– Sí -contestó Patrik despacio-. Hemos obtenido cierta información que no estamos seguros de cómo tratar, ni de qué papel puede desempeñar en la investigación. Tal vez ninguno, pero en estos momentos, no hay tiempo para tratar las cosas con delicadeza, de modo que iré derecho al grano -en este punto, Patrik respiró hondo. Laine seguía sosteniéndole la mirada, impasible; pero el agente vio que tenía las manos cruzadas y muy tensas-. Tenemos un primer resultado preliminar de los análisis de sangre -ahora vio, además, que le temblaban las manos y se preguntó durante cuánto tiempo sería capaz de mantener su aparente calma-. En primer lugar, he de decirle que el ADN de Jacob no coincide con el ADN que hallamos en la víctima.
Laine se vino abajo ante sus ojos. Las manos le temblaban ya sin control y, entonces, Patrik comprendió que había acudido a la comisaría dispuesta a oír que su hijo había sido detenido por asesinato. Con el alivio pintado en el rostro, y después de tragar saliva varias veces para contener el llanto, Laine permaneció en silencio, de modo que Patrik prosiguió:
– En cambio, sí que encontramos una anomalía al comparar la sangre de Jacob y de Gabriel. Su análisis muestra con toda claridad que Jacob no puede ser hijo de Gabriel… -dijo, interrogando con la entonación y a la espera de la reacción de la mujer. Ahora bien, la tranquilidad que Laine había sentido al oír que su hijo quedaba libre de sospecha pareció haberle quitado un enorme peso de encima, por lo que sin dudar más de un segundo, respondió:
– Así es. Gabriel no es el padre de Jacob.
– Y, en ese caso, ¿quién es su padre?
– No entiendo qué puede tener eso que ver con los asesinatos. En especial ahora que ha quedado claro que Jacob es inocente.
– Como ya le dije, no tenemos tiempo que perder en ese tipo de consideraciones, así que le agradecería que respondiese a mi pregunta.
– Ni que decir tiene que no podemos obligarla -intervino Gösta-, pero le recuerdo que tenemos a una joven desaparecida y necesitamos toda la información a nuestro alcance, aunque no parezca pertinente.
– ¿Llegará a saberlo mi marido?
Patrik vaciló un instante.
– No puedo prometerle nada, pero no veo razón alguna para ir a contarle la verdad. No obstante -volvió a dudar-, le diré que Jacob ya lo sabe.
Laine se estremeció al oírlo. De nuevo empezaron a temblarle las manos.
– ¿Qué dijo? -preguntó con un hilo de voz, como en un susurro.
– No voy a mentirle: se indignó. Y él también se pregunta, claro está, quién será su padre.
Se hizo un silencio compacto en torno a la mesa, pero Gösta y Patrik aguardaron a que estuviera lista. Después de unos minutos, Laine respondió, aún con la voz débil.
– Es Johannes -alzó un poco la voz-. Johannes es el padre de Jacob.
Ella misma pareció sorprendida de poder pronunciar aquellas palabras en voz alta sin que la fulminase un rayo caído del cielo. El secreto debió de ir convirtiéndose con los años en algo mucho más grave y difícil de sobrellevar, de modo que ahora se le antojaba casi un alivio poder articular en palabras aquella verdad. Y continuó hablando rápidamente.
– Tuvimos una breve aventura. No pude resistirme. Era como una fuerza de la naturaleza que irrumpía y tomaba lo que se le antojaba. Y Gabriel era tan… distinto -Laine dudaba a la hora de elegir el vocabulario, pero Patrik y Gösta supieron sobrentender-. Gabriel y yo llevábamos un tiempo intentando tener hijos y, cuando me quedé embarazada, se puso muy contento. Yo sabía que el niño podía ser tanto suyo como de Johannes, pero, pese a todas las complicaciones que ese hecho podía conllevar, deseaba con todo mi ardor que fuese de Johannes. Un hijo suyo sería tan… ¡magnífico! Johannes era un ser tan vivo, tan hermoso, tan vibrante…
Iluminó su mirada un destello que realzó sus rasgos y, en un abrir y cerrar de ojos, la hizo parecer diez años más joven. No cabía la menor duda de que había estado enamorada de Johannes. Todavía hoy la ruborizaba el recuerdo de su romance, pese a los años transcurridos.
