Выбрать главу

—Tengo entendido que la señora Jarrow se encontraba en la casa de los Ravenscroft tres semanas antes del suicidio del matrimonio…

—Es verdad. También ella murió por entonces, en circunstancias trágicas. Sufría ataques de sonambulismo. Abandonaba por las noches su lecho y en una de sus nocturnas e inconscientes excursiones tuvo un accidente, cayendo por una escarpadura, a la que conducía un viejo camino. Su cadáver fue hallado al día siguiente… Bueno, estaba malherida, a decir verdad, y creo que falleció en el hospital, sin recobrar el conocimiento. Aquello fue un golpe tremendo para su hermana Molly, pero si quiere conocer mi opinión le diré que esa desgracia no pudo ser la terrible decisión del matrimonio, máxime si se tiene en cuenta que los dos se llevaban muy bien y vivían felices. El pesar que pueda experimentar una persona por la muerte de una hermana gemela raras veces induce al suicidio. Y menos a un doble suicidio.

—¿Y en el caso de que Margaret Ravenscroft se hubiese considerado culpable de la muerte de Dorothea? —inquirió Poirot.

—¡Santo cielo! ¿No irá usted a sugerir…?

—Cabe la posibilidad de que Margaret siguiese a su hermana y de que luego la empujase…

El doctor Willoughby movió enérgicamente la cabeza, denegando.

—Rechazo por completo tal hipótesis.

—Con la gente, uno no sabe nunca a qué atenerse —declaró Hércules Poirot.

Capítulo XV

EUGENE Y ROSENTELLE, ESTILISTAS DEL CABELLO Y ESPECIALISTAS EN BELLEZA

La señora Oliver, ya en Cheltenham, miró a su alrededor, haciendo un gesto de aprobación. Era la primera vez que estaba allí. A la señora Oliver le satisfizo mucho ver casas que merecían realmente ese nombre.

Volviendo mentalmente a sus años de juventud, se acordó de algunas personas que habían tenido amigos o parientes que residían en Cheltenham. Habitualmente, se trataba de jubilados del ejército y de la marina. Pensó que aquél era el lugar ideal para refugiarse tras una prolongada estancia en el extranjero. Todo hablaba allí de seguridad, de buen gusto. Era el marco ideal para la charla tranquila y cortés con el conocido o el vecino.

Después de asomarse a los escaparates de un par de tiendas de antigüedades, se dirigió al establecimiento que pretendía visitar, al que le había mandado Hércules Poirot, mejor dicho. Entró en él y miró a un lado y a otro. Cuatro o cinco personas se hallaban en manos de unas empleadas que trabajaban en sus cabellos. Una señora rechoncha se apartó de la cliente que estaba atendiendo, acercándose con un gesto interrogante.

—¿La señora Rosentelle? —preguntó la señora Oliver, consultando una tarjeta—. Ha dicho que podría atenderme si venia esta mañana. Mi consulta no es de tipo profesional, ¿sabe? Declaró por teléfono que si me presentaba aquí a las once y media podría dedicarme unos minutos.

—Sí. Creo que madame espera a alguien.

La empleada guió a la señora Oliver por un estrecho pasillo. Bajaron unos peldaños y la primera abrió una puerta. Desde el salón de peluquería habían pasado, evidentemente, al hogar de la señora Rosentelle. La empleada dijo ahora:

—Aquí se encuentra la persona que estaba usted esperando. —La mujer se volvió a la señora Oliver, inquiriendo con cierto nerviosismo—: ¿Qué nombre me ha dado usted?

—Señora Oliver.

Entró. La señora Oliver experimentó la impresión de que se adentraba en un gran escaparate. Las cortinas eran rosadas y dibujos de rosas tenía el papel de las paredes. La señora Rosentelle fue catalogada por la visitante como persona de su misma edad… o de muchos años. Había estado saboreando un café en los últimos momentos.

—¿Señora Rosentelle?

—Si.

¿Me esperaba usted?

—Sí, claro. No acabé de enterarme bien del todo de lo que había… Los teléfonos funcionan pésimamente. Viene usted bien. Dispongo de media hora libre. ¿Le apetece una taza de café?

