Выбрать главу

En su ferviente deseo de cumplir, Gösta se levantó de la silla y, a una velocidad jamás vista en él, salió del despacho. El alivio que experimentaba al ver que no había cometido el tremendo error del que se creía culpable lo hacía sentirse en una nube. Se prometió a sí mismo que, a partir de ahora, trabajaría con más ahínco que nunca, incluso tal vez haría alguna hora extra aquella tarde… Ay no, cierto, tenía reservada una cita de golf a las cinco… Bueno, ya trabajaría extra otro día.

Detestaba tener que moverse entre suciedad y desechos. Aquello era como acceder a otro mundo. Con suma cautela, fue pisando viejos periódicos, bolsas de basura y Dios sabe qué otras inmundicias.

– ¿Solveig?

Ninguna respuesta. Se apretó el bolso contra el pecho y siguió avanzando por el pasillo. Allí la encontró. Sentía la aversión como una reacción física en todo su cuerpo. La odiaba mucho más de lo que había odiado a nadie en toda su vida, incluido su padre. Al mismo tiempo, dependía de ella y la sola idea la asfixiaba.

Solveig recibió a Laine con una amplia sonrisa.

– Pero mira a quién tenemos aquí. Puntual, como siempre. Desde luego, eres una mujer cumplidora, Laine -dijo cerrando el álbum con el que había estado entretenida hasta el momento, antes de indicarle a Laine que se sentara.

– Prefiero dejártelo enseguida, tengo un poco de prisa…

– Venga, Laine, ya conoces las reglas del juego. Primero nos tomamos algo tranquilamente y luego, el pago. Sería toda una impertinencia por mi parte no ofrecerle algo para picar a una visita tan distinguida.

Su voz destilaba sorna. Pero Laine no era tan necia como para protestar. Ya llevaban muchos años jugando al mismo juego. Cepilló con la mano una porción del sofá de la cocina y, cuando se sentó, no pudo evitar un gesto de repugnancia. Después de haber estado allí, la sensación de suciedad le duraba horas.

Solveig se levantó con esfuerzo de su silla y recogió con mimo los álbumes. Sacó dos tazas desportilladas y Laine tuvo que reprimir las ganas de limpiar la suya. Después, Solveig puso una cesta de galletitas finlandesas medio deshechas y animó a Laine a que se sirviese. La invitada tomó un trozo mientras en su fuero interno rogaba por que la visita pasase lo antes posible.

– ¿No estamos a gusto?, dime.

Solveig mojaba con fruición una galleta en el café y miró maliciosamente a Laine, que respondió con silencio.

La anfitriona continuó impasible:

– Nadie que nos viera aquí sentadas, como dos viejas amigas, diría que una de nosotras vive en una casa señorial y la otra en un cobertizo apestoso. ¿A que no, Laine?

Laine cerró los ojos con la esperanza de que aquella humillación no tardase en llegar a su fin… hasta la próxima vez. Cruzó las manos bajo la mesa, recordándose por qué se exponía a aquella situación una vez tras otra.

– ¿Sabes lo que me tiene preocupada, Laine? -preguntó Solveig con la boca llena, de modo que las migas cayeron sobre la mesa-. Que mandes a la policía tras mis hijos. ¿Sabes, Laine?, yo creía que tú y yo teníamos un trato. Pero, claro, cuando la policía se presenta aquí y afirma algo tan absurdo como que tú has dicho que mis chicos han roto los cristales de las ventanas, pues me pongo a cavilar, lógico.

Laine sólo fue capaz de asentir brevemente.

– Creo que me merezco una disculpa por ello, ¿no te parece? Porque, tal y como le explicamos a la policía, los chicos estuvieron aquí toda la noche. Así que no pueden haber estado tirando piedras a vuestras ventanas, Laine. -Solveig dio un sorbo a su café y señaló a Laine, antes de añadir-: Bueno, estoy esperando.

– Te pido perdón -Laine murmuró su respuesta mirándose las rodillas, humillada.

– Disculpa, no te he oído bien -insistió Solveig poniéndose la mano detrás de la oreja.

