Patrik sonrió débilmente al oír de boca de Erica las mismas palabras que él le había dicho a Gösta. Después de todo, a veces también él tenía razón.
Siguió su consejo al pie de la letra. Pese a que no le apetecía nada, cenó antes de irse a dormir, aunque no profundamente. En sus sueños se vio a sí mismo corriendo tras una joven rubia que se le escapaba continuamente. La tenía tan cerca que podía alcanzarla tan sólo con extender el brazo, pero ella se reía y se escabullía sin cesar. Cuando sonó el despertador, estaba sudoroso y cansado.
A su lado, Erica había pasado la mayor parte de las horas de vigilia nocturna cavilando sobre Anna. Y, en la misma medida en que el día anterior había estado resuelta a no dar el primer paso, sabía ahora que debía llamarla tan pronto como amaneciese. Algo no iba bien, lo presentía.
El olor a hospital la asustaba. Había algo definitivo en aquel efluvio estéril, en las paredes sin color y las tristes reproducciones artísticas que las decoraban. Después de haber pasado la noche sin dormir, tenía la sensación de que todos a su alrededor se movían a cámara lenta. El sonido de la ropa del personal al desplazarse se reforzaba hasta el punto de sobreponerse al murmullo reinante. Solveig esperaba que, en cualquier momento, le anunciasen que el mundo se hundía a su alrededor. La vida de Johan pendía de un hilo muy delgado, le había asegurado el médico al alba, y ella había empezado a llorarlo con antelación. ¿Qué otra cosa podía hacer? Todo cuanto había tenido en su vida se le había escapado de las manos como fina arena barrida por el viento. Nada de lo que intentara retener había permanecido: Johannes, la vida en Västergården, el futuro de sus hijos…, todo había palidecido hasta perderse en la nada, abocándola a refugiarse en su propio mundo.
Ahora, en cambio, ya no tenía adonde huir. Ahora la realidad se hacía patente en forma de visiones, sonidos, olores…; la realidad de que en aquel momento estaban cortando el cuerpo de Johan era demasiado tangible como para huir de ella.
Hacía ya mucho tiempo que Solveig había roto con Dios, pero en aquel momento le rogaba con toda su alma. Repetía todas las palabras que era capaz de recordar de la fe de su infancia, hacía promesas que nunca podría cumplir con la esperanza de que la buena voluntad bastase para otorgarle a Johan al menos una pequeña y mínima ventaja que lo mantuviese con vida. A su lado estaba Robert, con la conmoción plasmada en el semblante; la misma expresión de toda la tarde, de toda la noche. Nada habría deseado más que tenderle la mano y tocarlo, consolarlo, comportarse como una madre, pero habían pasado tantos años que ya tenía perdidas todas las oportunidades. Sin embargo, allí estaban, sentados uno junto al otro como dos extraños, unidos sólo por el amor que ambos sentían por aquel que yacía en la mesa de operaciones; ambos callados, conscientes de que él era el mejor de los tres.
Caminando desde el final del pasillo, atisbaron una silueta que les resultaba familiar. Linda se acercaba, pegada a las paredes, insegura ante la acogida que le dispensarían; sin embargo, con los golpes recibidos por su hijo y hermano, Solveig y Robert habían perdido todo deseo de discutir. Linda se sentó en silencio al lado de Robert y aguardó unos minutos antes de atreverse a preguntar:
– ¿Cómo está? Mi padre me dijo que lo llamaste para contárselo esta mañana.
– Sí, pensé que Gabriel debía saberlo -respondió Solveig, aún con la mirada perdida-. Después de todo, la sangre es más espesa que el agua. Pensé que debía saberlo… -dijo antes de volver a perderse en su mundo. Linda asintió sin pronunciar palabra y Solveig continuó-: Siguen operando. No sabemos nada…, salvo que puede morir.
– Pero ¿quién lo hizo? -quiso saber Linda, resuelta a no permitir que su tía se instalase en su silencio antes de haber obtenido respuesta a sus preguntas.
– No lo sabemos -dijo Robert-. Pero el que sea, ¡lo pagará!
