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Y la mayor parte de ellos eran personas educadas en Europa o en los Estados Unidos, donde su origen extranjero los hacía segregarse para poder contar con un cómodo lugar donde tener una identidad propia, de modo que construían sobre un cimiento de discriminación que había llevado a muchos de ellos a una ética revolucionaria. Ello era particularmente útil, dado que, en el ínterin, habían adquirido un conocimiento de la cultura del enemigo que era vital para herir los puntos más vulnerables de éste. Las conversiones religiosas de estos individuos habían sido, por así decido, inevitables. Una vez hecho esto, sólo era cuestión de identificar sus objetos de odio -es decir, las personas a quienes hacían responsables de su descontento juvenil- y decidir cómo eliminar a sus enemigos autogenerados, de a uno o mediante grandes golpes efectistas, atractivos para su sentido de lo teatral, más que para su escasa comprensión de lo real.

Y cuando triunfasen, el Emir, como lo llamaban sus seguidores, sería el nuevo mahdí, el árbitro final del movimiento islámico mundial. Pensaba lidiar con las disputas intrarreligiosas (por ejemplo, sunnitas contra chiítas) mediante una fatwa o pronunciamiento religioso de amplios alcances que llamara a la tolerancia. Ello les parecería admirable incluso a sus enemigos. Al fin y al cabo ¿no había una centena o más de sectas cristianas que habían prácticamente terminado con sus disputas internas? Hasta podía reservarse la posibilidad de ser tolerante hacia los judíos, aunque debía ahorrarse esa jugada para sus últimos años, una vez que ya estuviese establecido en la sede de su poder, probablemente un palacio de adecuada humildad en las afueras de la ciudad de La Meca. La humildad era una virtud útil para la cabeza de un movimiento religioso, pues como había afirmado el pagano Tucídides, antes incluso del Profeta, entre todas las manifestaciones de poder, la que más impresiona a los hombres es la mesura.

Ése era su mayor desafío, lo que quería lograr. Requeriría tiempo y paciencia, y su éxito no estaba garantizado. Era una pena que tuviera que valerse de fanáticos, cada uno de los cuales tenía su propio cerebro y sus propias y decididas opiniones. Era concebible que tales personas se rebelaran y pretendieran reemplazado con conceptos religiosos propios. Tal vez hasta creyeran en sus propias ideas -tal vez eran verdaderos fanáticos, como lo fue el propio profeta Mahoma, pero Mahoma, la bendición y la paz sean con él, había sido el más honorable de los hombres, y había combatido buena y honorablemente contra los paganos idólatras, mientras que sus esfuerzos se dirigían en particular a la comunidad de los Creyentes. ¿Era él, entonces, un hombre honorable? Una pregunta difícil. ¿Pero no necesitaba el Islam ser incorporado al mundo moderno, salir de la prisión de lo antiguo? ¿Quería Alá que quienes creían en El permanecieran para siempre en el siglo VII? Ciertamente no. Alguna vez, el Islam fue el centro de la erudición humana, una religión evolucionada y estudiosa que, desgraciadamente, había perdido el rumbo de la mano del gran Jan, y luego había sido oprimida por los infieles de Occidente. El Emir creía en el Santo Corán y en las enseñanzas de los imanes, pero no era ciego al mundo que lo rodeaba. Tampoco lo era a los hechos de la existencia humana. Quienes tenían poder, lo guardaban celosamente, y eso poco tenía que ver con la religión, porque el poder era una droga en sí mismo. y la gente necesitaba algo -o mejór alguien- para seguir si es que quería evolucionar. La libertad, según la idea europea y estadounidense, era demasiado caótica -también había aprendido eso en Hyde Park Comer. Tenía que haber orden. y él era el adecuado para proveerlo.

