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Dejó que sus manos avanzasen sobre él suavemente, hambrientas y exigentes. Todavía podía notar cierta resistencia por su parte, pero se sentía segura y con la certeza de que ella aún tenía el poder en la relación, que sólo se había definido desde un punto de vista físico y ahí consideraba que las mujeres en general y ella en particular tenían ventaja, una ventaja que estaba dispuesta a utilizar ahora. Comprobó con satisfacción que la respiración de Johan se volvía más profunda y que su rechazo iba disipándose.

Linda se sentó en sus rodillas y, cuando sus bocas se encontraron, supo que había salido victoriosa de aquella batalla. Y de esa sensación pudo disfrutar hasta que sintió que Johan la agarraba firmemente y con fuerza de la melena y la obligaba a echar la cabeza hacia atrás, hasta que pudo mirarla a los ojos desde arriba. Si su intención había sido la de hacerla sentirse insignificante e indefensa, había conseguido su objetivo. Por un instante, Linda vio en sus ojos el mismo destello que durante la disputa en Västergården y se sorprendió a sí misma preguntándose si sería capaz de hacer llegar un grito de socorro hasta la casa. Probablemente no.

– ¿Sabes? Tienes que portarte bien conmigo. De lo contrario, tal vez un pajarito vaya a contarle a la policía lo que vi en esta finca.

Linda abrió los ojos de par en par y le dijo en un susurro:

– ¿Serías capaz? Me lo prometiste, Johan.

– Por lo que dice la gente, las promesas de cualquier miembro de la familia Hult no valen demasiado. Deberías saberlo.

– No puedes hacerlo, Johan. Por favor, haré cualquier cosa.

– Eso es, al final parece que la sangre es más densa que el agua.

– Tú mismo dices que no comprendes cómo Gabriel pudo comportarse así con el tío Johannes. ¿Piensas hacer tú lo mismo?

Le habló en tono suplicante. La situación se le había escapado de las manos por completo y ahora se preguntaba desconcertada cómo había podido dar la vuelta y verse ahora en tal desventaja, cuando era ella la que tenía el control.

– ¿Y por qué no iba a hacerlo? De alguna manera, podría decirse que es como un karma. Así el círculo se cierra en cierto sentido -observó sonriendo con maldad-. Aunque puede que tengas algo de razón, de modo que mantendré la boca cerrada. Pero no olvides que eso puede cambiar en cualquier momento, así que será mejor que te portes bien conmigo, cariño.

Le acarició las mejillas, pero sin dejar de tirarle fuerte del pelo con la otra mano. Después, la obligó a bajar la cabeza más aún. Ella no protestó. El equilibrio de poder se había descompensado por completo.

Capítulo 6

Verano de 1979

La despertó el ruido de alguien que lloraba en la oscuridad. Resultaba difícil determinar el origen del sonido, pero se arrastró despacio en su dirección hasta que notó un tejido y algo que se movía bajo sus dedos. El bulto que había en el suelo empezó a lanzar gritos de horror, pero ella tranquilizó a la muchacha siseando y acariciándole el cabello. Ella sabía mejor que nadie cómo arañaba y hería el miedo antes de ser sustituido por una muda desesperación.

Era consciente de su egoísmo, pero no podía por menos de alegrarse de no estar sola. Se le antojaba que hacía una eternidad desde la última vez que pudo disfrutar de la compañía humana, aunque no creía que fuese a durar más de un par de días. Resultaba tan difícil no perder la cuenta de los días allá abajo, en la oscuridad. El tiempo sólo existía arriba, a la luz. Abajo el tiempo se convertía en un enemigo que te mantenía consciente de que existía una vida que quizá perteneciese ya al pasado.

