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Su padre seguramente esté feliz de deshacerse de ese inútil, pensó Mohammed. "¿A quién tenemos para que verifique la causa de la muerte?"

"Ajmed Mohamed Hamed Alí vive en Londres. Tal vez mediante un abogado…"

"Buena idea. Encárgate de que así se haga". Una pausa. "¿Alguien se lo ha dicho al Emir?"

"No, no creo".

"Encárgate". Era un tema menor, pero así y todo, se suponía que debía estar al tanto de todo.

"Lo haré", prometió Ayman.

"Muy bien. Eso es todo, entonces". Y Mohammed apagó su celular. Estaba de regreso en Viena. Le gustaba esa ciudad. Para empezar, en una ocasión allí se habían encargado de los judíos, cosa que a muchos vieneses no parecía afligirlos demasiado. Además, era un buen lugar en que tener dinero. Había buenos restaurantes atendidos por personas que conocen la importancia de servir bien a sus superiores. La antigua ciudad imperial tenía mucha historia cultural que apreciar cuando estaba con ánimo de turista, lo que ocurría más a menudo que lo que uno imaginaría. Mohammed había descubierto que a menudo pensaba mejor cuando contemplaba algo sin relación con su trabajo. Hoy, tal vez un museo de arte. Por el momento, dejaría que Ayman se encargara del tedioso trabajo de rutina. Un abogado de Londres hurgaría en busca de información vinculada a la muerte de Uda y, como buen mercenario que sería, los haría saber de cualquier anormalidad. Pero a veces las personas simplemente morían. Las acciones de Alá no siempre eran fáciles de entender y nunca podían ser previstas.

Tal vez no tan aburrido. NSA envió unos mensajes más después de la hora de la comida. Jack hizo algunos cálculos mentales y decidió que al otro lado del charco atardecía. Los expertos en electrónica de los carabinieri -la policía federal italiana, que vestía uniformes muy coquetos- habían interceptado algunas comunicaciones, que enviaron a la embajada estadounidense en Roma y que de allí habían salido directamente por satélite a Fort Belvoir -principal enlace de comunicaciones de la costa este. Alguien llamado Mohammed había conversado con alguien llamado Ayman -sabían esto por la conversación grabada, que también había mencionado la muerte de Uda bm Sali, lo cual causó un "bingo" electrónico en varias computadoras, que llamó la atención de algún analista de inteligencia de señales e hizo que la embajada transmitiera la información de inmediato.

"¿Alguien se lo dijo a Emir? ¿Quién demonios es Emir?", preguntó Jack.

"Es un título nobiliario, como duque o una cosa de ésas", respondió Wills.

"¿Cuál es el contexto?"

"Aquí", dijo Jack tendiéndole una hoja impresa.

"Parece interesante". Wills se volvió y buscó EMIR en su computadora, obteniendo sólo una referencia. "Según esto, es un nombre que apareció hace aproximadamente un año en una escucha telefónica, contexto incierto, nada significativo desde entonces. La Agencia cree que puede tratarse de un código para designar a un operador de nivel intermedio de su organización".

"En este contexto, me parece que es más que eso", pensó Jack en voz alta.

"Tal vez", concedió Tom. "Hay muchos de estos tipos a los que aún no conocemos. Langley probablemente lo atribuiría a alguien en una posición de supervisión", concluyó sin mucha confianza.

"¿Hay alguien aquí que hable árabe?"

"Hay dos tipos que aprendieron el idioma en la Universidad de Monterrey, pero no tenemos expertos en la cultura".

"Creo que vale la pena profundizar esto".

"Escríbelo, y veamos qué piensan. Langley tiene una cantidad de analistas interpretativos, algunos muy buenos".

"Hasta donde sabemos, Mohammed es el más importante de esa banda. Aquí está hablando de alguien que es superior a él. Debemos verificar quién es", dijo el joven Ryan con la mayor autoridad que pudo.