Subrayó la amenaza con un golpe seco contra el brazo de la silla, como saliendo de la conmoción por un instante. Solveig no dijo nada.
– Por cierto, ¿qué demonios haces tú aquí? -inquirió Robert, que parecía no haber comprendido hasta ahora lo extraño que resultaba que su prima, con la que nunca habían mantenido ninguna relación directa, se presentase en el hospital.
– Pues… yo…, nosotros… -Linda balbuceaba buscando las palabras adecuadas para describir la relación entre Johan y ella. Por otro lado, la sorprendió que Robert no supiese nada. Cierto que Johan le había asegurado que no le había hablado a su hermano de la relación entre ambos, pero ella no llegó a creérselo del todo. El hecho de que Johan hubiese querido mantener en secreto su relación era una prueba evidente de lo importante que era para él y, al comprenderlo, se sintió avergonzada.
– Nosotros…, Johan y yo…, nos hemos visto bastante -explicó Linda sin apartar la vista de sus cuidadas uñas.
– ¿Cómo que os habéis visto? -Robert la miraba perplejo. Al cabo de un instante, lo entendió-. ¡Ajá! O sea que vosotros dos… Vale -resumió, echándose a reír-. Vaya con mi hermano. ¡Menudo pillo! -siguió riendo hasta que cayó en la cuenta de por qué estaba en el hospital y recobró enseguida parte de su expresión anterior.
Los tres guardaban silencio viendo pasar las horas, sentados uno junto al otro en aquella triste sala de espera, mientras que, a cada ruido de pasos, escudriñaban el pasillo en busca de algún médico que viniese a anunciarles la sentencia. Ignorándose mutuamente, los tres rezaban en silencio.
Cuando Solveig llamó temprano aquella mañana, quedó sorprendido ante la compasión que le provocó la noticia. Las dos familias llevaban tantos años en pie de guerra que su enemistad se había convertido en una suerte de segunda personalidad; sin embargo, cuando conoció el estado en que se encontraba Johan, hasta el último gramo de resentimiento que lo envenenaba se disipó de golpe. Johan era su sobrino, su carne y su sangre, y eso era lo único que contaba. Pese a todo, tampoco se le antojaba del todo natural acudir al hospital. Le parecía, en cierto modo, un gesto hipócrita; de modo que, cuando Linda dijo que ella sí quería ir, sintió un gran alivio e incluso le pagó el taxi desde Uddevalla, a pesar de que, por lo general, consideraba que ir en taxi era el colmo de la extravagancia.
Sentado ante su escritorio, Gabriel se debatía en un estado de absoluto desconcierto. El mundo entero parecía del revés y todo iba a peor. Experimentaba la sensación de que el colmo de todo se hubiese producido en las últimas veinticuatro horas. A Jacob lo llaman a interrogatorio, el registro en Västergården, las extracciones de sangre a toda la familia y, ahora, Johan ingresado en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Había dedicado toda su vida a construir una tranquilidad y una seguridad que ahora se derrumbaban ante sus ojos.
En el espejo que colgaba de la pared de enfrente vio reflejado su rostro y lo miró como si fuera la primera vez. En cierto sentido, así era, en efecto. Él mismo veía hasta qué punto había envejecido en los últimos días. La vitalidad que caracterizaba su mirada había desaparecido, su semblante irradiaba preocupación y su cabello, por lo general bien peinado, aparecía ahora revuelto y sin brillo. Gabriel se vio obligado a admitir que se había decepcionado a sí mismo. Siempre se había considerado un hombre de los que se crecían con las dificultades y como alguien en quien la gente podía confiar cuando corrían tiempos difíciles. Sin embargo, era Laine quien se había manifestado como la más fuerte de los dos. Tal vez, en realidad, él siempre lo supo. Tal vez también ella lo sabía, pero lo dejó vivir en la ilusión, puesto que entendía que, de ese modo, él sería más feliz. Una cálida sensación lo invadió ante esa idea, un amor tranquilo, algo que había tenido escondido en lo más hondo de su ser, bajo su egocéntrico desprecio, pero que ahora tenía la posibilidad de aflorar a la superficie. Tal vez todo aquel desastre alumbraría, al fin, algo bueno.