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Por supuesto que su oficina también tenía televisor, y sintonizó un canal financiero de los Estados Unidos que mencionaba una futura debilidad de la libra frente al dólar, aunque como las razones que aducía no eran del todo convincentes, renunció a especular con treinta millones de dólares. Su padre ya le había advertido sobre los riesgos de especular, y como se trataba del dinero de éste, lo había escuchado con atención y le había dado el gusto al viejo hijo de puta. A lo largo de los últimos diecinueve meses, sólo había perdido tres millones de libras, casi todas debido a errores que ya tenían un año de antigtiedad. Su cartera de bienes raíces iba muy bien. Más que nada, les compraba propiedades a ingleses de edad y se las vendía a sus compatriotas, quienes en general pagaban en efectivo o en el equivalente electrónico del mismo. En términos generales, se tenía por un especulador en bienes inmuebles de grandes y crecientes talentos. Y, por supuesto, un amante soberbio. Se acercaba el mediodía, y sus caderas ya añoraban a Rosalie. ¿Tal vez estuviese disponible esa tarde? Por mil libras, más le valía estarlo, pensó Uda. De modo que, antes del mediodía pulsó el 9 del discado rápido.

"Amada Rosalie, éste es Uda. Si vienes esta noche a eso de las siete y media, tendré algo bonito para ti. Conoces mi número, querida". Y colgó el auricular. Esperaría hasta más o menos las cuatro y si no le telefoneaba, llamaría a Mandy. Era realmente muy infrecuente que ninguna de las dos estuviese disponible. Prefería pensar que cuando era así, estaban de compras o cenando con amigas. A fin de cuentas ¿quién les pagaba tan bien como él? Y quería ver qué cara ponía Rosalie cuando recibiera los nuevos zapatos. A las mujeres inglesas les gustaba ese Jimmy Chao. A él, sus diseños le parecían grotescamente incómodos, pero las mujeres eran mujeres, no hombres. Para realizar sus fantasías, él conducía su Aston Martin. Las mujeres preferían que les doliesen los pies. No había quién las entendiera.

Brian se aburrió en seguida de sólo quedarse sentado mirando el edificio del Lloyd's. Además, le hacía daño a los ojos. Era más que mediocre, era positivamente grotesco, como una planta de Du Pont para la fabricación de gas nervioso u otro químico dañino, sólo que cubierta de vidrio. Además, probablemente fuera contra las reglas del oficio quedarse mirando lo que fuera durante mucho tiempo. Había negocios en la calle y, una vez más, ninguno de ellos era barato. Una sastrería de hombres y lugares para mujeres de aspecto igualmente agradable y lo que parecía ser una zapatería muy cara. Ese era el artículo de vestimenta en que menos se fijaba. Tenían unos buenos zapatos negros formales -los llevaba hoy-, un buen par de zapatillas que había adquirido cierto día que prefería no recordar y cuatro pares de botines de combate, dos negros y dos de! color pardo al que tendía el Cuerpo de Infantería de Marina, fuera de los desfiles y otros eventos oficiales, en los que los duros integrantes de la Fuerza de Reconocimiento rara vez participaban. Se suponía que todos los infantes de marina debían tener buen aspecto, pero los duros pertenecían a esa rama de la familia de la cual es mejor no hablar mucho. y aún estaba digiriendo el tiroteo de la semana pasada. Aun la gente a la que se había enfrentado en Mganistán no había hecho, que él supiera, ningún intento abierto de matar mujeres y niños. Claro que eran bárbaros, pero se suponía que hasta los bárbaros tenían límites. Todos los tenían, menos la banda con que jugaba este tipo. No era viril- ni siquiera su barba lo era. Las de los afganos sí, pero la de este tipo lo hacía parecer un alcahuete. En síntesis, no era digno del acero de los infantes de marina, no alguien a quien matar, sino una cucaracha a eliminar. Aun si su auto valía más que lo que un capitán de infantes de marina ganaba en diez años -sin descontar impuestos… Un oficial de infantes de marina podía ahorrar durante años para comprarse un Chevy Corvelle, pero este oficial de baja graduación tenia que manejar el nieto del auto de James Bond, además de las putas que alquilaba. Se lo podía llamar de muchas formas, pero "hombre" definitivamente no era una de ellas, pensó e! infante de marina, mentalizándose subconscientemente para la misión.