Cuando la joven empezó a dejar de llorar, llegó la avalancha de preguntas. Ella no tenía ninguna respuesta que dar. En cambio, intentó explicarle lo importante que era ceder, no resistirse a la maldad desconocida. Pero la joven se negaba a comprender. Lloraba y le preguntaba, le rogaba y le suplicaba a un Dios en el que nunca había creído ni por un instante, más que quizá cuando era niña. Aunque, por primera vez, se sorprendió deseando estar equivocada, que Dios existiese de verdad. De lo contrario, ¿cómo se presentaría la vida para la pequeña, sin madre y sin Dios a quien recurrir? Fue por su hija por quien ella cedió al miedo, por lo que se hundió en él, y el modo en que la otra chica lo combatía empezaba a despertar su ira. Una y otra vez, intentó explicarle que de nada servía, pero la chica no quería escuchar. No tardaría en contagiarle su llama combativa y entonces tampoco pasaría mucho tiempo antes de que volviese a alentar la esperanza y se volviese nuevamente vulnerable.

Oyó que se abría la portezuela y los pasos que se acercaban. Con movimiento rapidísimo apartó de su lado a la chica, que yacía con la cabeza apoyada en su rodilla. Quizá tuviese suerte, quizá en esta ocasión viniese a hacerle daño a la otra chica en lugar de a ella.

* * *

Reinaba un silencio ensordecedor. El parloteo de Jenny solía colmar el reducido espacio de la caravana. Ahora, en cambio, todo estaba mudo. Pasaban el tiempo sentados, uno frente al otro ante la pequeña mesa, encerrados cada uno en su burbuja. Cada uno en su propio mundo de recuerdos.

Sus diecisiete años pasaron como centellas en una especie de película interior. Kerstin sentía en su regazo el peso del cuerpecito recién nacido de Jenny y, sin ser consciente de ello, sus brazos fingieron mecer a un bebé que creció y creció, y ahora que lo pensaba, todo parecía haber ido tan deprisa… Demasiado deprisa. ¿Por qué habían invertido tantas horas de ese precioso tiempo en regañar y discutir? Si hubiera sabido lo que iba a suceder, nunca habría reñido a Jenny. Y allí sentada, con el corazón vacío, se prometió a sí misma que, si todo volvía a ser como antes, jamás volvería a alzarle la voz.

Bo, su marido, parecía el vivo reflejo del caos interior de su esposa. Se diría que en tan sólo un par de días había envejecido un decenio, pues tenía el rostro surcado de arrugas y marcado por el agotamiento. En aquellos momentos deberían tenderse la mano el uno al otro, servirse de mutuo apoyo, pero el pavor los tenía paralizados.

Sobre la mesa, sus manos extendidas se estremecían sin cesar. Bo las cruzó en un intento de calmar los temblores, pero las volvió a descruzar, pues parecía que estuviese rezando. Aún no se decidía a invocar a un poder superior, pues ello lo obligaría a admitir aquello a lo que todavía no se atrevía a enfrentarse. Se aferraba a la vana esperanza de que, después de todo, su hija estuviese por ahí, envuelta en una aventura a la que se hubiese entregado con actitud irresponsable. En el fondo de su corazón, sin embargo, sabía que había transcurrido ya demasiado tiempo como para que tal cosa fuese posible. Jenny era demasiado considerada con ellos, demasiado cariñosa para preocuparlos conscientemente hasta ese extremo. Claro que habían discutido de vez en cuando, en especial los dos últimos años, pero él siempre se había sentido seguro del fuerte lazo que los unía. Sabía que su hija los quería y la única respuesta posible a la pregunta de por qué no volvía con ellos era una respuesta atroz. Algo había sucedido, sin duda. Alguien le había hecho algo a su querida Jenny. Bo terminó por romper el silencio, pero le falló la voz y tuvo que aclararse la garganta:

– ¿Y si llamamos a la policía, por si hubiesen averiguado algo más?

Kerstin meneó la cabeza.

– Ya hemos llamado dos veces hoy. Se pondrán en contacto con nosotros en cuanto sepan algo.

– ¡Pero, qué demonios, no podemos quedarnos aquí sentados! -gritó levantándose con brusquedad, de modo que se golpeó la cabeza con el armarito que había sobre la mesa-. ¡Mierda!, esto es tan estrecho. ¿Por qué tuvimos que obligarla a venir con nosotros de vacaciones otra vez? Ella no quería acompañarnos en la caravana. Si nos hubiésemos quedado en casa… Si la hubiésemos dejado quedarse con sus amigos, en lugar de forzarla a estar encerrada en esta caja de cerillas.