Miró el reloj por enésima vez y, presa de la mayor frustración, se puso a tamborilear con el bolígrafo sobre la mesa. Quizá, sólo quizá, en aquel momento Jacob estaría contándole a su madre los detalles que les ayudarían a resolverlo todo de un plumazo. Quizá…
Un cuarto de hora más tarde, supo que aquella batalla estaba perdida. Al oír abrirse la puerta de la sala de interrogatorios, se levantó de un salto y salió al encuentro de sus ocupantes: dos rostros herméticos, la mirada pétrea, pero rebelde. Y en ese preciso instante comprendió que, fuese lo que fuese lo que ocultaba Jacob, no lo revelaría por voluntad propia.
– Dijeron que podía llevarme a mi hijo -observó Laine con voz gélida.
– Sí -respondió Patrik. No había nada más que decir.
Ahora tendrían que hacer lo que le había dicho a Gösta hacía unos minutos: marcharse a casa a cenar y descansar. Así, al menos, tal vez pudiesen seguir trabajando con algo más de energía al día siguiente.
Capítulo 9
Verano de 1979
Le preocupaba qué sería de su madre, que estaba enferma. ¿Cómo podría cuidarla su padre si estaba solo? La esperanza de que alguien la encontrase empezaba a desvanecerse ante el horror de estar ya sola en aquellas tinieblas. Sin la suave mano de la otra, la oscuridad se le antojaba más negra aún.
También el olor se le hacía insoportable. Aquel olor dulce y sofocante a muerte anulaba todos los demás. Incluso el olor de sus excrementos se esfumaba entre aquel dulzor repugnante y la había hecho vomitar varías veces, agrias bocanadas de bilis, a falta de alimento. Ya empezaba a sentir la añoranza de la muerte. Eso la asustaba más que ninguna otra cosa. La muerte empezaba a coquetear con ella, a susurrarle, a prometerle que ahuyentaría el dolor y la angustia.
Siempre estaba atenta a los pasos que podían acercarse desde arriba. El sonido que emitía la trampilla al abrirse. Los maderos que se apartaban y después los pasos otra vez, despacio, bajando la escalera. Sabía que la próxima vez que los oyese, sería la última. Su cuerpo no soportaría más dolor y ahora, igual que la otra, también ella cedería a la atracción de la muerte.
Y, en efecto, como si lo hubiese reclamado, oyó el sonido que tanto temía. Con el corazón encogido de dolor, se dispuso a morir.
Fue maravilloso que Patrik llegase a casa más temprano la noche anterior, aunque, al mismo tiempo, ella no se lo esperaba, dadas las circunstancias. Ahora que ella misma esperaba un hijo, Erica podía entender de verdad la angustia de unos padres y sufría con los de Jenny Möller.
Se sintió un poco culpable por haber estado tan contenta todo el día. Desde que sus huéspedes se marcharon, la paz había vuelto a su alrededor, lo que le había permitido andar charlando con el amiguito que pataleaba en su barriga, descansar, recuperarse y leer un buen libro. Además, aunque resoplando, había subido la cuesta de Galärbacken para comprar algo rico de comer y una buena bolsa de golosinas que ahora la llenaba de remordimientos. La comadrona le había advertido que el azúcar no era muy saludable en el embarazo y que si se abusaba, su hijo podría nacer diabético. Cierto que le había dicho que para ello había que consumir grandes cantidades, pero sus palabras resonaban siempre en la mente de Erica. Si a esto se añadía la larga lista de alimentos no recomendables que había en la puerta del frigorífico, a veces tenía la sensación de que traer al mundo a un niño saludable era una misión imposible. Existían, por ejemplo, ciertos pescados que no podían probarse, mientras que otros sí, pero no más de una vez por semana y, además, había que tener en cuenta si los habían pescado en el mar o en un lago… Por no hablar del dilema del queso. Erica adoraba el queso en todas sus formas y tenía memorizado cuáles le estaba permitido comer y cuáles no. Por desgracia para ella, el queso azul era uno de los que figuraban en la lista de prohibidos y ya tenía alucinaciones sobre el festín de quesos y vino tinto que se daría tan pronto como hubiese dejado de amamantar al pequeño.
