En su apartamento, Jack Jr. sabía que sus primos habían ido al otro lado del mar, y aunque nadie le había dicho exactamente qué habían ido a hacer, no hacía falta mucha imaginación para saber de qué se trataba. Sin duda Uda bm Sali no viviría más allá de la semana en curso. Se enteraría a través del tráfico de mensajes matutino de Thames House, y se preguntó qué dirían los ingleses, cuán excitados o apesadumbrados se mostrarían. Ciertamente, se enteraría de muchas cosas con respecto a cómo habría sido hecha la tarea. Eso excitaba su curiosidad. Había pasado en Londres el tiempo suficiente para saber que allí las armas de fuego no corren, a no ser que se trate de matar siguiendo las órdenes del gobierno. En un caso así -por ejemplo, si el Special Air Service despachara a alguien que gozara de la especial antipatía del 10 de la calle Downing la policía sabía que no debía investigar muy a fondo. Tal vez algunos interrogatorios como para salvar las apariencias, tanto como para establecer un legajo que luego sería deslizado al cajón de NO RESUELTO donde atraería mucho polvo y poco interés. No hacía falta ser un genio para saber que así sería.
Pero esto se trataría de un ataque estadounidense en territorio británico y eso sin duda que no agradaría al Gobierno de Su Majestad. Era un asunto de buenos modales. Por otra parte, no se trataría de una acción del gobierno de los Estados Unidos. Para la ley, se trataba de un homicidio premeditado, delito que el gobierno contemplaba con considerable severidad. De modo que, ocurriera lo que ocurriese, esperaba que se anduvieran con cuidado. Ni siquiera su padre podía interferir mucho en esto.
"ioh, Uda, eres una bestia!", exclamó Rosalie Parker cuando finalmente él rodó a un costado. Miró la hora. El se había demorado y al día siguiente ella tenía una cita después del mediodía con un ejecutivo petrolero de Dubai. Era un viejo encantador, y daba buenas propinas, aunque un día, el muy depravado le dijo que ella le recordaba a una de sus hijas favoritas.
"Quédate a pasar la noche", propuso Uda.
"No puedo, amor.Tengo que buscar a mamá para comer juntas y luego ir de compras a Harrods. Dios mío, me tengo que ir ya", dijo con bien fingida excitación, incorporándose.
"No". Uda la tomó del hombro y la atrajo hacia él.
"iEres un diablo!", dijo con una risita y una cálida sonrisa.
"Ése se llama Shahatin y no es parte de mi familia".
"Bueno, puedes agotar a una chica, Uda". Lo cual no era malo, pero había cosas que hacer. De modo que se puso de pie y tomó sus ropas del piso, donde él solía arrojarlas.
"Rosalie, mi amor, eres la única", gimió. Ella sabía que mentía. Al fin y al cabo, ella le había presentado a Mandy.
"¿Ah sí?", le preguntó. "¿Y Mandy?"
"Oh, ésa. Es demasiado delgada. No come. No es como tú, princesa mía".
"Eres tan amable". Se inclinó, lo besó, se puso el corpiño. "Uda, eres el mejor, el mejor de todos". Al ego masculino siempre le venían bien un poco de caricias, y el ego de Uda era mayor que lo normal.
"Sólo lo dices para complacerme", acusó Salí.
"¿Crees que soy actriz? Uda, haces que se me salgan los ojos de las órbitas. Pero debo irme, amor:
"Como digas". Bostezó. Le compraría unos zapatos al día siguiente, decidió Uda. Había una nueva zapatería Jimmy Chao cerca de su oficina a la que hacía tiempo que quería echarle una mirada y sus pies eran un tamaño 6 exacto. De hecho, a él le gustaban mucho sus pies.
Rosalie se metió rápidamente en el baño para verse al espejo. Su pelo era un desastre. Uda no hacía más que desordenarlo, como para marcar su propiedad. Unos pocos segundos de cepillo lo dejaron casi presentable.
"Debo partir, amor". Se inclinó a besarlo otra vez. "No te levantes, sé dónde queda la puerta". Un último beso, amoroso, invitante…, para la próxima. Uda era lo más regular que imaginarse pudiera. De modo que ella regresaría. Mandy era buena, y era su amiga, pero ella sabía cómo tratar a esos maracas y, mejor aún, no tenía que matarse de hambre para parecer una modelo prófuga. Mandy tenía demasiados clientes estadounidenses y europeos para comer con normalidad.
