– Es persona de costumbres fijas. Siempre sabemos dónde encontrarle.
La subinspectora se despidió con sequedad del secretario Gámez y abandonó el Juzgado. Un dédalo de callejuelas la desorientó. Le llevó un rato localizar la plaza 18 de Julio. Una vez en su perímetro distinguió enseguida el rótulo de Ecos del Delta, cuya redacción ocupaba la primera planta de la casa más alta.
No había ascensor. Martina atacó las escaleras. A la altura del entresuelo se detuvo porque había oído voces en el piso superior, el que debía corresponder a la gaceta comarcal.
En ese momento, la puerta de la redacción se abrió para dar salida a un hombre de majestuoso aspecto, con abrigo de paño y melena blanca, y, detrás de él, a un muchacho con el pelo largo y rizado, y aspecto de reportero, que llevaba una cámara de fotos en bandolera.
Ambos se detuvieron en el rellano y comenzaron a discutir agriamente. La subinspectora retrocedió unos peldaños, pegándose a la pared para impedir que su presencia fuese advertida. Pudo escuchar cómo el hombre mayor, en tono áspero, se dirigía a gritos al más joven.
– ¡Estoy harto de ti, Gastón! -Vociferaba el viejo-. ¡De tus borracheras y de tus impresentables amigotes! ¡Harto de que me pongas en evidencia y me avergüences ante la gente de bien!
La réplica de Gastón se desgranó en un murmullo ronco:
– No tienes por qué aguantarme, padre.
– ¡Lo hago porque eres mi hijo, pero te juro que si vuelves a montar un escándalo más, uno solo, te echaré de mi casa! De momento, voy a imponerte un castigo que no olvidarás. ¡Presentarse ebrio a trabajar! ¡Y en el aniversario de la muerte de tu madre! ¡Hasta aquí podríamos llegar! No quiero que vuelvas por la redacción, Gastón. Eres un mal ejemplo para el resto del personal. Ahora vete a donde te dé la gana, hasta que se te pase la trompa. No hace falta que me acompañes al cementerio. A tu madre no le gustaría verte en ese estado. ¡Borracho!
El padre comenzó a descender las escaleras. En el vestíbulo se cruzó con Martina de Santo, que fingía comprobar los buzones.
– Tenga usted buenos días, señora -la saludó el hombre de la melena blanca. A pesar de su esfuerzo por mostrarse cortés, seguía bajo los efectos de una notoria alteración.
– Discúlpeme. ¿El domicilio del juez Cambruno, si es tan amable?
– Tercer piso, izquierda.
– Gracias.
– A sus pies, señora.
Martina supuso que aquel alto y venerable caballero bien podía encarnar a Mesías de Born, el director de Ecos del Delta. Siguió subiendo las escaleras. Gastón se había derrumbado sobre uno de los peldaños. No se levantó ni se apartó para cederle el paso. La subinspectora lo orilló. El muchacho tenía la mirada surcada de rojas venillas, y el crapuloso aspecto de quien lleva demasiado tiempo sin dormir.
Dos plantas por encima de la redacción, Martina oprimió un timbre junto a una abrillantada chapa de níquel en la que podía leerse el nombre del juez.
Una anciana decrépita, con la espalda deformada por una joroba, le abrió la puerta. La subinspectora fue invitada a pasar al vestíbulo, tan oscuro y húmedo como la caja de escaleras.
Desde el fondo del pasillo se oyó una voz masculina.
– ¿Quién es, mamá?
Como si estuviera sorda, la anciana se limitó a dirigir una seña a Martina y a precederla por el corredor.
El juez estaba sentado en su biblioteca, desayunando. Una bata de lana abrigaba su cuerpo enjuto. La invitó a sentarse, pero la subinspectora prefirió permanecer en pie, cerca de una mesa camilla envuelta en una atmósfera de calor debido a la combustión de un brasero de carbón. El despacho, atestado de libros jurídicos, olía a tabaco de pipa. «Y a vejez», pensó Martina.
Sin mayores rodeos, la subinspectora expuso al titular del Juzgado de Portocristo los motivos de su desplazamiento.
