Brian y Dominic se encontraron en un pub, muy cerca de la Torre de Londres. Escogieron un reservado y no bien se sentaron, una camarera se acercó a preguntarles qué querían.
"Dos vasos de cerveza", dijo Enzo.
"Tenemos Tetley's Smooth y John Smith, cariño".
"¿Cuál bebes tú?", preguntó Brian.
"John Smith, por supuesto".
"Dos de ésas", ordenó Dominic. Tomó el menú.
"No estoy seguro de querer comer, pero la cerveza es buena idea", dijo Brian, con sus manos ligeramente temblorosas.
"Y tal vez un cigarrillo", bromeó Dominic. Como casi todo chico, habían hecho la prueba de fumar en la secundaria, pero ambos lo habían abandonado antes de quedar enganchados. De todas maneras, la máquina expendedora de cigarrillos era de madera y probablemente demasiado compleja como para ser operada por un extranjero.
"Sí, claro", dijo Brian.
Cuando llegaban las cervezas, oyeron la disonante nota de una ambulancia a tres cuadras de allí.
"¿Cómo te sientes?", le preguntó Enzo a su hermano.
"Un poco tembloroso".
"Piensa en el viernes pasado", le sugirió el agente del FB! al infante de marina.
"No dije que lo sintiera, idiota. Es que uno se agita un poco. ¿Distrajiste al que lo seguía?"
"Sí, me estaba mirando a los ojos en el momento en que diste el pinchazo. Tu sujeto caminó unos seis metros más antes de caer. No vi que reaccionara al pinchazo. ¿Tú?"
Brian meneó la cabeza. "Ni un iay! hermanito". Bebió un sorbo. "Buena cerveza".
"Sí, agitada, no mezclada, como los martinis de cero cero siete". Brian no pudo evitar reír en voz alta. "iEres un idiota!"
"Bueno, ése es nuestro trabajo ahora, ¿no?"
CAPÍTULO 18 Y los sabuesos en busca de su presa
Jack Junior fue el primero en enterarse. Mientras comenzaba su café con bollos, encendió la computadora, navegando primero al tráfico de mensajes entre CIA y NSA, donde, primero en la lista, había un alerta de prioridad-FLASH para que NSA prestara especial atención a "asociados conocidos" de Uda bm Salí, quien, decía la CIA que habían reportado los británicos, había caído muerto en el centro de Londres, evidentemente a consecuencia de un ataque al corazón. El tráfico FLASH del servicio de seguridad, incluido en el CIA-grama, afirmaba en tersa prosa inglesa que se había desplomado ante los ojos de su agente de vigilancia, había sido llevado urgentemente por una ambulancia al Guy's Hospital, donde "había sido imposible revivido". El MIS informaba que en esos momentos el cuerpo estaba siendo sometido a una autopsia.
En Londres, el detective de la División Especial Bert Willow llamó al apartamento de Rosalie Parker.
"Hola". Tenía una voz encantadora, musical.
"Rosalie, habla el detective Willow. Tenemos que verte en el Yard lo antes posible".
"Lo siento pero estoy ocupada. De un momento a otro llegará un cliente. Tomará unas dos horas. Puedo ir inmediatamente después de eso. ¿Está bien?"
Al otro lado de la línea, el detective respiró hondo, pero no, no era tan urgente. Si Salí había muerto a causa del empleo de drogas – la causa más probable que se les había ocurrido a él y a sus colegas- no las había obtenido de Rosalie, quien no era adicta ni proveedora. No era estúpida para tratarse de una muchacha que se había educado más que nada en colegios del Estado. Su trabajo era demasiado lucrativo como para que se tomara ese riesgo. Según su legajo, a veces hasta iba a la iglesia. "Muy bien", le dijo Bert. Sentía curiosidad por ver cómo se tomaría la novedad, pero no esperaba que de ella surgiera ningún indicio importante. "Excelente. Adio-oós", dijo ella antes de cortar.
En el Guy's Hospital, el cadáver ya estaba en el laboratorio de análisis post mortem. Para cuando llegó el patólogo jefe de turno, el cuerpo ya había sido desvestido y yacía boca arriba sobre una mesa de acero inoxidable. El patólogo era Sir Percival Nutter, un distinguido médico académico de sesenta años de edad, director del Departamento de Patología del hospital. Sus técnicos ya habían extraído 0,1 litro de sangre para analizar. Era mucho, pero iban a hacer todos los análisis conocidos.