Tan absorta estaba en sus recreaciones de orgías culinarias que ni siquiera oyó que Patrik había llegado a casa. Casi se le sale el corazón por la boca y le llevó un buen rato recuperar el ritmo cardíaco.
– ¡Por Dios! ¡Qué susto me has dado!
– Perdona, no era mi intención. Creí que me habías oído entrar.
Patrik se sentó a su lado en el sofá de la sala de estar y Erica se sorprendió al ver su aspecto.
– Pero…, Patrik, pareces agotado. ¿Ha ocurrido algo? -De repente, se le cruzó una idea por la cabeza-: ¿La habéis encontrado? -preguntó, con el corazón encogido.
Patrik negó con la cabeza.
– No. -No dijo nada más. Erica aguardó sin apremiarlo hasta que, después de unos minutos, él pareció capaz de continuar-. No, no la hemos encontrado. Y, además, tengo la sensación de que hemos retrocedido.
De pronto, Patrik se inclinó hacia delante y se cubrió el rostro con las manos. Erica se le acercó un poco, lo abrazó y apoyó la mejilla en su hombro. Más que oírlo, lo sintió llorar en silencio.
– ¡Mierda! Sólo tiene diecisiete años. ¿Te imaginas? Diecisiete años y un cerdo desquiciado cree que puede hacer con ella lo que se le antoje. Quién sabe lo que estará sufriendo la pobre y, mientras, nosotros dando tumbos como imbéciles incompetentes sin tener ni idea de lo que hacemos. ¿Cómo demonios pudimos creer que seríamos capaces de esclarecer un caso como este? Por lo general nos dedicamos a los robos de bicicletas y cosas por el estilo… ¿Qué clase de imbécil nos ha permitido, ¡me ha permitido a mí!, dirigir esta maldita investigación? -exclamó lamentándose profundamente abatido.
– Nadie podría haberlo hecho mejor, Patrik. ¿Cómo crees que habría ido la cosa si hubiesen mandado a alguien de Gotemburgo o cualquier otra alternativa que se te ocurra? Ellos no conocen el pueblo, no conocen a la gente ni saben cómo funcionan aquí las cosas. Ellos no podrían haberlo hecho mejor; en todo caso, peor. Y tampoco habéis estado totalmente solos en esto, aunque comprendo que tú lo veas así. No olvides que tenéis aquí a un par de hombres de Uddevalla que os han ayudado en las batidas y demás. La otra noche, tú mismo dijiste lo bien que habéis colaborado. ¿Ya lo has olvidado?
Erica le hablaba como a un niño, pero sin condescendencia. Sólo quería transmitir claramente su opinión, que pareció calar en Patrik, pues se tranquilizó y Erica notó que empezaba a relajarse.
– Sí, supongo que tienes razón -dijo Patrik, aún insatisfecho-. Hemos hecho cuanto hemos podido, pero nada parece suficiente. El tiempo vuela y aquí estoy yo, en casa, mientras Jenny tal vez esté muriendo en este preciso momento.
De nuevo sintió el pánico en su voz. Erica se cogió de su brazo.
– Shhh, no puedes permitirte pensar en esos términos -dijo con algo más de firmeza-. No puedes venirte abajo. Si algo le debes a esa chica y a sus padres, es la obligación de mantener la cabeza fría para poder seguir trabajando.
Patrik no respondió, pero Erica sabía que estaba escuchándola.
– Sus padres me han llamado hoy tres veces. Ayer fueron cuatro. ¿Tú crees que empiezan a darse por vencidos?
– No, no lo creo -respondió Erica-. Yo pienso que ellos confían en que estáis haciendo vuestro trabajo. Y, en estos momentos, tu trabajo es hacer acopio de fuerzas para la jornada de mañana. No seréis de ninguna utilidad si estáis exhaustos.