– ¿Qué casos?
– ¡Los que sufrieron un carpetazo en falso, como el mío propio! -Exclamó Muñoz, casi con odio, señalando su deforme pie-. ¿Sabía que hasta hoy hemos sido incapaces de identificar y detener al canalla que me hizo esto? ¿Sabe cuánto tiempo llevo pudriéndome en el archivo, cojo, jodido y solo? ¿Y qué cree que han hecho mis antiguos compañeros por esclarecer la procedencia del disparo que me destrozó la vida?
La mirada de Martina era tan fría que, a su lado, un pedazo de hielo habría quemado en la mano.
– Olvídelo, Horacio. Está generando una neurosis obsesiva. Acabemos con esto de una vez.
– Antes, subinspectora -la contradijo con obstinación el archivero, hablando más deprisa, como para evitar que ella volviera a cortarle-, concluiremos, ya que lo hemos reabierto, con el caso de Jerónimo Dauder. Nunca me ha gustado dejar mis investigaciones a mitad de camino. No le he dicho que Rita Jaguar, la segunda mujer del carpintero, la cabaretera, aportó al matrimonio dos hijos procedentes de una relación anterior. Ambos de padre desconocido. Un muchacho llamado Cayo, de unos catorce años, y una niña recién nacida, Celeste. Cuando se casó con Dauder, Rita Jaguar abandonó las candilejas y se trasladó a vivir a la carpintería, su nuevo hogar. Hasta ahí, todo parecía ir bien. Pero poco después, en 1968, transcurrido apenas un año desde sus segundas nupcias, Jerónimo Dauder, nuestro enamorado artesano, perdió la vida de manera violenta.
Martina se había resignado a escucharle. Más adelante resolvería cómo obrar frente a aquella patológica actitud. Preguntó, fingiendo interés:
– ¿Qué pasó?
– Lo encontraron en su taller con la cabeza hecha migas. Reventada a martillazos. También le trituraron las manos. Alguien decidió aplicarle una sobredosis de su propia medicina. Qué casualidad, ¿no?
Martina estaba pensando, por asociación, en el destrozado cuerpo de Dimas Golbardo; pero contestó, de manera automática:
– En términos criminológicos, científicos, la casualidad no existe.
– Cierto -afirmó Muñoz-. Por eso me he tomado la libertad de unificar este segundo expediente, el de la cruenta muerte de Jerónimo Dauder, con el homicidio premeditado de su primera esposa, a fin de que puedan consultarse de modo correlativo. De ese modo, aunque no sepamos aún con qué objeto, podemos contemplar la película de los hechos en toda su extensión. El arma homicida que en 1968 acabó con el carpintero jamás apareció. Durante algún tiempo, la policía sospechó de algunos amantes de Rita Jaguar, entre los que debe usted descontarme, pues ella me había dejado tiempo atrás. Pero nada se pudo demostrar.
Muñoz hizo una pausa, como para asegurarse de que su interlocutora lo escuchaba con un poco más de atención. También las gaviotas les observaban, inquietas.
– El caso Dauder se archivaría definitivamente en 1977. Los cuerpos del carpintero y de su primera mujer, la que fuera su víctima, descansan en el cementerio municipal de Bolscan, a escasas calles uno de otro. Sus destrozados cráneos reposando para el resto de la eternidad… ¿Quién mató al carpintero? Misterio. Uno o varios asesinos quedaron libres. Supongo que seguirán llevando una existencia normal, como si nada hubiese ocurrido. Fascinante, ¿no cree?
Martina contestó, cáustica:
– Mi barco está a punto de salir. Volvamos al muelle, si ha terminado.
La subinspectora había iniciado el camino de vuelta. De nuevo parecía irritada. Muñoz renqueó hasta ponerse a su altura.
– ¿No le ha interesado mi historia?
– ¿Por qué habría de interesarme? Me habla de un caso archivado, del que han transcurrido quince años.
– ¿Le parecen demasiados?
– Para establecer un nexo causal, sí.
– Permítame darle un consejo y proporcionarle un último dato, subinspectora. El consejo: desconfíe de las alianzas entre el tiempo y la muerte. La muerte está contenida en el tiempo como una araña en un frasco de cristal. Para aplastar a la araña, deberá abrir el frasco en el sentido contrario a las agujas del reloj.
– ¿Qué demonios pretende sugerir?
– Que la explicación última, o primera, siempre hay que rastrearla en el pasado. En la ciencia criminal, el futuro no existe.
– Lo tendré presente. ¿Y el dato?
