Выбрать главу

— En la cárcel de Porlier, ¡mi coronel! — ordenó tajante.

— En la cárcel de Porlier, mi coronel.

— ¿Cuándo?

— Le trasladaron de la checa de Chamberí en mayo de 1938. Mi coronel.

Aunque el tribunal lo componían tres militares, el capitán Martínez y el alférez Rioboo dejaron de hacer preguntas y se relegaron en los respaldos de sus sillas otorgando con este gesto todo el protagonismo a su superior jerárquico.

Junto al acusado, que sólo el rigor del miedo lograba mantener enhiesto, el teniente Alonso, que ejercía cansinamente de secretario del tribunal, distraído por las respuestas del reo, interrumpió momentáneamente sus abigarrados dibujos de banderas superpuestas unas sobre otras creando un campo infinito de estandartes drapeados como si jamás hubiera existido el viento. Estaba sentado en un pupitre escolar y, quizá debido al mueble, mantenía una postura de alumno aplicado. Miró al coronel Eymar y, al no encontrar su mirada, inmediatamente se entregó de nuevo a la densa labor de sombrear la moharra que coronaba la pica de la última bandera dibujada. Era albino y grueso, cualidades éstas que suelen ser contradictorias pero que en este caso coincidían para dar al teniente Alonso cierto aspecto de muñeco de nieve.

— Y usted se llama…

Juan Senra dijo su nombre, calló su graduación y explicó que había pertenecido al cuerpo de enfermeros del servicio de prisiones. No era toda la verdad, pero no mentía. «En 1936 yo estudiaba en el conservatorio y tercero de Medicina y por eso me adjudicaron esté servicio. Mi coronel.»

Pero su coronel no le estaba prestando demasiada atención porque buscaba en la lista que tenía ante sus ojos el nombre del acusado. No estaba ganando tiempo, no lo necesitaba, pero quería saber algo más de ese vencido al que iba a condenar a muerte y había conocido a su hijo. Juan Senra Sama, masón, organizador del presidio popular, comunista, soltero y criminal de guerra. Nacido en Miraflores de la Sierra, Madrid, en 1906. Hijo de Ricardo Senra, masón, y de Servanda Sama, fallecida.

— ¿Y habló con él?

— Sí, en varias ocasiones. La última el día en que fue fusilado.

— ¡Mi coronel! — insistió el coronel a pesar de su zozobra.

— En varias ocasiones, mi coronel.

Y entonces el pensamiento turbio de Eymar cristalizó aristado y punzante como los añicos de la loza trizada. Todas las mañanas, cuando su mujer, Violeta, le ayudaba a calzarse el tabardo desvaído sobre sus desvaídas espaldas, le repetía «Acuérdate de Miguelito». Mientras su asistente le trasladaba en el sidecar hasta el tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo que presidía, pensaba en Miguelito. ¿Cómo iba a olvidar a Miguelito? El héroe de su estirpe que había muerto sólo para ser vengado.

El hábito de acortar los trámites procesales le impedía detenerse en sutilezas, porque la justicia militar se resuelve sin colores y, quizá por eso, se sonrojó cuando informó al reo de que Miguel Eymar era su hijo.

— ¿Y de qué habló?

— De usted, mi coronel.

— ¡De usía, mi coronel! — corrigió agriamente el militar desvencijado para dejar bien sentado que era juez antes que padre.

— De usía, mi coronel — repitió mansamente Senra.

El tiempo se detuvo unos instantes. Los tres miembros del tribunal permanecieron inmóviles, presos en un fogonazo de silencio y quietud que sólo desdecía un tenue temblor en la barbilla de Eymar. La nuez de Juan subiendo y bajando cada vez que buscaba saliva para aliviar la sequedad de su boca era lo único que se movía en aquella sala.

— ¿Y de la patria habló? ¿Habló de España? — preguntó sólo para disimular la ansiedad que trepaba por su garganta atiplando aquella voz autoritaria con los balbuceos que preceden al llanto.