– El comisario Satrústegui me informó ayer de su llegada -dijo el juez-. Le respondí que su concurso no era necesario, pero él persistió. No conozco al comisario en persona, pero me pareció un hombre constante, inmune al desánimo. De hecho, estuvo llamándome toda la mañana, hasta que dio conmigo.
– La gravedad de los casos justificaba su insistencia -arguyó Martina, con aspereza.
– Tal vez -concedió el juez-. Es evidente -sostuvo mientras bebía a sorbitos su taza de té y secaba con pulcritud sus cárdenos labios-, que se trata de sendos crímenes. Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido asesinados, pero aún no sabemos por quién ni por qué.
– La Guardia Civil no baraja ningún sospechoso. ¿Tampoco usted?
– No, tampoco yo.
– ¿Dimas Golbardo, el pescador, era un hombre conflictivo? ¿Tenía enemigos? ¿Alguien que le odiase lo bastante como para atormentarlo hasta la muerte?
El juez descartó esa posibilidad.
– ¿Conflictivo, Dimas? Un evangélico varón, eso es lo que fue durante toda su existencia. Que debería haber sido más larga, si en este mundo existiera caridad… No… Jamás le oí discutir. Ni siquiera cuando perdía al dominó.
El juez sonrió con amargura. No se había afeitado; la piel de su cara amasaba una blanquecina tirantez, como si nunca la expusiera al sol ni a la brisa de la costa.
– Dimas solía integrar nuestra partida de la Casa del Mar, los domingos por la tarde. Siempre era puntual. Antes de ayer, sin embargo, no acudió a nuestra cita habitual. Pensé que estaría enfermo, que habría sufrido otro de sus agudos ataques de artritis. Pero cuando, por la noche, me convocó el sargento, y encontré a mi compañero de partida tirado en el muelle, despedazado, muerto… Dios misericordioso… ¡Habría estrangulado con mis propias manos a quien lo masacró de ese modo!
Cambruno elevó hacia el techo sus flacos brazos, que temblaron a través del batín. La subinspectora dudó que con ellos pudiera causar el menor daño a nadie. El juez se santiguó, lo que pareció sosegarle. Después eligió una magdalena, la despojó con ceremonia de su envoltorio y la empapó en el té.
– ¿Gusta?
Martina rehusó la invitación.
– ¿Ha desayunado?
– En la posada. Que regenta, por cierto, un hermano de Dimas.
El juez masticaba. Hasta que no se hubo limpiado las migas de la boca, no habló.
– Alfredo, sí. Es un simplón, pero buena persona. Aquí la gente es sencilla. Por encima de todo, esté usted segura de una cosa, subinspectora: ningún vecino de Portocristo pudo haberlo hecho. Ni en un caso, ni en el otro. Tuvo que ser alguien de fuera. Uno de esos narcotraficantes que desembarcan alijos de cocaína. Un preso fugado. Un extranjero. Pero, no, nadie de aquí.
– ¿Por qué está tan convencido?
– Porque conozco la villa en la que nací. Soy portocristiano por los cuatro costados. ¿Sabe? Ese amor a mi tierra fue uno de los impulsos que me hizo optar por la judicatura. Estudié Derecho en la facultad de Bolscan, pero durante décadas no llegué a ejercerlo. Tuve que hacerme cargo de mi madre. Hace tantos años que se encuentra mal, la pobre, que no descartaría que acabe por enterrarme. Está sorda, reumática y enferma del corazón, pero goza de una salud de hierro. En fin… Me ocupé de un negocio familiar hasta que, vencidos los cincuenta, y cansado, como tantos otros convecinos, de esos jueces jovenzuelos que sólo paraban por aquí para medrar, me animé a desempolvar los libros de leyes. Aprobé la oposición y ocupé una plaza que nadie pretendía. Soy juez de instrucción de Portocristo desde hace una década, por eso sé muy bien de lo que le estoy hablando. Ninguno de nuestros ciudadanos acabó con las vidas de Dimas Golbardo y Santos Hernández. Tuvo que ser un forastero.
– Plantea usted una visión idílica del pueblo, pero aquí hay traficantes de drogas, aunque sea en pequeña escala. Y, existe, por lo menos, un burdel.
Cambruno carraspeó.
– ¿Se refiere al Oasis?
La subinspectora asintió.
– ¿Qué me dice de una mujer llamada Rita Jaguar?