"Muy bien, tiene el cuerpo de un sujeto de sexo masculino de aproximadamente veinticinco años de edad -busca su identificación así ponemos las fechas exactas, María", le dijo al micrófono que pendía del techo, que llevaba a un grabador de cinta. "¿Peso?", la pregunta iba dirigida directamente a un residente novato.
"Setenta y seis punto seis kilogramos. Ciento ochenta y un centímetros de largo", respondió el flamante médico.
"La inspección visual no revela marcas distintivas en el cuerpo, lo cual sugiere un incidente cardiovascular o neurológico. ¿Qué prisa tenemos con esto, Richard? El cuerpo aún está tibio". Sin tatuajes, etcétera. Los labios estaban ligeramente azulados. Por supuesto que sus comentarios no oficiales serían eliminados de la cinta, pero es que un cuerpo aún tibio era algo muy fuera de lo común.
"A solicitud de la policía, señor. Al parecer cayó muerto en la calle mientras lo observaba un agente de policía". No era exactamente cierto, pero sí lo suficiente.
"¿Vio marcas de agujas?", preguntó Sir Percy.
"No, señor, ni rastros".
"De modo que ¿qué opinas, muchacho?"
Richard Gregory, el nuevo médico, que cumplía su primer turno en tología, encogió los hombros dentro de su equipo quirúrgico color verde. "Por lo que dice la policía, por la forma en que cayó, suena como un posible ataque cardíaco masivo o alguna suerte de convulsión, a no ser que sea inducido por drogas. Parece demasiado saludable para que sea así y no hay grupos de pinchazos que sugieran drogas".
"Muy joven para un infarto fatal", dijo el médico de más edad. Para él, el cuerpo podría haber sido un trozo de carne en el mercado o un ciervo recién cazado en Escocia, no lo que quedaba de un ser humano que estaba vivo hacía -¿cuánto?- dos o tres horas atrás. Qué mala suerte para el pobre tipo. Tenía un aspecto vagamente levantino. La piel de las manos, lisa y sin marcas, no sugería trabajo manual, aunque parecía en un estado físico razonablemente bueno. Los ojos eran de un castaño tan oscuro como para parecer negros a la distancia. Buenos dientes, no mucho trabajo de dentista. En términos generales, un joven que parecía cuidar bien de sí mismo. Curioso. ¿Tal vez un defecto cardíaco congénito? Para saberlo, deberían abrirle el pecho. A Nutter no le incomodaba hacerlo -sólo era un aspecto rutinario de su trabajo, y hacía tiempo había aprendido a olvidar la inmensa tristeza asociada con él- pero por tratarse de un cuerpo tan joven, le pareció una pérdida de tiempo, aunque tal vez la causa de la muerte fuese lo suficientemente misteriosa como para tener un interés intelectual, tal vez incluso para escribir un artículo para The Lancet, algo que había hecho muchas veces en el transcurso de los últimos treinta y seis años. Y de paso, la forma en que diseccionaba a los muertos había salvado a cientos o aun miles de personas vivientes, y de hecho era el motivo por el que había escogido patología. Además, no hacía falta hablar mucho con los pacientes.
Por el momento, esperaría que los resultados de los exámenes toxicológicos de sangre salieran del laboratorio de serología. Al menos, orientaría su operación.
Brian y Dominic regresaron a su hotel en taxi. Una vez allí, Brian encendió su laptop y se conectó. El breve mensaje de correo electrónico que envió fue codificado y despachado automáticamente en unos cuatro minutos. Supuso que el Campus reaccionaría aproximadamente en una hora, siempre que nadie se asustara, lo cual era poco probable. Granger parecía un tipo capaz de hacer esa misión él mismo. Su experiencia en el Cuerpo le había enseñado a reconocer por la mirada quiénes eran duros. John Wayne había jugado al fútbol en el equipo de la universidad del sur de California. Audie Murphy, rechazado por un agente de reclutamiento de la infantería de marina -para eterna verguenza del Cuerpo- había parecido un nulo perdido en la calle, pero había matado a más de trescientos hombres por mano propia. El también tenía ojos fríos cuando lo provocaban.