En cuanto a Wills, sabía que su compañero tenía razón. También, acababa de identificar en forma implícita el mayor problema del negocio de la inteligencia. Demasiado datos, demasiado poco tiempo para analizarlos. La mejor jugada sería fingir una pregunta de la CIA a la NSA y de la NSA a la CIA, en busca de algunas opiniones sobre este asunto en particular. Pero tenían que tener cuidado con eso. Se hacían millones de pedidos de datos, varias veces al día, y, debido a ese volumen, a nadie se le ocurría verificar la autenticidad de cada uno, pues a fin de cuentas, el enlace de comunicaciones era seguro, ¿verdad? Pero requerir los servicios de los analistas bien podía resultar en una llamada telefónica, lo cual requería tanto un número como una persona que atendiese el teléfono. Eso podía conducir a una filtración y las filtraciones eran lo único que el Campus no se podía permitir. De modo que las preguntas de esta naturaleza iban al piso superior. Tal vez dos veces al año. El Campus era un parásito en el cuerpo de la comunidad de inteligencia. No se suponía que tales criaturas tuviesen una boca para hablar, sino sólo para chupar sangre.

"Escribe tus ideas para Rick Bell, y él las discutirá con el senador", aconsejó Wills.

"Qué bien", gruñó Jack. Aún no había aprendido a ser paciente. Más importante, aún no había aprendido lo que es una burocracia. Hasta el Campus la tenía. Lo curioso es que si él hubiese sido un analista de nivel intermedio en Lanlgey, no habría necesitado más que tomar el teléfono, discar un número y hablar con la persona adecuada para suministrarle una opinión autorizada o lo más parecido a eso que hubiera. Pero esto no era Langley. De hecho, la CIA era muy buena para obtener y procesar información. Lo que no lograban resolver era cómo hacer algo efectivo con ésta. Jack escribió su solicitud y sus razones para hacerla, preguntándose qué resultaría de ello.

El Emir se tomó la noticia con calma. Uda había sido un subalterno útil, pero no importante. Tenía muchas fuentes de dinero para su operación. Era alto para ser árabe, no particularmente buen mozo, con nariz semita y piel cetrina. Su familia era distinguida y muy rica, aunque sus hermanos -eran nueve- controlaban la mayor parte de la fortuna familiar. Su casa en Riad era amplia y confortable, pero no era un palacio. Esos eran para la familia real, cuyos abundantes principitos se pavoneaban como si cada uno de ellos fuese rey en su tierra y protector de los Santos Lugares. Despreciaba en silencio a la familia real, a cuyos integrantes conocía bien, pero sus emociones estaban bien sepultadas dentro de su alma.

En su juventud, había sido más demostrativo. Se había vuelto al Islam al comienzo de su adolescencia, inspirado por un imán muy conservador, cuyas enseñanzas con el tiempo le causaron problemas, pero que había inspirado a toda una camada de seguidores e hijos espirituales. El Emir era simplemente el más inteligente de todos éstos. El también había voceado sus opiniones, con el resultado de que fue enviado a Inglaterra para educarse -en realidad, para alejado del país- pero en Inglaterra, además de aprender cómo era el mundo, había conocido una cosa totalmente novedosa. La libertad de palabra y de expresión. En Londres, ésta se practicaba sobre todo en Hyde Park Comer, una tradición de libre expresión que tenía una antigüedad de siglos, una suerte de válvula de escape para la población británica, que, como toda válvula de seguridad, meramente ventila los pensamientos problemáticos, que se dispersan en el aire en vez de echar raíz. En América, el equivalente eran los medios de prensa radicalizados. Pero lo que lo impactó tanto como si hubiera visto una nave llegada de Marte era que la gente pudiera cuestionar al gobierno en los términos que quería. Se había criado en una de las última monarquías absolutas del mundo, donde hasta la tierra del país pertenecía al rey y la ley era lo que el monarca reinante decía que era -ligada, si no explícitamente, sí en esencia al Corán y a la Sharia, la tradición legal islámica, que se remontaba al mismísimo profeta. El Islam no tenía Papa ni una auténtica jerarquía filosófica según la entienden otras religiones, por lo tanto tampoco un cánon de aplicación generalmente aceptado. Los chiitas y los sunnitas peleaban a menudo -siempre- respecto de ese tema, y aun dentro del Islam sunnita, los wahabíes -principal secta del reino- adherían a una muy severa versión del credo. Pero para el Emir esta aparente debilidad del Islam era su atributo más útil. Sólo le hacía falta convertir algunos musulmanes individuales a su sistema de creencias particular, lo cual era notablemente fácil, ya que no había que salir en busca de esas personas. Se hacían notar hasta el punto en que andaban voceando sus identidades.