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La temperatura en la cripta era gélida. Martina pensó que ese frío hálito cuadraba bien a la muerte.

Cubiertos por lienzos, los cuerpos sin vida de Dimas Golbardo y Santos Hernández yacían sobre una ancha mesa de acero.

A pesar de la nube de pegamento y formol que flotaba en el subterráneo, y de un vago perfume a cera quemada, o a flores muertas, el olor a carne en descomposición, sin resultar insoportable, se percibía. Arrugando la nariz, el magistrado decidió permanecer a cierta distancia, junto al inexpresivo embalsamador.

En primer lugar, la subinspectora examinó las ropas y objetos personales. Apilados en dos montones, los haberes de ambos difuntos descansaban en cajas de cartón. El pantalón de Dimas Golbardo, la única prenda suya que se había podido conservar, junto con un raído calzoncillo de algodón, estaba manchado de sangre. Asimismo, la sangre había salpicado la camisa de Santos Hernández, aunque sus pantalones y zapatillas, según especificó el juez, aparecieron secos y en buen estado. Las zapatillas eran unas deportivas bastante nuevas, con cierre de velcro y un dibujo de rombos mallados en las suelas de goma. Dentro de la cartera de Santos había un carnet de identidad, caducado, una estampita de la Beata Escolástica, patrona de Portocristo, y cinco arrugados billetes de mil pesetas.

– ¿Esto es todo? -Preguntó Martina-. ¿No encontraron nada más? ¿Anillos, monedas, llaves, medallas?

– Santos Hernández solía lucir un cordón de oro -apuntó el juez-, pero no ha aparecido. Se lo hurtarían.

– Siempre iba despechugado -agregó el embalsamador-, haciendo ostentación.

La subinspectora concedió un desdeñoso interés a este último comentario. Abrió su maletín, se dirigió a la mesa de acero y retiró las sábanas para iniciar el análisis de los restos.

Decidió comenzar por Dimas Golbardo, cuyas heridas habían sido suturadas con hilo quirúrgico.

La larga cuchillada del vientre y las torpes costuras de las articulaciones cercenadas deparaban una repulsiva visión. Martina pensó en un desmadejado muñeco de guiñol, en un roto títere.

El intestino grueso se conservaba a la vista, en un rincón, bajo la pila de un lavabo. Alguien lo había introducido en un recipiente colmado de líquido conservante. Encima de su hermético cierre, un vulgar frasco de vidrio contenía los globos oculares, que le habían sido limpiamente extirpados. La subinspectora observó que para ese cometido se había reciclado un bote de tomate envasado. Reprimiendo un comentario irónico, tomó fotos desde distintos ángulos. Redactó algunas notas en su libreta y pidió ayuda al silencioso dueño de la funeraria, a fin de invertir la posición del cadáver.

La espalda, los glúteos y la cara posterior de las piernas no presentaban otras heridas.

El cadáver volvió a quedar en posición supina. Tras un minucioso recorrido visual por la superficie de su piel, la subinspectora reparó en unos rasguños bajo la tetilla derecha de Dimas Golbardo. Diminutas marcas en forma de un ocho tumbado, o de dos eses mayúsculas, trabadas y cruzadas entre sí. Tan superficiales, que su trazado no había traspasado el subcutáneo. Podían haber sido grabadas con la punta de un cuchillo, o tal vez con un instrumento más fino.

– ¿Había reparado en esas incisiones, juez?

Cambruno sacó de un estuche unas gafas de pasta y se inclinó sobre el tórax del muerto.

– No, no me fijé. Curioso.

– No tiene sentido que se las hiciera él mismo. Evidentemente, pretenden comunicar algo. ¿Qué le sugieren?

El juez aproximó la vista a escasos centímetros de las leves señales. El rigor mortis había extendido franjas azuladas por los cerúleos costados del pescador.

– Podrían ser un par de víboras reptando por la arena. Un pez. O las olas de un mar. Como esas olas de los retablos medievales. Un mar de Galilea sobre el que caminase nuestro Señor Jesucristo.

