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– ¿Ya es martes? ¿Todo el día? -Martel reía, gansa mente-. Dos noches, jefe. Está decidido.

– Firme aquí.

Encima del mostrador, junto al libro de reservas, descansaba una bandeja de alpaca con una hoja de pésame encabezada por una cruz. El nombre de Dimas Golbardo se leía en góticas y luctuosas mayúsculas. Dos columnas de firmantes habían expresado ya sus condolencias.

– ¿Algún paisano ha pasado a mejor vida? -indagó Martel.

El posadero se secó los ojos con la manga de un jersey de punto que se había puesto encima del pijama.

– Dimas, a él le ha tocado… ¿Por qué? Era muy querido en Portocristo. Nadie le deseaba mal alguno. ¿Cómo ha permitido el buen Dios que un sádico lo haya cortado en pedazos?

Fuera, los perros ladraban, asustando a los caballos que piafaban en una cuadra cercana. Martel los había atado a un árbol, mientras se registraba. En un abrir y cerrar de ojos, los insaciables daneses habían devorado las castañas que se pudrían en la hierba.

– Soy forastero -dijo Martel-. ¿Qué ha sucedido? ¿Es que se ha cometido un crimen?

El posadero lo miró con ojitos líquidos.

– Dimas apareció cosido a puñaladas. El juez y la Guardia Civil investigan el crimen. El entierro será pasado mañana, en la isla. -Su propia impotencia le proporcionó vigor para exclamar-: ¡No sé si tendré estómago para asistir!

– Pobre hombre -musitó Martel, cerrando los ojos como si la desdicha le afectase-. ¿Deja familia?

– Un hijo, Teo. Mañana le saludará a usted. Suele mostrarse obsequioso con nuestros clientes. Igual que hace… que hacía su padre. Yo mismo soy… era hermano de Dimas. De los cuatro, ya sólo quedo yo. Alfredo Golbardo, para servirle.

– Déjeme añadir mi pésame, qué carajo -decidió Martel, empuñando un bolígrafo atado con sedal a la bandeja de alpaca.

El huésped garabateó una ilegible rúbrica. Extrajo unos billetes del fajo que había ganado en la partida del ferry y los fue alisando sobre el mostrador.

– ¿Será suficiente?

Sin tocar el dinero, Alfredo Golbardo asintió.

– Lo que sobre, para que coman los perros -dijo Martel-. Y el resto para usted, maestro.

El posadero organizó una sonrisa servil.

– Me ocuparé de que sus perros no molesten a los caballos de Teo. Hay una habitación amplia en la primera planta, que será de su agrado. Tiene terraza con vistas y escalera de salida al prado. Subiré su equipaje.

Martel se encerró en su habitación y durmió lo que restaba de noche, hasta pasadas las diez de la mañana.

Una vez despierto y vestido se animó a dar una vuelta por la villa. La niebla seguía prendida a las calles. Había salido de la posada con los perros, que ladraban con fiereza a todo el que se les acercaba. El día era triste, frío. Su mortecina luz le hizo añorar las salinas de su Andalucía natal. Toros bravos. Trenes lentos. El sol haciendo brillar los raíles. A Martel siempre le habían gustado los ferrocarriles. Le proporcionaban sensación de hogar.

Al pasar por una barbería, recordó que no se había afeitado desde su salida de Ceuta. Entró. El establecimiento olía a linimento, a polvos de talco. Dio los buenos días y trepó a la butaca.

– ¿Un poco alta, la silla? -Cuestionó el peluquero, evaluando su talla; las botas camperas de Martel se columpiaban a un palmo del suelo-. Aguarde, bajaré el estribo.

El barbero se inclinó. Al elevar el escabel, chirriaron las palomitas.

– ¿Afeitado y corte de pelo?

El cliente convino.

– ¿Lavamos el cabello del señor?

– Si tiene que bajar y volver a subir el trono, no se moleste ni me incomode a mí.

– En seco, entonces -murmuró el barbero, sin dejar de advertir que del forastero emanaba tensión, una acumulada energía. Se concentró en descargarle el pelo con unas tijeras no demasiado limpias. Oía respirar a los perros, enroscados bajo los taburetes.

Martel había desplegado un ejemplar de Ecos del Delta y lo leía con minuciosa lentitud, artículo por artículo.

