– Ajá.
Ella dijo «ajá», y se sintió tonta por no ser capaz de decir cualquier otra cosa, de modo que siguió bebiendo hasta que las piernas le temblaron de deseo por Ulises.
Hizo el amor con él, un hombre alto y solícito, y casi desconocido. Su sangre hervía como si la hubiesen puesto a calentar a fuego vivo. Dejó escapar risitas tontas, y sintió un goce animal, que apenas si era una sombra de aquella felicidad primera -tan inocente y simple-, del día de su boda, pero que la reconfortó y la vivificó hasta sofocarla.
Nunca le había sido infiel a Pedro hasta ese día. Quizás no volvería a engañarlo otra vez. Pero se dio cuenta de lo mucho que había necesitado esa novedad en su vida. Aquel encuentro era exactamente lo que podría llamarse «una ilusión», y ella sabía que era pasajera. Pero, ¿qué más daba si aquello no era felicidad, sino solamente placer? Hacía mucho tiempo que no notaba de manera tan clara y rotunda cómo la vida vibraba en torno a ella.
Estaba viva, era verdad. ¡Sí, Dios Santo! Y justo ahora, cuando ya había dejado de creer en los milagros.
Cuando terminaron, Luz estaba tan satisfecha como agradecida. Pese a todo le dijo a Ulises que aquélla era la primera y la última vez. Que pensaba en su marido (y un poco también en sus hijos).
– Bueno, como tú quieras. Eres tan guapa, tan perfecta -respondió él, y escondió su cara entre la axila derecha de la mujer, donde la piel era tan fina que parecía que iba a quebrarse con sólo acariciarla-. Entonces, ¿hacemos el amor por última vez una última vez más?
Un par de horas más tarde, Luz volvió a casa. Entró en el dormitorio que compartía con su marido. El piso estaba vacío, aún no habían regresado ni Pedro ni sus hijos. Se desnudó, se tumbó en la cama y se olió con cuidado la piel de los brazos y la de las rodillas. Al rato se levantó, fue hasta el cuarto de baño y sacó varios frascos de pastillas de un bolsito de viaje lila. Tiró las píldoras al retrete y descargó la cisterna sobre ellas. Después se dio un largo baño, lleno de sales, esencias y perfumes. Estiró las piernas dentro del agua, y le sonrió como una idiota al vacío de azulejos de la pared.
ESCENAS CONYUGALES DE UN FILÓSOFO
Preguntado Sócrates si era mejor casarse
o no casarse, respondió: «Hagas lo que hagas,
te arrepentirás. (…) Pero cásate, si tu matrimonio
sale bien, serás feliz; y si sale mal, serás filósofo».
DIÓGENES LAERCIO,
Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres
Vili se sentía un poco mareado aquella tarde, y la culpa seguro que no era del tiempo -violento, frío y tempestuoso, igual que su vida doméstica.
Tenía la extravagante sensación de que vivía en un profundo pozo de potencial. Las cosas no marchaban en su matrimonio todo lo bien que él quisiera. Valentina, su mujer, estaba perdiendo el control, no le cabía duda.
Sentado en su cómodo sillón orejero, de piel de buey, tenía la revista femenina Elle entre las manos, que ojeaba intranquilo. A veces, anotaba algo en ella, con un rotulador Pilot de color celeste, o le añadía un alegre bigote a alguna de las espléndidas modelos de las fotografías, que posaban con un vestuario exquisito y terriblemente caro.
Desde su enorme ático en la Gran Vía podía ver la lluvia cayendo como una implacable cortina de oscuridad sobre el incesante tráfico de la calle.
Dejó la revista y cogió otra de encima de la mesa, ésta de aspecto penoso -una de las muchas que compraba su mujer sobre las maldades que el sexo masculino perpetraba contra el angelical sexo femenino-, en cuya portada podía leerse que la penetración (se refería a la sexual) era un acto de profanación e irresponsabilidad machista, equivalente al que supondría, para un creyente católico, el hecho de orinar dentro de las pilas de agua bendita que hay a la entrada de las iglesias y, luego, escapar corriendo.
Arrugó el ceño con preocupación.
Repasó deprisa algunos artículos enfermizos que trataban de divulgar la infamia de que los hombres eran un lujo superfluo del reino natural, bastante costosos para las pobres mujeres, con lo que más valía irlos eliminando de la faz de la Tierra para conquistar cuanto antes un paraíso de promisión repleto de amazonas, liberadas por fin de las inmundicias de los penes y de todas las circunstancias que rodean a éstos, que -según las autoras de las delirantes crónicas, escritas con abundantes faltas de ortografía- suelen ser muchas y a cuál más indigna.
Suspiró con resignación y, sin darse cuenta, se puso a contestar un test titulado «¿Estás satisfecha de tus hormonas?».
A la pregunta «¿Tienes miedo de la menstruación?», Vili marcó sin dudarlo la casilla correspondiente a «Sí, muchísimo», pasando por alto las de «Bastante», «Sólo un poco» y «Nada en absoluto».
Cuando llegó a la tercera pregunta, Valentina entró en el salón, como siempre, hecha una furia. Vili se preguntó de dónde sacaría, a sus cincuenta y cinco años, la energía suficiente para alimentar tanto resentimiento contra el mundo en general, y contra él en particular.