– Te pido perdón. Debí confundirme -contestó con una mirada retadora hacia su cuñada, aunque Solveig pareció contentarse con la disculpa.

– Bueno, pues ya lo hemos resuelto. No ha sido tan difícil, ¿verdad? ¿Vamos a ver si resolvemos también el otro asuntillo?

Solveig se inclinó sobre la mesa y se pasó la lengua por los labios. Laine tomó el bolso reacia y sacó un sobre. Solveig extendió la mano con avidez y empezó a contar minuciosamente el contenido con sus dedos grasientos.

– Exacto hasta el último céntimo. Como de costumbre. En fin, es lo que digo siempre. Tú eres cumplidora. Tú y Gabriel sois de verdad dos personas muy cumplidoras.

Laine se levantó y se encaminó hacia la puerta, aunque con la sensación de estar atrapada en una noria para ardillas. Una vez en la calle, respiró hondo el fresco aire estival. A su espalda, antes de que se cerrase la puerta, oyó gritar a Solveig:

– Siempre es un placer pasar un rato contigo, Laine. El mes que viene repetimos, ¿a que sí?

Laine cerró los ojos y se obligó a respirar tranquilamente. A veces se preguntaba si de verdad merecía la pena.

Después, recordaba el hedor del aliento de su padre cerca de su oído y los motivos por los que tenía que conservar a cualquier precio la tranquilidad de la vida que se había procurado a sí misma. Sí, tenía que valer la pena.

Tan pronto como entró por la puerta supo que algo no andaba bien. Erica estaba sentada en el porche, de espaldas a él, pero su postura indicaba que había algún problema. La preocupación se adueñó de él por un instante, hasta que cayó en la cuenta de que, si algo relacionado con el bebé iba mal, ella lo habría llamado al móvil.

– ¿Erica?

Ella se dio la vuelta y entonces Patrik pudo ver que tenía los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto. De un par de zancadas llegó a su lado y se sentó junto a ella en el sofá de mimbre.

– ¿Pero, cariño, qué ha pasado?

– He discutido con Anna.

– Pero ¿por qué?

Patrik conocía bien los entresijos de la compleja relación entre las dos y los motivos por los que siempre parecían abocadas al enfrentamiento. Sin embargo, desde que Anna rompió con Lucas, se diría que habían firmado una especie de paz transitoria, así que Patrik se preguntaba cuál habría sido el problema en esta ocasión.

– Nunca denunció a Lucas por lo que le hizo a Emma.

– ¿Qué demonios me estás diciendo?

– Lo que oyes. Y ahora que Lucas ha puesto en marcha un proceso por la custodia de los niños, yo creía que esa era la baza con la que ella ganaría la partida. Pero no hay nada contra él, en tanto que él sí que tejerá una maraña con todas las mentiras que se le ocurran de por qué Anna no es adecuada como madre.

– Sí, bueno, pero no tiene pruebas en qué basarse.

– No, eso ya lo sabemos. De todos modos, si acumula suficientes argumentos negativos, algo quedará. Ya sabes lo astuto que es. A mí no me sorprendería lo más mínimo que lograse ganarse al tribunal y ponerlo de su parte -dijo Erica desconsolada, apoyando el rostro sobre el hombro de Patrik-. Imagínate si Anna pierde a los niños, entonces se hundirá sin remedio.

Patrik la rodeó con su brazo y la estrechó para tranquilizarla.

– Bueno, bueno, no nos dejemos llevar por la imaginación. Anna cometió una tontería al no denunciar, pero la verdad es que la entiendo. Lucas ha dejado más que claro que con él no se juega, así que no es extraño que tuviese miedo.

– No, supongo que tienes razón. Pero creo que lo que más me dolió fue comprobar que me había mentido. Ahora me siento engañada. Cuando le preguntaba qué había pasado con la denuncia, siempre me respondía con evasivas, que la policía de Estocolmo tenía muchas cosas pendientes y que les llevaba mucho tiempo procesar todas las denuncias que recibían, bueno, ya lo sabes, tú mismo lo has oído. Y ahora resulta que todo era mentira. Y no sé cómo, siempre consigue que me sienta como la mala de la película -dijo antes de estallar en un nuevo ataque de llanto.