De modo que Uda bm Sali había muerto, pensó tomando un sorbo de jugo. Gran desgracia para Uda, pero una irritación menor para la Organización. La Organización tenía acceso, si no a un mar de dinero, a una cantidad de confortables lagos, uno de los cuales era el que Uda administraba. Su vaso de jugo de naranja cayó al suelo, pero afortunadamente no manchó la alfombra. Eso no requería que él hiciese nada, ni siquiera que diera una orden.

"Ajmed, es una noticia triste, pero no es de gran importancia para nosotros. No haremos nada".

"Se hará como usted diga", respondió respetuosamente Ajmed Musa Matwali. Apagó su teléfono. Era un teléfono donado, comprado de un ladrón callejero con el exclusivo propósito de hacer esa llamada, y lo arrojó a las aguas del Tiber desde el puente Sant'Angelo. Era la medida de seguridad canónica para hablar con el gran comandante de la organización, cuya identidad sólo conocían unos pocos, todos ellos creyentes muy devotos. En los niveles superiores, la seguridad era estricta. Todos habían estudiado manuales para oficiales de inteligencia. El mejor había sido uno que le compraron a un ex oficial de la KGB, quien murió tras venderlo, porque así estaba escrito. Sus reglas eran simples y claras y ellos no se desviaban ni un ápice de ellas. Otros se habían descuidado y su imprudencia les costó cara. La ex Unión Soviética había sido un enemigo odiado, pero sus esbirros no eran tontos. Sólo infieles. Los Estados Unidos, el Gran Satán, le habían hecho un gran favor al mundo al destruir esa nación monstruosa. Claro que sólo lo habían hecho en propio beneficio, pero también eso estaba escrito por la Mano de Dios, pues había resultado favorable para los creyentes y ¿qué hombre podía hacer mejores planes que Alá?

CAPÍTULO 19 Cerveza y homicidio

El vuelo a Munich fue como una seda. La aduana alemana era formal pero eficiente y un taxi Mercedes Benz los llevó al hotel Bayerischer.

Su próximo sujeto era alguien llamado Anas Alí Atef, supuestamente de nacionalidad egipcia, con título de ingeniero civil, profesión que no ejercía. Aproximadamente un metro setenta y siete de altura, unos sesenta y cinco kilos de peso, rasurado. Cabello negro, ojos castaño oscuro, supuestamente hábil en combate sin armas y bueno con la pistola, si es que tenía una. Se suponía que se trataba de un correo enemigo, que también se dedicaba a reclutar nuevos talentos, uno de los cuales, por cierto, había resultado abatido en Des Moines, Iowa. Tenían una dirección y una foto en sus laptops. Andaba en un Audi TI color gris buque de guerra. Hasta tenían el número de matrícula. El problema era que vivía con una alemana llamada Trudl Heinzl, de quien supuestamente estaba enamorado. También había una foto de ella. No era exactamente una modelo de Victorias Secret, pero tampoco estaba nada mal- cabello castaño, ojos azules, uno setenta, unos cincuenta y cuatro kilos. Bonita sonrisa. Una pena, pensó Dominic, que su gusto en materia de hombres fuese cuestionable, pero ése no era su problema.

Anas concurría regularmente a una de las pocas mezquitas de Munich, convenientemente ubicada a pocas cuadras del edificio de apartamentos donde vivía. Tras registrarse en el hotel y cambiarse de ropa, Dominic y Brian tomaron un taxi hasta ese vecindario y dieron con una muy buena Gasthaus -café y parrilla- con mesas al aire libre desde donde se podía vigilar la zona.

"¿Todos los europeos se sientan a comer en la acera?"se preguntó Brian.

"Probablemente sea más fácil que ir al zoológico", dijo Dominic.

El edificio de apartamentos tenía cuatro pisos y era un cubo de cemento, pintado de blanco, con techo plano pero que recordaba extrañamente al de un granero. Tenía un aspecto notablemente limpio, como si en Alemania lo normal fuera que todo estuviese tan limpio como un quirófano de la clínica Mayo, pero eso no tenía nada de objetable. Hasta los autos eran más limpios aquí que en los Estados Unidos.