—No, gracias —contestó la señora Oliver—. Quiero retenerla el tiempo estrictamente necesario. Deseo preguntarle algo sobre un asunto del cual quizá se acuerde. Lleva usted muchos años, según tengo entendido, en este negocio.

—Muchos, sí. En la actualidad, son las chicas quienes lo llevan, realmente. Yo no suelo hacer nada.

—Orientará a su clientela, a veces, sin duda.

—Bueno, eso sí que lo hago —repuso la señora Rosentelle, sonriendo.

El rostro de la señora Rosentelle era agradable y de inteligente expresión. Sus oscuros cabellos aparecían muy bien arreglados. Unos atinados toques grises daban un aspecto elegante a su cabeza.

—Quiero hacerle a usted una pregunta referente a las pelucas…

—Antes trabajábamos con ellas más que ahora.

—Usted estuvo establecida en Londres, ¿no?

—Sí. Primeramente, en Bond Street. Luego nos trasladamos a Sloane Street. Tras esa experiencia, resulta muy agradable vivir en el campo. ¡Oh, sí! Mi marido y yo nos sentimos muy a gusto aquí. Dirigimos un pequeño negocio y tocamos poco el renglón de las pelucas… No obstante, mi esposo asesora en este terreno a algunos hombres que recurren a él por haberse quedado calvos, suministrándoles las que necesitan. Los cabellos influyen decisivamente en el aspecto personal de la gente y hay profesiones en las que es preciso cuidar tal detalle.

—Ya me lo imagino —repuso la señora Oliver.

Añadió unas cuantas cosas más a propósito de aquello, mientras se preguntaba cómo podía abordar el tema que a ella le interesaba. Experimentó cierto sobresalto cuando la señora Rosentelle, de pronto, se inclinó hacia su sillón, preguntándole:

—Usted es Ariadne Oliver, ¿verdad? ¿La novelista?

—Sí —replicó la señora Oliver, haciendo el gesto habitual en ella en tales circunstancias—. Efectivamente, yo escribo novelas.

—Me gustan mucho sus libros. He leído la mayor parte de ellos. Me complace mucho verla en mi casa. Dígame ahora en qué puedo servirla.

—Bueno, lo que yo quería era hablar con usted de pelucas y referirme a algo que pasó nace muchos años, acerca de lo cual es posible que usted no recuerde nada.

—Pues, no sé… ¿Está usted pensando en las modas de hace ya algún tiempo?

—No. Quiero referirme a una mujer, a una amiga mía (fuimos condiscípulas) que después de casarse se fue a vivir a Malaya, regresando posteriormente a Inglaterra. Hubo una tragedia más tarde y una de las cosas que más sorprendieron a los que investigaron el caso fue que hubiese sido propietaria de varias pelucas. Me parece que le fueron proporcionadas por su firma…

—¿Ah? Una tragedia… ¿Cómo se llamaba su amiga?

—Su nombre de soltera era Margaret Preston-Grey. De casada, lady Ravenscroft.

—¡Oh! Pues sí, sí que me acuerdo de lady Ravenscroft. Me acuerdo de ella perfectamente. Era muy agradable y de buen ver todavía. Sí. Su esposo era coronel, o general, no sé… Cuando él se retiró se fueron a vivir a… No me acuerdo de este detalle…

—Luego se produjo el hecho que todo el mundo consideró un doble suicidio —apuntó la señora Oliver.

—Sí, sí. Recuerdo haber leído algunas informaciones sobre el suceso. Lo comentamos. El periódico que comprábamos entonces habitualmente publicó las fotografías del matrimonio. Yo a él no lo conocía… Pero a lady Ravenscroft la identifiqué en seguida, como clienta nuestra que era. Fue muy triste aquello. Oí decir que ella tenía un cáncer y que no pudiendo abrigar la menor esperanza de curarse los dos se sintieron desesperados. Esto fue en líneas generales todo lo que supe. ¿Y qué cree que puedo decirle más sobre el caso?