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Luego, sus ojos se detuvieron en el agente de seguimiento. Los ojos del británico lo notaron y su mirada también se desvió. Se detuvo en forma casi automática y oyó al turista yanqui preguntar como un estúpido:

"Disculpe, señor, podría decirme dónde… Exhibía su guía para mostrar exactamente cuán perdido estaba.

Brian metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó el bolígrafo dorado. Giró el extremo, que quedó transformado en una punta de iridio cuando pulsó el botón de obsidiana. Sus ojos se fijaron en el sujeto. A una distancia de menos de un metro, dio medio paso a la izquierda como para evitar un obstáculo inexistente, y tropezó con Sali.

"¿La Torre de Londres?, bueno, no tiene más que ir por ahí", dijo el hombre del MIS, volviéndose para señalar.

Perfecto.

"Disculpe", dijo Brian, dando medio paso a la izquierda para dejar pasar al hombre, bajando al mismo tiempo el bolígrafo en un movimiento de cuchillada invertida que alcanzó al sujeto exactamente en medio de la nalga derecha. La punta hueca de la jeringa entró unos tres milímetros, inyectando sus siete miligramos de succinylcolina en el tejido del mayor músculo de la anatomía de Sali. y Brian Caruso siguió su camino.

"Oh, gracias, amigo", dijo Dominic, metiendo la guía Chichester de vuelta en su bolsillo y dando un paso hacia donde le habían señalado. Cuando estuvo fuera del alcance de la vista del agente de seguimiento, se detuvo y se volvió -aunque sabía que no era lo que indican las reglas del oficio- a tiempo para ver a Brian guardándose el bolígrafo en el bolsillo de su abrigo. Su hermano se frotó la nariz, señal convenida de MISIÓN CUMPLIDA.

Sali dio un respingo muy ligeramente ante el golpe o pinchadura -lo que fuera- que sintió en el trasero. Su mano derecha se dirigió hacia atrás y frotó el lugar, pero el dolor desapareció de inmediato, de modo que no le dio importancia y siguió su camino hacia la zapatería. Anduvo tal vez diez pasos más cuando notó…

que su mano derecha temblaba muy ligeramente. Se detuvo a mirarla, y estiró la izquierda…

que también temblaba. Por qué…

sus piernas cedieron debajo de él y su cuerpo cayó verticalmente sobre la acera de cemento. De hecho, sus rótulas rebotaron sobre la superficie, lo cual dolió y mucho. Trató de respirar hondo para ocultar el dolor y la vergüenza…

Pero no lo hizo. Para este momento, la succinylcolina inundaba su organismo, neutralizando cada interfase nervio-músculo de su cuerpo. La última en extinguirse fue la de los párpados, y Sali, cuyo rostro se acercaba rápidamente a la acera, no vio cuando la golpeó. En cambio, la negra oscuridad lo envolvió -en realidad, roja por la luz de baja frecuencia que atravesaba el delgado tejido de los párpados. Muy rápidamente. su cerebro quedó invadido de la confusión previa al pánico.

¿Qué es esto?, se preguntó a sí misma su mente. Podía sentir lo que ocurría. Su mente estaba contra la áspera superficie de cemento sin alisar. Oía las pisadas de la gente a uno y otro lado. Trató de girar la cabeza -no, primero tenía que abrir los ojos…

pero no se abrían. iii¿ Qué es esto?!!!…

no respiraba…

se ordenó a sí mismo respirar. Como si estuviese bajo el agua de una piscina de natación y, al subir a la superficie tras contener la respiración por un lapso incómodamente prolongado, le dijera a su boca que se abriera y a su diafragma que se expandiera…

ipero eso no ocurrió!…

¿Qué es esto?… Gritó su mente.

