"Cancelemos, será mejor atraparlo a la salida".
"De acuerdo". y ambos se volvieron a la izquierda para mirar la vidriera de un sombrerero. Lo oyeron -casi sintieron- pasar junto a ellos "¿Cuánto crees que tardará?"
"No tengo ni idea. Hace un par de meses que no voy a la iglesia".
"Qué bien", gruñó Brian. "Mi propio hermano es un apóstata".
Dominic sofocó una carcajada. "Siempre fuiste el monaguillo de la familia".
Y en efecto, Atef y su amigo entraron. Era la hora de la oración diaria, el Salat, el segundo de los Cinco Pilares del Islam. Se inclinarían e hincarían en dirección a La Meca, musitando ciertas frases del Santo Corán y reafirmando así su fe. Al entrar, se quitaron el calzado, y vieron, para sorpresa de Yasin, que la mezquita tenía cierta influencia alemana. En la pared del atrio había cubículos individuales para el calzado, numerados para evitar confusiones… o robos. Esto habría sido muy raro en un país musulmán, pues las penas islámicas para el robo eran muy severas, y hacerla en la Propia Casa de Alá hubiese sido una deliberada ofensa a Dios Mismo. Luego, ingresaron en el recinto de la mezquita propiamente dicha, y allí se inclinaron ante Alá.
No les llevó mucho tiempo y reafirmar sus creencias religiosas produjo una suerte de refresco en el alma de Ated. Luego, finalizaron. Su amigo y él regresaron al atrio, recogieron sus zapatos y salieron a la calle.
No fueron los primeros en salir, y los dos estadounidenses ya los esperaban. Ahora, sería cuestión de ver hacia dónde irían. Dominic vigilaba la calle, atento a la presencia de algún agente de inteligencia o de la policía, pero no vio a ninguno. Contaba con que su objetivo se dirigiría hacia su apartamento. Brian fue en dirección opuesta. Parecía que unas cuarenta personas se habían congregado para orar. Al salir, se dispersaron en todas direcciones, solos o en grupos. Dos se pusieron al volante de sendos taxis -que, presumiblemente, les pertenecían- y partieron en busca de pasajeros. Esta categoría no incluía a sus correligionarios, que probablemente fueran en su mayoría modestos trabajadores que caminaban o tomaban transporte público. Ello no los hacía antipáticos a los ojos de los gemelos, quienes se acercaban, ni muy rápida ni muy obviamente. Entonces, el objetivo y su compañero salieron.
Giraron a la izquierda, directamente hacia Dominic, que estaba a treinta metros de ellos.
Desde donde estaba, Brian veía todo. Dominic sacó el bolígrafo dorado del bolsillo interior de su chaqueta de corte alemán, girando furtivamente la punta para armarlo, luego teniéndolo en su mano como para acuchillar de arriba abajo. Fue al encuentro de su presa…
Fue un espectáculo de perversa belleza. A sólo seis pies de distancia, Dominic pareció tropezar con algo y cayó directamente sobre Atef. Brian ni siquiera vio el pinchazo. Atef y su hermano cayeron, y la caída seguramente enmascaró la sensación del pinchazo. El amigo de Atef ayudó a ambos a incorporarse. Dominic se disculpó y siguió su camino, mientras Brian continuó siguiendo al blanco. No había visto el fin de Sali, de modo que esto le provocaba una tétrica curiosidad. El sujeto caminó unos quince metros más y se paró en seco. Debe de haber dicho algo, pues su amigo se volvió como para hacerle una pregunta, justo a tiempo para ver cómo caía Atef. Estiró un brazo como para protegerse el rostro del impacto, pero luego todo su cuerpo quedó exangüe.