– ¿Recortamos el mostacho?

– Sólo las puntas. A las mujeres les gusta así, tupiendo el labio.

El peluquero escogió una tijera extendida sobre un paño brillante de grasa, y se concentró en descargarle el bigote. Martel prosiguió, campechano:

– Hablando de mujeres. ¿Usted me orientaría de qué modo trabar conocimiento con alguna señorita, digamos, poco o nada recomendable?

Empuñando un cepillo, el barbero se dispuso a sacudir los pelos de la toga. Aquel tema le gustaba más.

– No deje de visitar El Oasis. En la playa que llaman del Puntal. Un establecimiento caro, según me dicen; no puedo hablar por experiencia propia. ¿Laca?

El sol se esforzaba en brillar cuando Martel, con el pelo ondulado y oliendo a colonia, se detuvo en la Taberna del Puerto. Las palmeras se inclinaban suavemente hacia el brazo de mar. Eligió mesa y pidió un menú marismeño: arroz con marisco, lirios fritos, pastel de sidra y turrón. Se disponía a atacar el primer plato cuando la mujer con la que había coincidido en el ferry ocupó una mesa vecina a la suya. Martel la saludó con una inclinación de cabeza, pero ella, aunque le miró durante un instante fugaz, decidió seguir ignorándole. Martina de Santo pidió café y se concentró en la revisión de un grueso fajo de papeles, en cuyos márgenes iba anotando observaciones con una pluma de plata.

Martel comió con apetito y bebió el vino del país, ligero y dulce, con un vago sabor a jarabe. Antes de abonar la cuenta pidió una copa de coñac. «Tres palitos», indicó al camarero, que tardó un rato en entender. Saboreando su Carlos III, se quedó atontado contemplando los barquitos de pesca, las planeadoras y alguna embarcación de recreo.

De pronto, un ruido lo espabiló. La mujer del ferry se había levantado tan bruscamente que había derribado la silla, y corría hacia el muelle. Al llegar a la dársena se quedó inmóvil, sin aliento, contemplando una barcaza que en ese momento doblaba la punta del espigón.

Martel se fijó en la embarcación, cuyo casco, rojo escarlata, parecía recién pintado, pero no pudo entender por qué motivo su tranquila navegación había alarmado de esa manera a su altiva compañera de viaje. Cuando la barcaza desapareció en la bahía, la mujer regresó a su mesa y volvió a concentrarse en sus papeles. Pero parecía nerviosa y constantemente levantaba los ojos hacia el espigón, como esperando que esa lancha regresase de un momento a otro.

Martel reclamó al mesonero un cigarro habano, mordió la punta, lo encendió, intentó relajarse. Un sol de invierno asomaba entre los mástiles. «Es casi perfecto», pensó Martel, metiendo la mano en el bolsillo para toquitear la colilla manchada de carmín que su vecina de mesa había tenido en su boca. «Sólo me faltaría un coño», pensó, contemplando sin remilgos, con un espeso deseo, a Martina de Santo. «Pero se puede comprar. Casi todo en esta vida se puede comprar.»

18

Pasada la una y media de la madrugada del martes, nada más desembarcar, más pálida aún de lo habitual, Martina de Santo se había dirigido al destacamento de la Guardia Civil de Portocristo, que quedaba cerca del muelle.

En medio de la oscura noche, la subinspectora rompió a caminar con paso vivo, celebrando que la brisa de la bahía la fuera despejando de las claustrofóbicas horas sufridas a bordo, con el incesante vaivén del casco y los relámpagos rasgando la penumbra de su camarote a través de un ojo de buey.

De una sola planta, el acuartelamiento se levantaba en medio de un tétrico arenal, sobre un plafón de cemento crudo. A su alrededor, las dunas, tapizadas de jirones de niebla, modulaban un espectral paisaje nocturno.

La subinspectora entró al patio del cuartel. Un Land Rover cubierto de barro estaba aparcado junto a una galera cuyo caballo permanecía atado de las riendas a un poste de luz eléctrica. Detrás del acuartelamiento se erguía un pequeño y feo bloque de viviendas, con la pintura descascarillada por la humedad y ropas tendidas a secar. Martina supuso que debía albergar a las familias de los guardias, aislándolas de la población. En medio de ambas construcciones, decorado por un ralo jardín, se erguía un mástil con la bandera de España.