Fuera, detuvo un taxi.
"¿A dónde, querida?", preguntó el taxista.
"New Scotland Yard, por favor".
Siempre desorienta despertar en un avión, aun si los asientos son buenos. Las cortinas subieron y las luces de la cabina se encendieron y los auriculares transmitieron noticias que podían, o no, ser nuevas; cómo se referían a Inglaterra era difícil saberlo. Se sirvió el desayuno, lleno de grasa, además de un respetable café de Starbucks que merecía unos seis puntos en una escala de uno a diez. Tal vez hasta siete. Por las ventanas a su derecha, Brian veía los verdes campos de Inglaterra en vez del negro pizarra del mar tormentoso que había atravesado durmiendo, afortunadamente sin soñar. Ahora, ambos gemelos temían a los sueños, por lo que éstos contenían del pasado y por el futuro que temían, a pesar de estar comprometidos con él. Veinte minutos más tarde, el 747 aterrizó suavemente en Heathrow. Migraciones fue una amable formalidad -los ingleses lo hacían mucho mejor que los estadounidenses, pensó Brian. Su equipaje no tardó en aparecer en la cinta transportadora, Y salieron a tomar un taxi.
"¿A dónde, caballeros?"
"Hotel Mayfair, calle Stratton".
El conductor asintió y partió hacia la ciudad, al este. El viaje tomó unos treinta minutos y coincidió con el comienzo del atasco matinal. Era la primera vez que Brian -no así Dominic- estaba en Inglaterra. Para este último, el panorama era placentero, para ambos, nuevo y emocionante. Se parecía a casa, pensó Brian, sólo que la gente conducía del lado equivocado de la calle. A primera vista, quienes conducían también parecían más corteses, pero era difícil saber si esto realmente era así. Había al menos un campo de golf con césped verde esmeralda, pero fuera de eso, la hora pico no era muy distinta de la de Seattle.
Media hora más tarde, contemplaban Green Park, que era, de hecho, maravillosamente verde, luego el taxi giró a la izquierda, hizo dos cuadras más y llegaron al hotel. Exactamente al otro lado de la calle, había una concesionaria que vendía automóviles Aston Martin, que parecían brillar tanto como los diamantes del escaparate de Tiffany's en Nueva York. Evidentemente, era un vecindario caro. Aunque Dominic ya había estado en Londres, nunca se había alojado en ese lugar. Los hoteles europeos podían darle lecciones de servicio y hospitalidad a cualquier establecimiento de los Estados Unidos. La bañera era de suficiente tamaño como para que un tiburón se ejercitase, y las toallas colgaban de un perchero calentado a vapor. El minibar era generoso en su surtido, ya que no en sus precios. Los gemelos se tomaron el tiempo necesario para ducharse. Eran las nueve menos cuarto y, como Berkeley Square estaba a sólo a cien metros de allí, les pareció un momento adecuado para salir del hotel y dirigirse hacia la izquierda, al lugar donde cantan los ruiseñores.
Dominic le dio con el codo a su hermano y señaló a la izquierda. "Supuestamente, el MIS tenía un edificio por allá, calle Curzon arriba. Para llegar a la embajada, hay que llegar a la cima de la colina, girar a la izquierda, dos cuadras más, a la derecha y otra vez hacia la izquierda, hacia Grosvenor Square. Feo edificio, pero así es el gobierno. y nuestro amigo vive justamente -allí, al otro lado del parque, a media cuadra del Westminster Bank. El que tiene la enseña del caballo".
"Parece una zona cara".
"Ya lo creo", confirmó Dominic. "Estas casas valen muchísimo dinero. Casi todas están divididas en tres apartamentos, pero la de nuestro amigo Uda no lo está, es un Disneyworld de sexo y disipación. Mmm…" observó al ver una camioneta cubierta de British Telecom estacionada a unos veinte metros de allí. "Apostaría a que ése es el equipo de vigilancia… un poco obvio". No se veía a nadie en la cabina, pero eso era porque las ventanas estaban polarizadas para que no se viera hacia adentro. Era el único vehículo de bajo precio en toda la calle -en ese vecindario, todo era al menos un Jaguar. Pero el rey, en términos automotores, era un Vanquish negro al otro lado del parque.