Senra sintió cierto miedo al introducir algo de verdad en sus respuestas, como si el contraste pudiera delatarle, pero admitió que de España no, mi coronel. Y el tiempo recuperó su curso: el secretario albino volvió a dibujar banderas y los miembros del tribunal se miraron cómplices apoyados los tres en los respaldos de sus sillas concediéndose unos instantes para reflexionar. Habían interrogado y condenado a muerte a cientos de enemigos de la patria y a todos ellos se les había preguntado en algún momento si habían conocido a Miguel Eymar. La respuesta siempre había sido la misma y ahora, de repente, no sabían qué hacer con la contestación de Juan Senra.

El alférez Rioboo, meritorio de más altos designios, atajó con un oye tú, rojo de mierda, ¿quieres explicarte o te mandamos a la Almudena ahora mismo? Para terminar con una mirada sumisa al coronel buscando una aprobación que obtuvo emboscada en un silencio autoritario y perplejo.

El secretario inane ya no dibujaba banderas pero mantenía la mirada sobre los papeles que tenía en el tablero inclinado de su pupitre. Juan Senra también necesitaba tiempo para reconstruir un recuerdo sin memoria porque ni la debilidad ni el pánico conseguían que olvidase la verdadera historia de Miguel Eymar.

Una fotografía del general Franco con gorro cuartelero colgaba, sonriente y fiera, de la pared del fondo junto a un crucifijo de madera. Aquella sala vacía, antes aula escolar a juzgar por el enorme encerado que cubría la pared del fondo, recogía el sonido de una actividad enérgica en el exterior que se traducía en el eco incesante de portazos, órdenes tajantes y pasos apresurados. Pero allí dentro prevalecía el silencio. Los tres soldados de custodia permanecían como estatuas al fondo del aula, no como estatuas guerreras sino con la inmovilidad de la fatiga, sin épica.

Juan recordó demasiadas cosas al mismo tiempo y sintió demasiados miedos para seguir enhiesto. Apoyó una mano sobre el pupitre del secretario que estaba a su derecha, tratando de no dejarse llevar por el vértigo, pero un manotazo inmisericorde del ilustrador de estandartes le hizo perder el equilibrio y caer de costado sobre el cuaderno. Recibió otro golpe, esta vez en la espalda, mientras el albino le gritaba que tú firmes, hijo de puta. Podía haberlo hecho más rápidamente, pero se incorporó con una premiosidad dolorosa. Sí, señor, acertó a decir. Se dejó caer con la suavidad de los párpados del bebedor de éter y quedó tendido en el suelo, enrollado sobre sí mismo como un bejuco.

Hacía mucho frío.

En parte el hambre, en parte el dolor, en parte el miedo, en parte su condición de vencido, mantuvieron a Juan Senra en un estado de semiinconsciencia en el que penetraban los movimientos, pero no las palabras. Dos hombres le arrastraban por los pies hasta un lugar húmedo y oscuro donde había otras personas inmóviles. La puerta se cerró con estruendo y, antes de perder completamente el sentido, alguien le pasó un brazo por la espalda, le levantó suavemente y le preguntó Juan, ¿qué te han hecho? Se sintió protegido cuando oyó que le llamaban por su nombre y se dejó rodar por la inconsciencia.

Cuando le trasladaron al anochecer junto con una reata de presos a la cárcel, no supo bien por qué todos fueron enviados a la cuarta galería y él, sin embargo, a la segunda. La cárcel tenía una jerarquía perfectamente establecida: en la segunda galería esperaban los que iban a ser condenados a muerte, en la cuarta contaban los minutos quienes ya habían sido condenados. De los casi trescientos hombres que se hacinaban en el corredor habilitado como celda colectiva, más de la mitad le rodearon al verle entrar acosándole con preguntas que pretendían explicar lo inexplicable. ¿Te han absuelto? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has librado? ¿Qué te han hecho…? Tenía que haber una razón muy poderosa para regresar a la segunda galería.