– ¿Cómo supo que era hijo de Johannes y no de Gabriel?
– Lo supe en cuanto lo vi, en el preciso momento en que me lo pusieron en el pecho.
– Y Johannes, ¿sabía que era su hijo? -inquirió Patrik.
– ¡Oh, sí! Y lo amaba. Yo siempre supe que sólo fui para Johannes un entretenimiento pasajero, por más que me hubiese gustado ser otra cosa, pero con Jacob era distinto. Johannes venía a escondidas, cuando Gabriel estaba de viaje, sólo para verlo y jugar con él. Hasta que Jacob empezó a tener edad suficiente como para poder hablar de ello; entonces tuvo que dejarlo -explicó Laine con amargura, antes de proseguir-. Él detestaba ver cómo su hermano educaba a su primogénito, pero no estaba dispuesto a renunciar a la vida que tenía ni a Solveig -admitió a su pesar.
– Y usted, ¿cómo se sentía? -preguntó Patrik conmovido. Laine se encogió de hombros.
– Al principio la vida era un infierno. Vivir tan cerca de Johannes y Solveig, ver cómo nacían sus hijos, hermanos de Jacob…, pero yo tenía a mi hijo y después, muchos años después, nació Linda. Por increíble que pueda parecer, con los años he llegado a amar a Gabriel; no como amaba a Johannes, pero quizá de un modo más realista. A Johannes no podías amarlo de cerca sin sucumbir. Mi amor por Gabriel es más aburrido, pero también resulta más fácil convivir con él -confesó Laine.
– ¿No tuvo miedo de que todo saliese a la luz cuando Jacob enfermó? -quiso saber Patrik.
– No, entonces había otras cosas por las que sentir miedo -respondió Laine con rabia-. Si Jacob moría, nada tendría importancia y mucho menos quién era su padre. -Y se apresuró a añadir, ahora con voz más dulce-: Pero Johannes estaba tan preocupado… Lo desesperaba el hecho de que Jacob estuviese enfermo y él no pudiese hacer nada, ni siquiera podía mostrar abiertamente su miedo, ni sentarse a su lado en el hospital. Para él no fue fácil -en este punto, Laine perdió el hilo, abandonada a un tiempo pretérito, pero se llamó al orden y se obligó a volver al presente.
– ¿De verdad que nadie sospechó ni supo nada? ¿No se lo confió a nadie?
Una expresión de amargura emergió a los ojos de Laine.
– Sí, Johannes se lo contó a Solveig en un acceso de debilidad. Mientras él vivió, ella no se atrevió a utilizarlo, pero, tras la muerte de Johannes, Solveig empezó a hacerme insinuaciones que pronto se convirtieron en exigencias cada vez mayores según menguaba su cuenta corriente.
– ¿Es decir, la chantajeaba? -intervino Costa.
Laine asintió.
– Así es. Llevo veinticuatro años pagándole.
– ¿Cómo ha podido hacerlo sin que Gabriel lo note? Porque me figuro que se trata de sumas considerables.
Otro gesto de asentimiento.
– No ha sido fácil. Sin embargo, aunque Gabriel es muy exhaustivo con las cuentas de la finca, jamás ha sido tacaño conmigo, siempre he podido disponer de dinero para ir de compras, para la casa y esas cosas. En cualquier caso, para poder pagarle a Solveig, economicé hasta el máximo y le he ido dando a ella la mayoría de lo que me daba Gabriel -su voz rezumaba amargura, matizada con un timbre de algo más fuerte aún-. Pero supongo que ahora no tengo elección y que tendré que contárselo a Gabriel, de modo que, en lo sucesivo, me veré al menos libre del problema con Solveig. -Esbozó una sonrisa, pero enseguida recobró la expresión grave y, mirando a Patrik a los ojos, declaró-: Lo único bueno de todo esto es que ya no me importa demasiado lo que diga Gabriel, por más que así haya sido durante más de treinta años. Para mí, lo más importante son Jacob y Linda, de ahí que lo único que me interese sea saber que Jacob está libre de toda sospecha. Porque supongo que así es, ¿verdad? -preguntó ansiosa, mirándolos fijamente a los dos.
– Sí, eso parece.
– Entonces, ¿por qué lo retienen aquí? ¿Puedo ir a recogerlo ya?