La subinspectora notó que el aire helado se le encogía en los pulmones. Acababan de asaltarle imágenes de los cuadros de Daniel Fosco. Mártires, santos, profetas. Esotéricos ecos de una religión pervertida.

– O el símbolo del infinito -apuntó la subinspectora.

– También -concedió el juez.

– ¿La firma del asesino, quizá? -sugirió Martina.

El juez guardó un prolongado silencio. La subinspectora estaba tomando nuevas fotografías. La flatulenta sonrisa de Daniel Fosco seguía flotando delante de ella, en el espacio frío y vacío de la morgue. Intentó apartar al pintor de su mente.

– ¿Había visto con antelación esas marcas, juez?

– No, ya le digo.

– ¿Tampoco en el cadáver de Gabriel Fosco, el farmacéutico que resultó ahogado en la pasada Navidad?

Cambruno carraspeó, contrariado.

– Acaba de fallar el tiro, subinspectora. Aquel caso no presentaba complicación, lo recuerdo bien. Los síntomas de ahogamiento eran palpables. No concurrió violencia externa. Sin albergar la menor duda sobre la causa del deceso, ordené su inhumación. ¿Por qué lo pregunta? ¿No estará pensando que la muerte de esa excelente persona que fue Gabriel Fosco pueda guardar alguna relación con estos trágicos asesinatos?

– Tal vez. Los tres eran varones en edad madura. Los tres han perdido la vida en las marismas en un corto intervalo de tiempo. ¿Existían entre ellos vínculos que puedan ayudarnos a establecer un móvil común?

El juez se quitó las gafas y adoptó un tono sentencioso.

– Dimas Golbardo y Gabriel Fosco eran amigos de toda la vida, pero eso ¿qué prueba? Con Santos Hernández no creo que mantuvieran lazos ni obligaciones de ningún tipo. Que Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido asesinados resulta tan obvio como el hecho de que Gabriel Fosco falleció de modo fortuito. Opino que este punto debería quedarle perfectamente nítido, subinspectora.

Martina ajustó un teleobjetivo, disparó el flash e inquirió:

– ¿Dónde está enterrado Gabriel Fosco? ¿En Isla del Ángel?

– Así es.

– ¿Quién lo decidió?

– Su viuda, María, y su hijo Daniel.

Martina respiró hondo. Tuvo la sensación de que el oxígeno se le solidificaba en el pecho.

– ¿Qué respondería si le solicito formalmente una orden de exhumación del cadáver de Gabriel Fosco?

El juez hizo un molinete con las gafas.

– Podría usted tramitarla, desde luego, pero si a sus sospechas no añade hechos probados me ampararé en mi potestad de negársela. No existen motivos para alarmar a la población.

Martina esbozó una mueca sarcástica. Dio la vuelta a la mesa y se concentró en el cadáver de Santos Hernández, bastante más corpulento y obeso que el de Dimas Golbardo.

Una costura irregular, con los bordes tumefactos, se extendía desde su clavícula izquierda hasta las costillas flotantes, atravesando en zigzag la piel que había cubierto el corazón. El arponazo había causado una herida circular del tamaño de un puño. En esa zona había sido necesario coser con doble hilo. «O remendar, más bien», pensó Martina, a la vista del grotesco resultado.

– ¿Le parece a usted un argumento menor, juez? Quien haya cometido estos salvajes crímenes anda en libertad. Llevando una vida normal, seguramente. ¿Volverá a matar? ¿Lo hará pronto? ¿Puede usted ofrecer garantías a la población, a fin de no alarmarla, de que nada de eso va a ocurrir de nuevo?

Había levantado la voz, lo que debió molestar al magistrado. Apoyado en su bastón, Cambruno permaneció tras ella, amparándose en una reserva hostil. Martina pidió unos guantes desechables, que Sobrino, sin pronunciar palabra, se demoró en prestarle, seleccionándolos con equina lentitud de una vitrina donde se alineaban sus pócimas e instrumentos de momificar.