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— Somos un pueblo maldito, ¿no crees?

— No. Creo que no somos un pueblo maldito. Eso sería echar la culpa a otros.

Y aquel redactor jefe, entre jadeos, silencios y estertores, fue haciendo crónica de sus amigos, de los hombres a los que había defendido desde las columnas de su periódico, pero con esa razón profesional que le impedía hablar de sí mismo. Se agotó en una historia devastadora e interminable como su aliento que no lograba extinguirse. Tenía frío pero no aceptó que Juan le diera calor con su cuerpo, le dolía la espalda en carne viva y no consintió que Juan le cambiara de postura, le asfixiaba la memoria y sólo quería recordar a toda costa. Al amanecer su voz era ya el sonido de las palabras rozadas por la muerte y seguía hablando sin más descanso que el necesario para recuperar el aliento que se hacía cada vez más exiguo, más agua evaporada.

Murió tratando de recordar algo impreciso. Cuando la celda se abrió y encontraron ya muerto a Cruz Salido, el sargento decidió fusilarle a pesar de todo y el cabo asestó tres culatazos a Juan Senra. Pero le devolvieron a la segunda galería.

Informó a Eduardo López de lo que había ocurrido y fingió un dolor insoportable para justificar así el llanto inoportuno. En aquella galería se podía aullar por los golpes recibidos pero no llorar de pena.

Como intuyó que en algo le consolaría, buscó un rincón para continuar su carta.

— ¿A quién escribes? — preguntó el muchacho de las liendres-. ¿A tu hermano?

— Hacia mi hermano, que no es lo mismo.

— ¡Qué raro hablas! No me extraña que quieran fusilarte.

«…Sigo vivo. Han pasado varios días pero aquí todo son dificultades. Entre el lápiz, el papel y mi constante duermevela se me pasan las horas como si no me atreviera a aprovecharlas porque sé que este tiempo ya no es mío.

Sueño constantemente sin saber si estoy dormido, y me imagino sin querer un mundo casi vacío en el que todos hablan un idioma extraño que no entiendo aunque no me siento forastero. Cuando lo aprenda te hablaré del lenguaje que se habla en el mundo de mis sueños. El color del aire es como son los atardeceres del verano en Miraflores, aunque no hay montañas y el paisaje se pierde en un horizonte pequeñito que no está lejos aunque tengo la impresión de que es inalcanzable…»

La rutina de aquella galería era terminal, pero no dejaba por ello de ser rutina. La tendencia inerte por la que se configuraban los grupos, sólo rota por las inexorables ausencias de los condenados, se mantenía como si la vida tuviera continuidad.

Espoz y Mina eran los únicos de entre los presos autorizados a subir a las azoteas del edificio. Lo hacían siempre que había que varear la lana de los colchones de los suboficiales de la prisión.

Una vez al mes se les proporcionaban sendas varas de fresno de unos dos metros de longitud, dobladas en ángulo recto en uno de sus extremos, con las que tenían que sacudir el contenido de los colchones destripados hasta que la borra se esponjara como la clara a punto de nieve.

Una vez en la azotea, su problema no era añorar el horizonte desdibujado sobre los edificios, ni mirar el cielo abierto como símbolo del pasado, sino atraer a las palomas famélicas que revoloteaban sobre Madrid buscando supervivencias imposibles durante el invierno. Necesitaban por ello todo lo que pudiera atraerlas: migas de pan, trozos de oblea que comulgantes desaprensivos guardaban después de las misas, cucarachas, chinches, posos de achicoria e incluso mondas de patata a las que alguien renunciaba para poder canjearlas por algo más necesario que el alimento.

Cuando acudían las palomas atraídas por la posibilidad de comer algo, Espoz y Mina permanecían inmóviles hasta que el hambre se sobreponía al miedo y comenzaban a picotear el cebo con el que macizaban el suelo de la terraza. Entonces, con un movimiento rápido y simultáneo, los vareadores de la lana asestaban sendos golpes a dos de ellas, que quedaban boca arriba con las patas encogidas sobre el pecho como si quisieran protegerse del cielo que se les derrumbaba encima.

Una de ellas se la comían, la otra la utilizaban para hacer intercambio con los guardianes y poder obtener lo que después canjeaban con los presos.

Espoz y Mina pudieron así proporcionar, a cambio de su cinturón, más papel a Juan Senra para que pudiera seguir escribiendo a su hermano.

«Sigo vivo. No quiero contar el tiempo ni hablarte de lo que pasa a mi alrededor, pero cada vez fracaso más cuando recurro a mi memoria. Poder pensar todo esto es el privilegio de un condenado, es el privilegio del esclavo.»

En ese momento se produjo un altercado en la galería y un tropel de guardianes irrumpió amenazante entre los presos obligándoles a permanecer de cara a la pared y con los brazos en alto durante dos interminables horas. Los dos causantes de la disputa, un cenetista aragonés y un anarquista gaditano, fueron apaleados hasta que en ellos no quedó la más mínima convicción y se les desperdigaron sus ideas. Juan pensaba en los criterios que aplicaría el alférez capellán para censurar esta vez la carta que estaba escribiendo a su hermano.

Por entonces comenzaron ya a autorizarse algunas visitas a los presos. Aquellos familiares que pudieron valerse de religiosos, militares de graduación o camisas viejas para visitar a sus allegados presos sin ser acusados de nada irremediable, obtuvieron los permisos necesarios. Comenzaron allegar noticias lenitivas de aquel silencio. Hitler estaba bloqueado en la batalla de Inglaterra, los maquis se organizaban en varias zonas del norte y se rumoreaba que los Estados Unidos iban a invadir la península por el sur.

Todos deseaban que pasara el tiempo y aprendieron que ritmando los segundos transcurría un minuto cada vez que se contaban sesenta. Pero eran largos los días.

Había entre los presos un hombre envejecido y silencioso que evitaba la proximidad de los demás incluso durante las noches, cuando todos se hacinaban buscando el calor de los otros. Todos le llamaban El Rorro y pocos sabían su nombre. Soportaba estoicamente el frío, el hambre y la desconfianza de sus compañeros. Tenía una gran cicatriz en la frente que desperdigaba su pelo en dos mitades. De aquel rostro sombrío no podía recordarse ningún rasgo más que el silencio y unos enormes ojos que no parpadeaban, como si estuvieran en un estado de estupor perpetuo.

Nunca hablaba. Escuchaba las voces que venían del patio o de otras galerías, los ruidos que transportaba el aire, nunca lo que decían aquellos que compartían con él su cautiverio. Se llamaba Carlos Alegría y fue alférez provisional del ejército rebelde. Pertenecía a una familia de agricultores acomodados de un pueblo de Burgos y el 18 de julio de 1936 estaba a punto de tomar el tren para regresar a su casa desde Salamanca, donde era auxiliar en la cátedra de Derecho Romano, cuando le llegaron los temblores de un levantamiento del ejército en el Norte de África. «Defiende lo que te pertenece», pensó, y buscó la manera de unirse a los insurgentes. Inmediatamente obtuvo la estrella de alférez provisional gracias a su cualidad de universitario. No fue un héroe ni alcanzó a sentir el miedo de la guerra. Estuvo siempre en los cuarteles que garantizaban el suministro a los combatientes. La orden más imperiosa que dio se refería a los inventarios y siempre a furrieles ávidos de cuya fidelidad a la causa nacional siempre tuvo serias sospechas. Por su abnegada dedicación alcanzó el grado de capitán de Intendencia.