Su cuerpo operaba por cuenta propia. A medida que el dióxido de carbono se acumulaba en sus pulmones, órdenes automáticas iban desde allí a su diafragma, diciéndole que expandiera los pulmones para tomar aire para reemplazar el veneno que los inundaba. Pero nada ocurrió, y ante esa información, su cuerpo entró, por su cuenta, en pánico. Las glándulas adrenales inundaron su torrente sanguíneo – el corazón aún latía- de adrenalina y, ante esta estimulación natural, su conciencia se aguzó y su cerebro comenzó a funcionar a marchas forzadas…

¿Qué es esto?, se preguntó Sali urgentemente una vez más, porque ahora el pánico comenzaba a dominarlo. Su cuerpo lo traicionaba de forma que iba más allá de lo imaginable. Se ahogaba en la oscuridad en medio de una acera en pleno centro de Londres, en un día de sol. La sobrecarga de C02 en sus pulmones no le producía verdadero dolor, pero la forma en que su cuerpo se lo informaba a su mente, sí. Algo iba muy mal, y no tenía ningún sentido ser atropellado de esa manera por un camión en la calle -no, ser atropellado por un camión en su sala de estar. Todo ocurría a demasiada velocidad como para entenderlo. No tenía sentido, era tan sorprendente, asombroso, inaudito.

Pero innegable.

Continuó dándose órdenes de respirar. Debía hacerlo. Nunca había dejado de ocurrir, de modo que debía volver a hacerlo. Sintió cómo se vaciaba su vejiga, pero la breve vergüenza fue inmediatamente sobrepasada por el creciente pánico. Podía sentir todo. Podía oír todo. Pero no podía hacer nada, nada en absoluto. Era como si lo hubiesen sorprendido desnudo en la corte del rey en Riad, con un cerdo en brazos…

y luego comenzó el dolor. Su corazón latía frenético, a 160 pulsaciones por minuto, pero al hacerlo enviaba sangre sin oxigenar a su sistema cardiovascular y al hacerlo el corazón -el único órgano activo de su cuerpo- había consumido todo el oxígeno de su cuerpo, el de libre disposición y también el de reserva…

y sin ese oxígeno, las confiables células cardíacas, inmunes al relajante muscular que inundaba el cuerpo de su propietario, comenzaron a morir.

Era el mayor dolor que el cuerpo puede experimentar,y a medida que cada célula individual moría, comenzando por las del corazón, el peligro en que éste se encontraba era inmediatamente informado a la totalidad del cuerpo, y las células ahora morían de a miles, cada una de ellas conectada a un nervio que le gritaba al cerebro que la MUERTE estaba ocurriendo, en ese preciso instante…

No podía siquiera hacer muecas. Sentía como una daga llameante en el pecho, revolviéndose, penetrando cada vez más. Era el sentimiento de la Muerte, traído por la propia mano de Iblis, de Lucifer en persona…

Y en ese instante, Sali vio cómo llegaba la Muerte, cabalgando por un campo de fuego para llevar su alma a la Perdición. Urgentemente, inundado por el pánico, Uda bm Sali pensó tan intensamente como pudo las palabras de la Sahada. No hay más Dios que Alá y Mahoma es Su profeta… No hay más Dios que Alá y Mahoma es Su profeta…No hay más Dios que Alá y Mahoma es Su profeta…

nohaymásdiosquealáymahomaessuprofeta…

También sus células cerebrales quedaron sin oxígeno y también ellas comenzaron a morir y cuando esto ocurrió, los datos que contenían comenzaron a verterse a su agonizante conciencia. Vio a su padre, a su caballo favorito, a su madre ante una mesa cargada de alimentos -y Rosalie, Rosalie cabalgándolo, su rostro lleno de deleite, cada vez más lejano… desvaneciéndose…, desvaneciéndose…, desvaneciéndose…

hasta desaparecer.

Se había reunido gente en torno a él. Uno se inclinó y le dijo: "Diga, ¿se encuentra bien?" Una pregunta estúpida, pero es lo que la gente pregunta en esas circunstancias. Luego la persona -un vendedor de insumos para computadoras que se dirigía al pub cercano para beberse un vaso y comer una "comida de labrador" de pan y queso- lo sacudió del hombro. No resistió en lo más mínimo, era como tomar un trozo de carne en la carnicería…, y eso lo asustó más que si se hubiera tratado de una pistola cargada. De inmediato, volvió el cuerpo y le buscó el pulso. Tenía pulso. El corazón latía frenéticamente – pero el hombre no respiraba. Qué demonios…

A diez metros de allí, el agente de vigilancia discaba el 999 de emergencias en su teléfono celular. Había un cuartel de bomberos a pocas cuadras de allí y el Guy's Hospital estaba al otro lado del Puente de Londres. Como muchos agentes, había comenzado a identificarse con su sujeto, aunque lo detestaba y verlo ahí caído en la acera lo conmovió profundamente. ¿Qué había ocurrido? ¿Ataque cardíaco? Pero era un hombre joven…