– Jerónimo Dauder era un carpintero muy hábil. Una de sus especialidades consistía en calafatear las embarcaciones de las últimas rutas fluviales. En su taller fabricaba laúdes, chalupas cangrejeras y los tradicionales lanchones que todavía se pueden admirar en las marismas costeras y en el estuario del río Madre.
Martina se detuvo en seco. Su mirada se había iluminado.
– ¿Ese carpintero mantenía contacto con los pescadores del delta? ¿Jerónimo Dauder construía y reparaba sus barcazas?
– Así lo hizo, hasta que le sorprendió la muerte.
– ¿Qué fue de esa mujer, Rita Jaguar?
Horacio sonrió como debía hacerlo Mefistófeles cuando iba a devorar un alma.
– Empieza a dejarse seducir por mis viejas historias, ¿no es así, subinspectora? A finales de los años sesenta, Rita se trasladó a Portocristo, y abrió un nuevo club. El Oasis. Parecido al Deportivo, pero a la orilla del mar.
– ¿Cómo lo sabe?
– Digamos que la he visitado alguna vez. Para brindar por los viejos tiempos. ¿Puedo darle una opinión, subinspectora?
– ¿No lo va a hacer, en cualquier caso?
Al sortear un noray, Muñoz había apoyado el peso sobre su bota ortopédica, y a punto estuvo de resbalar al agua. La subinspectora le ayudó a recuperar el equilibrio.
– Si yo estuviera en activo…
– ¿Acaso no lo está?
– No se apiade de mí. Si pudiese volver a patrullar, como lo hice a conciencia a lo largo de un cuarto de siglo, desempolvaría el expediente del carpintero y reabriría el caso. Me gustaría que lo llevase consigo. No necesita formalizar solicitud.
– Ya tengo su dossier. Guarde esos otros papelajos, Horacio. Cuando disponga de tiempo les daré un vistazo, pero no ahora.
El ferry hizo sonar su bocina. Martina de Santo corrió por el muelle, pisó la colilla con el tacón y subió a bordo.
SEGUNDA PARTE
16
Durante los meses de otoño e invierno, el ferry de Bolscan registraba escasa demanda.
La Compañía Marítima del Norte tan sólo dejaba en servicio uno de los barcos pequeños, capaz para un centenar de pasajeros, entre camarotes y butacas de cubierta. Disponía de una reducida bodega con un garaje para transportar unos cuantos automóviles, pero en ningún caso material de construcción o maquinaria pesada para la residual industria pesquera y conservera del delta. La ruta, paralela a la costa, a prudente distancia de los acantilados, era siempre la misma. Salvo con mar gruesa, se mantenía la frecuencia diaria de la travesía.
Carlos Martel, aquel hombre de baja estatura, había adquirido su pasaje a Portocristo en el puerto de Bolscan, en la terminal de la compañía transbordadora, que ofrecía descuentos por temporada baja.
Martel había llegado a la capital norteña a primera hora de la tarde de aquel lunes de diciembre, en un automóvil que había alquilado muy lejos, más allá del otro extremo del país; en Ceuta, para ser exactos. Después de cruzar en barco el Estrecho de Gibraltar, hasta Algeciras, había atravesado la península conduciendo hora tras hora, sin apenas detenerse, salvo para reponer combustible en áreas de servicio. Llenaba el depósito, dormitaba un rato recostado contra el volante y proseguía el viaje mientras en la radio los programas matinales sucedían a las tertulias nocturnas y él combatía el sueño encendiendo un cigarrillo negro cada tres cuartos de hora.
Debía conocer bien el centro de Bolscan porque se orientó con facilidad. Sorteó el tráfico y aparcó sin vacilaciones en el hangar de la agencia de alquiler de vehículos.
Al salir del coche notó las piernas entumecidas por el largo viaje. Para oxigenarse y estirar los músculos, se puso a practicar flexiones. Ante la asombrada mirada de una señora que esperaba ser atendida, Martel tomó carrera, cruzó la nave, dio una voltereta en el aire y ejecutó una serie de acrobacias, hasta quedar apoyado contra la pared, en la posición del pino. Después recogió las monedas que se le habían caído de los bolsillos, fingió agradecer con una reverencia las ovaciones de un público imaginario y abrió el maletero. Dos grandes daneses saltaron como enjaulados demonios. Eran casi tan altos como su dueño. Cuando se encaramaron sobre sus hombros, lamiéndole con sus sucias y grisáceas lenguas, rebasaron su talla. Uno, el macho, era negro con manchas blancas. La otra, la hembra, blanca con pintas negras.