De pronto, los Caruso se sentían sorprendentemente solos.
Acababan de asesinar a un hombre a quien no conocían y con quien ninguno de los dos había hablado ni una palabra. Todo había parecido lógico y sensato en el Campus, pero ahora ése parecía un lugar muy distante, tanto física como espiritualmente. Pero el hombre a quien mataron había financiado a los seres que apretaron el gatillo en Charlottesville, matando mujeres y niños sin piedad y, al facilitar ese acto de barbarie, se había hecho culpable ante la ley y la moral. Así que no era como si hubieran matado al hermano menor de la Madre Teresa cuando iba camino a misa.
Era más duro para Brian que para Dominic, quien se dirigió al mini-bar y tomó una lata de cerveza. Se la arrojó a su hermano.
"¡Ya sé!", dijo Brian. "Se lo merecía. Es sólo que, bueno, no es como Mganistán, ¿sabes?"
"Sí, esta vez logramos hacerle a él lo que él quiso hacerte a ti. No es nuestra culpa si era un mal tipo. No es nuestra culpa si el tiroteo del centro comercial le pareció casi tan agradable como irse a la cama con una fulana. Sí que se lo merecía. Tal vez no le disparó a nadie, pero compró las armas, ¿sabes?", preguntó Dominic en el tono más razonable que pudo.
"No voy a prender una vela en su memoria. Pero… maldita sea, no se supone que debamos actuar de esa forma en un mundo civilizado".
"¿Qué mundo civilizado, hermanito? Liquidamos a un tipo que era importante mandar a hablar con Dios. Si El quiere perdonarlo, es asunto Suyo. Sabes, hay quien cree que todos los que usan uniforme son asesinos mercenarios. Asesinos de bebés, cosas de ésas".
"Bueno, ésas son idioteces", chasqueó impaciente Brian. "Lo que me da miedo es, ¿y si nos volvemos iguales a ellos?"
"Bueno, siempre podemos negamos a hacer un trabajo, ¿verdad? Y nos dijeron que en cada ocasión nos explicarían los motivos. No seremos como ellos, Aldo. A mí no me ocurrirá. A ti tampoco. Así que hagamos lo que tenemos que hacer, ¿de acuerdo?"
"Si tú lo dices". Brian tomó un largo trago de su cerveza y extrajo el bolígrafo dorado de su bolsillo. Debía recargarlo. En menos de tres minutos, el dispositivo estaba listo otra vez para entrar en acción. Luego lo hizo girar para convertirlo otra vez en instrumento de escritura y lo volvió a guardar en el bolsillo de su abrigo. "Estaré bien, Enzo. No se supone que uno se sienta bien después de matar a un tipo en la calle. Y aún me pregunto si no sería lógico simplemente arrestarlo e interrogarlo".
"Los ingleses tienen reglas de derechos civiles como las nuestras. Si pide un abogado -y sabes que lo habrán instruido para que lo haga- los policías, igual que en nuestro país, no le pueden preguntar ni la hora. No tiene más que sonreír y mantener la boca cerrada. Es uno de los problemas de la civilización. Tiene sentido cuando se trata con delincuentes, pero estos tipos no son delincuentes. Se trata,de una forma de guerra, no de delito callejero. El problema es ése, y mal puedes amenazar a un tipo que desea morir en cumplimiento del deber. Sólo puedes detenerlo y detener a una persona así significa que debes detener los latidos de su corazón".
Otro largo trago de cerveza. "Sí, Enzo, estoy bien. Me pregunto quién será nuestro próximo objetivo".
"Dales una hora para que lo digieran. ¿Salimos a dar un paseo?"
"Buena idea". Brian se puso de pie y menos de un minuto más tarde estaban en la calle otra vez.
Era un poco demasiado obvio. La camioneta de British Telecom se estaba yendo, pero el Aston Martin seguía en su lugar habitual. Se preguntó si los británicos pondrían un equipo clandestino en la casa para registrarla a fondo en busca de cosas interesantes, pero el auto deportivo negro seguía allí, y siempre sexy.
"¿Te gustaría comprártelo cuando se rematen los bienes del difunto?", preguntó Brian.