Ya no quedaba nada de aquella mujer que conociera hacía treinta años, una dulce madre soltera parecida a la Connie Selleca de los buenos tiempos de Hotel, con los ojos chispeantes de alegría de vivir, y los labios húmedos, entreabiertos a la caricia. Podría haber pasado, en aquel entonces, por un anuncio de Coca-Cola. ¡Y era tan bella!
Ahora, todavía guardaba restos de su belleza. Pero ella era incapaz de darse cuenta, y disfrutarlo. Y sus ojos, pensó Vili, brillaban de cólera, tan claros como una diarrea, e igual de transparentes. Cuando se enfadaba -o mejor: habría que decir cuando se levantaba por las mañanas-, la ira la volvía tan fea que no parecía una mujer fea, sino un hombre feo.
Valentina, la misma que fuera en algún momento la luz de su vida, se había transformado día a día, ante sus propios ojos, en su mayor contrariedad.
En fin, Vili pensó que si Sócrates había sufrido, como una disciplina, las mortificaciones domésticas de su esposa Jantipa, él también podría lograr sobrellevar con entereza la cotidiana crueldad de Valentina.
Ah, cómo comprendía al hijo de Sofronisco, el escultor, y de la comadrona Fainerete, al viejo Sócrates, que probablemente fue tan gordo como él mismo, y quizá muchísimo más feo, que luchó a golpe de mayéutica y de ironía con una caterva de trastornados que concluyeron que lo mejor para el filósofo septuagenario era que se tomase un cóctel de cicuta, por si su mujer no lo tenía ya lo bastante envenenado.
Valentina pasó por su lado dando zancadas, con sus zuecos de campesina y su falda de flores, dejando un penetrante rastro a perfume de Arman¡ que le golpeó la nariz igual que un latigazo. Se sirvió un vaso de vodka Absolut Citrón y lo apuró de un trago. Había leído no se sabía dónde -seguro que en un libro de Kant no-, que las modelos bebían vodka, y había sacado la descabellada conclusión de que el vodka no engordaba. Lo bebía a todas horas desde entonces, y Vili no sabía si eso era todo lo bueno que debía ser para ella, incluso aunque la endemoniada bebida no engordara.
– ¿Qué piensas? -señaló a Vili con el vaso que acababa de vaciar.
– La verdad es que he pensado mucho y he llegado a un punto en que… ya no sé qué pensar -dijo él, calándose las gafas y volviendo al cuestionario de la revista.
– Seguro que estás mirando mis revistas y pensando que sólo leo basura. ¡Ja! Como si lo viera. Es como si viera a tus pequeñas y sucias neuronas cuchicheando unas con otras sobre mí.
– Valentina, no empieces.
– ¿Que no empiece? ¿Qué se supone que he empezado?
– No se puede, no se puede y no se puede…
– ¿Qué no se puede?
– Vivir así. Cada día lo mismo. Un pugilato entre tú y yo. Una guerra sin sentido. ¿No es preferible que nos llevemos bien? ¿No saldríamos ganando los dos? Aunque cada uno haga su vida al margen del otro. Sabes que yo te quiero, Valentina. Siempre lo has sabido, ¿por qué me haces esto?
– ¿Sabes, Vili? Cuando te conocí, hace ya más tiempo del que me gustaría, me pareciste un hombre inteligente y misterioso. ¿Sabes cuál fue mi error?
– No, no lo sé.
– Que me acosté contigo. Chúpale la polla a un hombre y destruirás todo su encanto en un periquete. La admiración es la base del respeto, pero el trato carnal acaba pronto con cualquier tipo de admiración que una pueda sentir por un macho humano.
– Te pedí que fueras mi mujer, y entonces la idea te gustó.
– Sí, entonces. Ahora, ser tu mujer no me hace ninguna gracia, ¿lo sabías?
– Empiezo a sospecharlo. Pero creo que yo no soy el problema, Valentina, el problema está dentro de ti, hay algo dentro de ti que te está emponzoñando, que sólo puede estar en tu interior, porque yo creo…
La mujer se dio media vuelta y se acercó a las enormes ventanas, por las que entraba la luz rojiza de los neones de la calle matizada por la negrura con que la lluvia impregnaba el aire.
– ¡Ja y ja! ¡Tú crees! ¡Tienes un Credo y todo!
– Lo que quiero decir es… -Vili suspiró hinchando el pecho de aire, con calma. No trataba de hacerse la víctima, pero tenía la odiosa sospecha de que lo era, la verdad.
– ¡Ja y ja y ja! -lo interrumpió Valentina, volviéndose hacia él-. Escucha lo que te digo. Tengamos en cuenta que yo soy una mujer, ¿vale? Mis cromosomas son XX. Y ahora no olvidemos que tú eres un hombre, ¿de acuerdo? Por eso tus cromosomas son XY Ésos son los cromosomas de los machos, querido. Pero tengamos también en cuenta que el cromosoma Y, el cromosoma masculino, es prácticamente un residuo genético que sólo contiene algunas órdenes para fabricar los testículos. Tus testículos, por ejemplo, además de todo ese montón de testículos que andan rodando por ahí, abarrotando el mundo y embruteciéndolo un poco más cada día, como si no fuese lo bastante complicado por sí solo. De este modo… -Valentina tomó aire, un poco exhausta y desgañitada-, estando así las cosas, ¿por qué iba yo a querer oír nada de lo que tú tengas que decir?