La vida, pensó mientras golpeaba los lustrosos flancos de Dodger con los tacones de sus botas, podía estar transcurriendo agradablemente cuando de pronto el camino se cerraba, y de pronto tenías que viajar en otra dirección. Se preguntaba si la Novia Virgen había visitado a su madre. Muy probablemente. ¿Habría visitado a James? Bueno, muy pronto lo sabría.
Se preocupó, montó y deseó poder usar la ventana de los espíritus. Debía ser más rápida.
Al sexto día, condujo a un cansado Dodger más allá de los sólidos escalones frontales de Northcliffe Hall hacia los establos.
Lovejoy, un joven de dieciséis veranos, y el mozo de cuadra favorito de Dodger, salió corriendo, aullando:
– ¡Mi glorioso muchachote! ‘Stás en casa, ‘stás en casa, finalmente. Ah, mírate tu pelaje, todo sucio y lleno de rosetas.
Jason dijo, sonriendo a Lovejoy:
– ¿Estás hablando conmigo o con mi caballo, Lovejoy?
– Dodger es el muchacho mío, amo Jason. Es su má quien lo recibirá todo bien y apropiadamente.
Dodger, de un metro sesenta y cinco, negro como una noche negra sin luna excepto por el rayo blanco en su hocico, relinchó, metió la cara en el rostro de Lovejoy y lamió su camisa rancia.
Cuando Jason entró en Northcliffe Hall, se detuvo y miró alrededor. No parecía haber nadie por allí. ¿Dónde estaba Hollis? Hollis siempre estaba cerca de la puerta de entrada. Oh, no, estaba enfermo, o habría muerto. No, Jason no podía soportar eso. Sabía que Hollis era más viejo que el roble en que había tallado sus iniciales en el jardín este, pero él pertenecía aquí, en Northcliffe Hall, vivo y regañando y calmando a todos.
– ¡Mi dulce muchacho! ¡Estás en casa! Oh, Dios santo, qué sucio estás. No te esperaba durante otra semana. ¿Cuál es el problema?
– ¿Dónde está Hollis? ¿Se encuentra bien?
Su madre dijo:
– Pues sí, Jason. Creo que está en la aldea. Ah, estoy tan feliz de que estés en casa. Ahora, ¿qué sucede?
Hollis estaba vivito y coleando, gracias a Dios. Y Lovejoy tenía razón. Su madre le había dado una bienvenida apropiada. Jason se adelantó para abrazar a su sonriente madre. Le dijo al oído:
– La Novia Virgen me dijo que viniera a casa, dijo que hay problemas. Y vi el rostro de padre, así que tiene que ser él.
Su madre dio un paso atrás y lo miró.
– Oh, querido, es encantador tener la propia visita de uno confirmada, pero aun así, esto no es para nada bueno. Tu padre, sabes cómo se burla. -Ella golpeteó su mentón con la punta de sus dedos. -Bueno, ella fue a ti también. Tendremos que ver qué tiene para decir tu padre ahora.
Su padre difícilmente tuvo más que decir que:
– Comiste nabos en la cena, ¿verdad, Jason?
Él aseguró a su padre que no lo había hecho. Sabía que su padre quería preguntarle si había estado de juerga, pero no podía, no frente a su madre.
Su padre gruñó y lo despidió con un movimiento de la mano.
– Ve a tomar un baño. Te quitará toda la suciedad y con suerte pondrá tu cerebro en la senda correcta nuevamente.
En cuanto a James, oyó lo que Jason decía y luego replicó:
– No comprendo esto, realmente no. Hace que me duela el cerebro, Jase. Ella dijo que había problemas en casa, nada más, ¿y entonces viste a padre? Eso es exactamente lo que le hizo sentir a madre, pero madre no vio el rostro de padre, dijo que sólo supo que era él quien estaba en peligro. Tendremos que estar alerta. Ahora, acerca de esta Elanora, ¿le compraste ropas?
– ¿Ropas? -Las oscuras cejas de Jason se elevaron. -Bueno, no, no creo haberle comprado nada.
– Hmm. Me pregunto qué diría padre sobre eso -dijo James y se alejó, silbando.
No hubo señales de problemas hasta dos tardes después.