El otro estaba claramente atónito por lo que veía. Se inclinó a ver qué ocurría, primero desconcertado, luego preocupado, finalmente en pánico, dando vuelta el cuerpo y hablándole a gritos a su compañero. En ese momento, Brian pasó junto a ellos. El rostro de Atef era inmóvil e inexpresivo como el de un muñeco. Su cerebro funcionaba, pero no podía abrir los ojos. Brian se quedó allí aproximadamente un minuto, luego se alejó, pero haciéndole señas a un alemán que pasaba de que prestara asistencia, cosa que el otro hizo, extrayendo un teléfono celular del bolsillo y marcando un número. Probablemente estuviera llamando a una ambulancia. Brian caminó hasta la siguiente esquina y se volvió a observar, controlando su reloj. La ambulancia llegó en seis minutos y medio. Los alemanes estaban realmente bien organizados. El bombero enfermero verificó si había pulso y alzó la vista con sorpresa primero, alarma después. Su compañero sacó una caja del vehículo y, mientras Brian miraba, entubaron a Atef y le suministraron oxígeno. Evidentemente, los dos bomberos estaban bien entrenados y claramente estaban repitiendo un proceso que habían ensayado muchas veces y que probablemente habían empleado otras muchas en la calle. Ante la emergencia, no metieron a Atef en la ambulancia, sino que le dieron el mejor tratamiento posible allí donde estaba.
Brian vio en su reloj que llevaba diez minutos caído. Atef ya había muerto cerebralmente y nada podrían hacer por él. El oficial de infantes de marina giró a la izquierda y caminó hasta la siguiente esquina, donde tomó un taxi, chapurreando el nombre del hotel que, de todas formas, el conductor supo interpretar. Cuando llegó, Dominic estaba en el vestíbulo. Juntos, se dirigieron al bar.
Lo bueno de matar a un tipo que recién salía de la iglesia era que tenían la razonable certeza de no haberlo enviado al infierno. Al menos, eso aligeraría un poco sus conciencias. La cerveza también ayudaba.
CAPÍTULO 20 El sonido de la caza
Las 14:26 de Munich equivalían a las 8:26 del horario estándar Este en el Campus. Sam Granger llegó temprano a su oficina, preguntándose si tendría algún mensaje de correo electrónico. Los gemelos trabajaban rápido. No tanto como para ser imprudentes, pero ciertamente estaban haciendo uso de la tecnología con que se los había equipado, y no malgastaban ni el tiempo ni el dinero del Campus cuando operaban. Ya tenía el objetivo número tres para enviarles por Internet, por supuesto que codificado. A diferencia de lo ocurrido con Sali en Londres, esta vez no podía contar con una noticia "oficial" con respecto a esta muerte por parte del servicio de inteligencia alemán, el Bundesnachrichtensdienst, que se había ocupado poco de Anas Alí Atef. En todo caso, sería un caso para la policía de la ciudad de Munich, más probablemente para el forense local – un ataque cardíaco más en un país en el que demasiadas personas fumaban y comían alimentos grasoso.
El mensaje de correo electrónico, originado en la computadora de Dominic, llegó a los 8:43. Reportaba el exitoso golpe en considerable detalle, casi como si se tratara de un reporte investigativo oficial del FBI. El hecho de que Atef estuviese acompañado de un amigo probablemente fuese favorable. Que uno de los suyos hubiera sido testigo de la muerte probablemente significara que la muerte del sujeto no despertaría sospechas. El Campus haría cuanto pudiera por obtener el informe oficial del fin de Atef, simplemente para asegurarse, aunque ello no sería fácil.
En el piso inferior, Ryan y Wills no sabían nada al respecto, por supuesto. Jack estaba inmerso en su diaria rutina de examinar el tráfico interno de mensajes de los servicios estadounidenses -lo que le llevaba más de una hora- y después, examinar el tráfico de mensajes vía Internet de direcciones electrónicas de sospechosos de terrorismo. La abrumadora mayoría de éstos era tan rutinaria que podían haberse tratado de comunicaciones entre esposo y esposa respecto de qué compra hacer en Safeway de regreso a casa desde el trabajo. Algunos de estos e-mails podían haberse tratado de mensajes significativos codificados, pero no había forma de saberlo sin un programa o una clave. Al menos un terrorista había usado "tiempo caluroso" para referirse a la presencia de severa vigilancia en algún punto de interés, pero los mensajes en cuestión habían sido enviados en julio cuando el clima realmente era demasiado cálido para resultar agradable. Y ese mensaje había sido copiado por el FBI e inicialmente el Buró no le había concedido importancia. Pero hubo un nuevo mensaje que pareció saltar de la pantalla hacia sus ojos.