La subinspectora se puso los guantes y fue palpando con detenimiento el velludo pecho de Santos Hernández, hasta separar con sumo cuidado los bordes de la herida mortal.
– ¿Y el corazón?
– Quedó como un colador -dijo Sobrino-. He rellenado estéticamente el hueco. No era imprescindible, y tampoco resulta barato, pero me precio de ser perfeccionista.
Martina le dedicó una sonrisa glacial.
– Veo que disfruta con su oficio. ¿Cuál es su nombre?
– Juan Sebastián Sobrino.
– ¿De qué manera le llaman sus amigos, si es que tiene usted alguno?
Tragándose la humillación, el propietario de la funeraria repuso:
– Por lo común, Sebastián.
– Encantada, Sebastián. Ayúdeme otra vez a incorporar el cadáver.
Los restos de Santos Hernández quedaron en decúbito prono. En la parte posterior del tronco, al margen del gran desgarro, toscamente cosido, ocasionado por la punta del arpón al horadar la espalda, no había incisiones ni heridas. Insatisfecha, Martina procedió a examinar el cuerpo con una atención microscópica, deteniéndose en cada pliegue de la piel, en las orejas, en las uñas, en el falo, que colgaba a un lado, y cuyo balano procedió a retirar, enrollándolo delicadamente con el pulgar y el índice. No dejó de escrutar los testículos, ni el orificio anal.
En la planta del pie izquierdo descubrió dos serpenteantes marcas, hechas con el mismo finísimo instrumento que se había utilizado para grabar la piel de Dimas Gol bardo. La subinspectora comprendió en el acto que esa prueba vinculaba ambos asesinatos, modificando su teoría inicial.
– Un ocho tumbado, un pez, o bien otras dos eses mayúsculas cruzadas entre sí -murmuró-. Como sus iniciales, señor Sebastián Sobrino.
El embalsamador abrió la boca, lívido, pero nada llegó a decir. La subinspectora fotografió repetidamente el enigmático icono y se situó luego junto al primer cadáver, el de Dimas Golbardo, para concentrarse en sus manos. Restos de un polvo mineral habían quedado adheridos a las uñas. Martina tomó una muestra. Después, con ayuda de una linternita, examinó su garganta. Hizo lo propio con la cavidad bucal de Santos Hernández y volvió a palpar y examinar ambos cuerpos, hasta hallarse convencida de no haber pasado por alto ningún otro indicio.
– El asesino pretende decirnos algo -concluyó-, ¿pero qué? ¿Tiene usted alguna idea, juez?
– Ni la más remota.
La subinspectora se quitó los guantes y los arrojó a una papelera.
– Una marca en el cadáver de Dimas Golbardo. Otra, parecida, aunque no idéntica, en el de Santos Hernández. Grabadas ambas con un mismo objeto punzante. ¿No se da cuenta? Se trata de un código. La representación del infinito sugeriría un proceso seriado, sin principio ni fin.
– ¿Pretende establecer que nos enfrentamos a un asesino en serie?
– Eso es algo que está claro como la luz del día. Por otra parte, la infinitud revelaría una potestad más allá de lo humano. Una acción sobrenatural, de inspiración divina.
Cambruno sonrió, incrédulo.
– Y, dígame, ¿cuál fue el móvil que inspiró la venganza de ese ángel exterminador?
– A nosotros nos compete esclarecerlo. Si fue el asesino quien hizo esas marcas, el sargento Romero tendría razón al sostener que las víctimas debían estar relacionadas entre sí. Habrían pagado por la misma causa, o de lo contrario, el criminal no se habría atribuido los códigos de su piel. También cabe la posibilidad de que esos tatuajes hubiesen sido grabados con posterioridad a los crímenes, lo que explicaría que ni el doctor ni usted reparasen en las marcas al examinar en una primera instancia los cadáveres. En cualquier caso, la violencia de las ejecuciones resulta inquietante. Mucho me temo, juez, que el criminal, o criminales, volverán a actuar. Y nada me extrañaría que lo hubieran hecho con anterioridad, en un pasado más o menos cercano.
