en su oficio como para mezclar los negocios con el placer. Uda era un cliente vigoroso y generoso, pero si alguien se hacía ilusiones con respecto a la relación que los unía era él, no ella.