Douglas Sherbrooke estaba domando su nuevo castrado, Henry VIII, más malo que su madre cuando se le ocurría. Henry estaba corcoveando, parado sobre sus patas traseras, rotando, y Douglas lo estaba pasado bien cuando de pronto hubo un fuerte sonido de estallido. Henry corcoveó frenéticamente, y Douglas, distraído, fue arrojado de la montura sobre su espalda, en un lío de tejos bajos que cortó su caída. Él no se movió, simplemente yació allí, mirando el cielo azul de verano, evaluando sus partes. Alguien le había disparado en la parte superior del brazo. Sólo un rasguño, en realidad. Era la caída lo que podría haberlo matado. Admiraba los arbustos de tejos mucho más que en el pasado.
Se puso de pie, sintió el escozor en su brazo, miró alrededor buscando una señal del hombre que había efectuado el disparo y luego caminó hacia donde Henry estaba parado. El enorme caballo estaba asustado y sudando. Douglas envolvió su pañuelo alrededor del brazo, esperando que Henry no oliera la sangre.
Douglas le habló, lo tranquilizó lo mejor que pudo, se quitó la chaqueta de montar y lo frotó con ella. No sabía qué tendría para decir su ayuda de cámara, Peabody, sobre eso.
– Los dos estamos bien ahora, Henry. No te preocupes, muchacho, superamos esto. Voy a darte un lindo balde de avena cuando lleguemos a casa. En cuanto a mí, bueno, supongo que tendré que traer a ese miserable doctor Milton aquí, Alex lo exigirá. Entonces merodeará a mi alrededor, y no lo dirá, pero me mirará de ese modo que dice muy claramente “Te dije que ella dijo que tendríamos problemas. Dije que serías tú y tenía razón.” Ahora, la pregunta es, ¿quién me disparó y por qué? ¿Fue un accidente? ¿Algún cazador furtivo cuyo dedo se deslizó sobre el gatillo? Y si fue alguien que por alguna razón me odia, entonces, ¿por qué realizó un solo disparo? Eso parece mal concebido, ¿verdad, Henry, si iba tras de mí? Bueno, veamos si dejó algo atrás que pudiera ser útil.
Mientras montaba de regreso a Northcliffe Hall, con el brazo ardiendo, pensó nuevamente en la Novia Virgen y su advertencia.
Cuando atravesó la puerta del frente, oyó voces elevadas, varias de ellas, todas discutiendo. Cargaba con su chaqueta de montar, ya que estaba cubierta del sudor de Henry. Esperaba que nadie notara que tenía un pañuelo ensangrentado atado a la parte superior de su brazo.
Vio a Corrie Tybourne-Barrett parada en medio del vasto hall central, viéndose tan vergonzosa como un aldeano con sus ridículos y viejos pantalones y botas, ese viejo sombrero bien bajo sobre su frente, su trenza polvorienta colgando por su espalda. Sacudiendo el puño hacia ella estaba el señor Josiah Marker, dueño de un molino en el río Alsop.
– ¡Usté’ fue volando directo al molino, ese caballo de uste’ arrojando granos por todos lados! ¡Qué vergüenza, señorita! ¡Qué vergüenza!
Corrie le devolvió el grito, sacudiendo su propio puño ante el rostro del señor Marker.
– ¡No se atreva a decir que Darlene arrojó sus granos en ningún sitio, no lo hizo! Fue su hijo Willie, ¡ese pequeño sinvergüenza bueno para nada! ¡Lo golpeé cuando intentó besarme, y se está vengando! ¡Darlene no estaba cerca de su molino!
Douglas no levantó la voz, nunca tenía que hacerlo. Simplemente dijo:
– Cállense, todos. Eso es suficiente.
Se dio cuenta entonces de que Corrie, el señor Marker y cuatro sirvientes más estaban parados en el gran hall de entrada. ¿Dónde estaban sus hijos, su esposa, por el amor de Dios, incluso su condenada madre? ¿Dónde estaba Hollis, quien podría haberse ocupado de esto en cuestión de tres muy tranquilos segundos?
Hubo un silencio instantáneo, pero la furia vibraba en el aire. Douglas despidió a los sirvientes, y estaba volviéndose hacia el señor Marker cuando James entró por las puertas del frente, azotado por el viento, golpeando suavemente su fusta contra su muslo. Paró en seco.
– ¿Qué está sucediendo, padre? Corrie, ¿qué estás haciendo aquí?
El señor Marker comenzó a abrir la boca, pero Douglas simplemente levantó la mano.
– No, no más. James, ¿podrías por favor ocuparte de esto? Es una especie de venganza de un pretendiente desdeñado, deduzco.