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Se excusó con evasivas para terminar la conversación porque la vida olía a arenques y eso la hacía maravillosa.

Pasaron los días y el mes de marzo fue frío y húmedo como lo es el tiempo deshabitado.

Aunque sentía rechazo por el jersey de Miguel Eymar, agradeció el calor que le daba durante aquellas noches interminables.

Siguieron las listas, aunque cada vez más cortas y, lo que era más esperanzador, supieron de varias condenas a cadena perpetua pero no a muerte.

Eso era algo parecido a la vida.

Tuvo otra visita de la mujer del abrigo de astracán y su sumiso marido. Volvió a mentir, a inventarse historias y detalles heroicos que arrancaban la complacencia de aquellos labios incoloros y rígidos a los que nadie nunca hubiera atribuido la capacidad de besar. Pero, como a Sherezade, aquellas mentiras le estaban otorgando una noche más. Y otra noche más.

Y otra noche más.

Hasta que un día el primero de la lista para someterse al veredicto del coronel Eymar fue el muchacho de las liendres. Juan esperó todo el día el regreso de los juzgados. Por la ventana logró preguntar a gritos si alguien sabía qué le había ocurrido a Eugenio Paz. Nadie daba razón de él. Ni siquiera el capellán supo decirle qué había sido del muchacho. Comenzaron unos días de una angustia nueva para Juan, una angustia sobre la angustia, una incertidumbre sobre la incertidumbre.

Las vidas larvadas en las prisiones reconstruyen con tal urgencia un historial de afectos, de recuerdos agolpados en el tiempo, que los propios presos se sorprenden de que, para generar los afectos anteriores, los de fuera, se necesite toda una vida vivida intensamente. Pese a ello, Juan se horrorizó al pensar que, si estuviéramos vivos en la tumba, terminaríamos por amar a los gusanos.

Sobornó al sargento Edelmiro con el jersey de Miguel Eymar, pero sólo logró saber que estaba en la cuarta galería, no la pena que le había sido impuesta. Trató de mandarle un recado pero ya no tenía con qué pagar sus súplicas y Eugenio Paz nunca supo que Juan Senra le había mandado un abrazo de amigo y de hermano.

Nunca supo que Juan Senra quería saber dónde encontrar a la segoviana embarazada para decirle que Eugenio le era fiel y la añoraba. Nunca supo que Juan estaba preocupado por las heridas que se causaba en la cabeza aliviando la irritación que le producían los piojos.

Un amanecer, pegado a pesar del frío a las rejas de la ventana sin cristal, escuchó el nombre de Eugenio Paz en la voz del oficial que enumeraba los elegidos para morir aquel día. Juan hizo el último esfuerzo físico de su vida subiéndose a pulso hasta asomarse a la ventana y gritó:

— ¡Eugenio, no subas al camión! ¡Soy Juan!

La voz del oficial continuó gritando nombres como si nada ni nadie pudiera interrumpirle. Las fuerzas poco a poco le abandonaron y Juan se dejó caer desmadejado al suelo. Lloró como nunca hubiera pensado que se podía llorar después de una guerra. Cuando el ruido del motor del camión se desvaneció tras el portón del patio, algún intérprete de los sollozos, algún avezado traductor del llanto, hubiera colegido que, entre aquellos sonidos entrecortados, Juan había pronunciado la palabra «adiós». Pero nadie le oyó y una languidez insensible al frío, al hambre, al aliento de los demás se apoderó de él durante dos días y dos noches, como si su biología sé hubiera detenido, como si el mismísimo tiempo se hubiera muerto de tristeza. Juan supo que ya no tendría mucho tiempo para acabar su carta. Con una letra parsimoniosa y minúscula siguió escribiendo hasta agotar todo el papel que había conseguido:

«Aún estoy vivo, pero cuando recibas esta carta ya me habrán fusilado. He intentado enloquecer pero no lo he conseguido. Renuncio a seguir viviendo con toda esta tristeza. He descubierto que el idioma que he soñado para inventar un mundo más amable es, en realidad, el lenguaje de los muertos. Acuérdate siempre de mí y procura ser feliz. Te quiere, tu hermano Juan.»

Trató de imaginarse el gesto del alférez capellán cuando tuviera que censurar su carta. Cerró el sobre, puso la dirección de su hermano y se la entregó al guardia de turno para que le diera curso. Era lo habitual.

Así se despedían siempre los muertos de los vivos.

Al tercer día, la voz del sargento Edelmiro repitió su nombre hasta que Juan salió de su abatimiento. Alguien le ayudó a llegar hasta la puerta y los soldados no le custodiaron esta vez porque necesitaron de todas sus fuerzas para llevar en andas a Juan Senra ante la mujer del abrigo de astracán. Y allí estaba, solícita, maternal, ocultando con su rapacidad oscura la diminuta presencia del coronel Eymar, que, como siempre, se mantenía en un discreto segundo plano.

Ella preguntó si estaba enfermo. Juan tardó en contestar, como si no comprendiera, y, al fin, logró decir: Estoy muerto. Vamos, vamos, dijo animosa la mujer, llevándole hacia el poyete. Todo pasará. Juan se dejó llevar y negó con la cabeza.

— Eres joven y todo esto pasará. Ya lo verás. — Pero Juan seguía negando mansamente con la cabeza-. Te he traído un bocadillo.

— No tengo hambre.

— Tienes que comer, tienes mal aspecto.

— Estoy bien.

— ¿Y qué te pasa?

Juan miró a aquellos dos seres melifluos que le hablaban y se comportaban con él con una actitud parecida a la del propietario. Juan era su juguete, algo que tenía que funcionar cuando ellos le dieran cuerda, moverse cuando le empujaran, pararse cuando se lo ordenaran. Por eso no entendían su comportamiento.

— Es que he recordado — dijo.

Y aquella mujer cometió el error de preguntar qué era lo que había recordado para ponerse tan enfermo. Juan le dijo que había recordado la verdad, que su hijo fue justamente fusilado porque era un criminal, no un criminal de guerra, calificación en la que los juicios de valor cambian según el bando, sino un criminal de baja estofa, ladrón, asesino de civiles para robarles y venderlo después de estraperlo, muñidor de delincuentes y, lo que era peor, traidor a sus compinches. Gracias a él había caído toda una organización de traidores, gracias a él se habían desbaratado organizaciones que traficaban con medicamentos. Pero afortunadamente de nada le había servido ser un cobarde, porque, al final, había sido condenado a muerte por un tribunal justo y ejecutado por un pelotón aún más justo. Y no fue heroica su muerte, yo — en esto mintió- estaba presente mandando el pelotón que le ejecutó. Se cagó en los pantalones, lloró, suplicó que no le matáramos, que nos diría más cosas sobre las organizaciones leales a Franco que había en Madrid…, fue un mierda y murió como lo que era. Todo lo que les he contado hasta ahora es mentira. Lo hice para salvarme, pero ya no quiero vivir si eso le produce a usted alguna satisfacción. Ahora quiero irme.

Todo fue como un fulgor, una sacudida que congeló el aliento del coronel Eymar y de su esposa. Escucharon aquel fugaz retrato de su hijo trazado con unos colores que identificaron inmediatamente como los colores de la verdad. Nadie miente para morir.