"Ahí va el zorro, Aldo", dijo Dominic poniendo sobre la mesa e! dinero necesario. Ambos se pusieron de pie e inicialmente se dirigieron en sentido opuesto al de su objetivo. En la esquina, ambos se detuvieron y se volvieron como si buscaran algo. Allí estaba Sali…

y allí estaba su seguidor. Costosamente vestido de trabajador. Tambien salía de un pub, notó Dominic. Por supuesto que era novato. Sus ojos estaban fijos de manera obvia en el sujeto, aunque, eso sí, se mantenía a unos cincuenta metros por detrás de éste y claramente no lo preocupaba que pudieran descubrirlo. Probablemente Sali no fuera el más alerta de los sujetos, y no tenía entrenamiento en contraseguimiento. Indudablemente, creía estar perfectamente a salvo. Probablemente también se creería muy astuto. Todo hombre tiene sus ilusiones. Las de éste le costarían un poco más caras que al resto.

Los hermanos escudriñaron la calle. Había cientos de personas en su campo de visión. Muchos autos circulaban por la calle. La visibilidad era buena -un poco demasiado- pero Sali se les ofrecía casi como si lo hiciera deliberadamente, y la ocasión era demasiado buena para dejarla pasar…

"¿Plan A, Enzo?", preguntó Brian rápidamente. Tenían pensados tres planes, así como una señal de cancelación.

"Entendido, Aldo. Hagámoslo". Se dividieron, dirigiéndose en distintas direcciones con la esperanza de que Sali fuera hacia el pub donde habían soportado el mal café. Ambos llevaban anteojos de sol para que no se viese en qué dirección miraban. En el caso de Aldo, miraba al agente que seguía a Sali. Probablemente fuese mera rutina para él, algo que ya llevaba haciendo unas cuantas semanas y era imposible hacer algo durante tanto tiempo sin caer en la rutina, dar por sabido cuáles serían los movimientos del sujeto, centrarse en sus movimientos y no en la calle en general, como se suponía que debía ser. Pero actuaba en Londres, que posiblemente fuese su lugar natal, un lugar donde supondría que conocía todo lo que había por conocer y donde no tenía nada que temer. Más ilusiones peligrosas. Su única tarea era vigilar a un sujeto no muy intrigante por quien Thames House sentía un inexplicable interés. Los hábitos del sujeto eran regulares, y no representaba un peligro para nadie, al menos no en este territorio. Un niño rico malcriado, nada más que eso Ahora giraba a la izquierda, tras cruzar la calle. Al parecer, iría de compras. Zapatos para alguna de sus damas, dedujo el oficial del Servicio de Seguridad. Mejores regalos que los que él podía permitirse para su compañera, refunfuñó para sus adentros el agente, y eso que él estaba como prometido.

Había un bonito par de zapatos en la vidriera, según vio Sali, de cuero negro con detalles de dorados…Subió de un juvenil brinco a la acera luego giró a la izquierda para entrar en la zapatería, sonriendo al imaginar la expresión que pondría Rosalie al abrir la caja.

Dominic tomó su mapa Chichester del centro de Londres, un librito rojo que abrió al pasar junto al sujeto, sin echade ni una mirada, dejando actuar su visión periférica. Sus ojos estaban fijos en el agente de seguimiento. Parecía aún más joven que él y su hermano y probablemente estuviese desempeñando su primera tarea tras egresar de cualquiera que fuese la academia del Servicio de Seguridad, y justamente por esa razón, debía tratarse de una misión fácil. Probablemente estuviese un poco nervioso, de ahí los ojos fijos y las manos crispadas. Dominic mismo no había sido muy diferente hacía más o menos un año, en Newark;- joven y ansioso. Dominic se detuvo y se volvió rápidamente, calculando la distancia que separaba a Brian de Sali. Brian estaría haciendo exactamente lo mismo, y su tarea era sincronizar sus movimientos con los de su hermano, quien iba adelante. De acuerdo. Una vez más, su visión periférica se hizo cargo de la situación, hasta que dio los últimos pasos.