"No podría usarlo en casa. El volante está del otro lado", señaló Dominic. Pero su hermano tenía razón. Era un crimen que semejante auto se desperdiciara. Berkeley Square no estaba mal, pero apenas si alcanzaba para que los niños gatearan por el césped y tomaran un poco de aire y sol. Probablemente la casa también fuese vendida, y se pagaría bien. Los abogados se ocuparían de esas cosas, tomando una porción para sí antes de devolverle lo que quedara a la familia, o lo más parecido a ésta que pudiera tener una víbora como Sali. "¿Tienes hambre?"
"Podría comer algo", concedió Brian. De modo que anduvieron un poco más. Se dirigieron a Piccadilly, donde encontraron un sitio llamado Preí A Manger, que servía sándwiches y refrescos. Tras ausentarse del hotel durante cuarenta minutos, regresaron allí y Brian volvió a encender su computadora.
El mensaje del Campus decía: MISIÓN CUMPLIDA CONFIRMADO POR FUENTES LOCALES. MISION LIMPIA. proseguía: ASIENTOS CONFIRMADOS VUELO BA0943 PARTIDA HEATHROW MANANA 07:55 LLEGADA A MUNICH 10:45. BILLETES EN MOSTRADOR. Seguía una página de detalle que terminaba con un FIN.
"De acuerdo", observó Brian. "Tenemos otro trabajo".
"¿Tan pronto?", a Dominic lo asombró la eficiencia del Campus.
A Brian no. "No nos pagan para que hagamos turismo, hermano':
"Sabes, debemos sacar a los gemelos de allí cuanto antes", observó Tony Davis.
"Si mantienen su fachada, no es necesario", dijo Hendley.
"Si alguien los reconociera por un motivo u otro… sería mejor que no estuvieran allí. No se puede interrogar a un fantasma", señaló Davis. "Si la policía no tiene nada que rastrear, tendrá menos aún en qué pensar. Puede estudiar la lista de pasajeros de un determinado vuelo, pero si los nombres que buscan -suponiendo que estén a la busca de nombres- desarrollan sus actividades normales, no tienen más que una pared en blanco, donde no cuelga nada que se parezca a una evidencia. Mejor aún, si el rostro que pueden o no haber visto se evapora, entonces no tienen absolutamente nada, y lo más probable es que lo clasifiquen como testimonio de un testigo que, de todas formas, no era de fiar". Generalmente, no se sabe que los organismos policíacos consideran que los testimonios oculares son la menos confiable de todas las formas de evidencia criminal. Sus informes son demasiado volátiles y demasiado poco confiables como para ser útiles ante un tribunal.
"¿Y?", preguntó Sir Percival.
"Marcado aumento de CPK-MB y troponina, y el laboratorio dice que su colesterol era de doscientos trece", dijo el doctor Gregory. "Alto para una persona de esa edad. Ni rastros de droga alguna, ni siquiera aspirina. De modo que tenemos evidencia enzimática de un episodio coronario, y eso es todo por el momento':
"Bien, tendremos que abrirle el pecho", observó el doctor Nutter, "pero de todas formas había que hacerlo. Aun si el colesterol está alto, es joven para una obstrucción cardiovascular de gran escala, ¿no te parece?"
"Si tuviera que apostar señor, yo diría que se trató de intervalo QT prolongado o arritmia". Ambos dejaban poca evidencia post mortem, y éstas en un sentido negativo, desgraciadamente, pues ambas eran uniformemente fatales.
"Correcto". Gregory parecía un brillante joven graduado de la academia médica y, como todos ellos, excesivamente entusiasta. "Ahí vamos", anunció Nutter, cogiendo el gran bisturí de cortar piel. Luego emplearían los cortacostillas. Pero estaba bastante seguro de lo que encontraría. El pobre desgraciado había muerto de falla cardíaca, causada por un súbito -e inexplicado- ataque de arritmia cardíaca. Pero fuera cual hubiese sido la causa, había sido tan letal como un tiro en el cerebro. "¿No hay más resultados del análisis toxicológico?"