Cambruno manifestó su desacuerdo.
– Está usted yendo demasiado lejos, subinspectora. Y demasiado deprisa.
– ¿Por qué? ¿Simplemente porque la cadena de eslabones escapa a su experiencia? Medite conmigo en voz alta, juez. Es mucho lo que sabemos ya. Tenemos ante nosotros los cuerpos sin vida de dos varones de la zona. Ambos mayores de edad, y asesinados de forma violenta, con ensañamiento y crueldad. El criminal, o bien alguno de sus cómplices, se ha tomado la molestia de dejar su rúbrica, lo que implica un desafío racional. No vamos a perseguir a un lunático, a un fantasma, sino a una mente lógica y fría, capaz de responsabilizarse de la acción de matar, y de envanecerse de ello. En la sombra se oculta alguien que nos está desvelando, de manera explícita, de su puño y letra, por así decirlo, que Dimas Golbardo y Santos Hernández han sido dos de sus víctimas. Nuestra obligación, juez, además de resolver la autoría de los asesinatos, y prevenir futuras agresiones, deberá remontarse a las actividades criminales que hayan podido preceder a éstas. Porque, respóndame, si puede: ¿cómo sabemos que otros no han caído bajo la misma mano?
Cambruno emitió una suerte de jadeo.
– Posee usted una fantasía desbordante, subinspectora.
Martina no se inmutó.
– Esos otros a los que me refiero tan sólo hablarán desde el sepulcro. Quisiera pensar que no se debió a incompetencia en la investigación, pero desde este mismo momento me temo que podemos empezar a lamentar lo contrario. Estoy casi segura de que interpretaron ustedes por muertes accidentales lo que en realidad fueron, también, homicidios.
Cambruno carraspeó hasta encontrar el tono. Que fue desabrido:
– Me parece inaudito que usted, una simple subinspectora de la Jefatura de Policía de Bolscan, que jamás había puesto un pie en el delta, venga a darnos lecciones de instrucción criminal. ¿Quiénes, por cierto, fueron las víctimas desapercibidas por la Guardia Civil y por este viejo y torpe juez de Portocristo? ¿Y por qué habla en plural, como si estuviésemos rodeados de un número incierto de asesinatos sin resolver, y de criminales en régimen de libertad?
Martina encendió un cigarrillo.
– Aquí dentro no se permite fumar-relinchó Sobrino.
La subinspectora expulsó una argolla perfecta. La gélida atmósfera la compactó, antes de deshilvanarla en serpientes de humo. El timbre de Martina repercutió contra la clave de la cripta.
– Que yo sepa, juez, al menos otros dos varones han muerto en el plazo de un año. Gabriel Fosco, el farmacéutico, del que ya hemos hablado. Y el farero de Isla del Ángel, quien, al parecer, se despeñó desde un acantilado.
– ¿Zuazo? -Estalló el juez-. ¿Se ha propuesto meter a Pedro Zuazo en el mismo saco?
– ¿No contaría el farero, por casualidad, alrededor de sesenta y cinco años, como los demás? ¿Y, también por causalidad, no se despeñaría en una fecha coincidente con alguno de los últimos solsticios?
– ¡Usted no está en sus cabales! -Bramó Cambruno, adelantándose hacia las escaleras-. ¡No me deja otra salida que hablar con sus superiores! ¡No pienso tolerar que siga jugando a la caza de brujas!
Sobrino, el embalsamador, intentó ayudarle a ascender los empinados peldaños, pero el juez, espoleado por la ira, lo hizo por sus propios medios. Y no se detuvo. Cruzó la tienda sorteando los ataúdes y abandonó la funeraria como si tuviera urgencia de respirar aire puro.
Martina cubrió los cadáveres con los lienzos, apagó las luces de la cripta y subió las sórdidas escaleras de caracol. Sobrino se había parapetado tras el mostrador de la funeraria, desde donde la despidió con una mirada hostil. Cuando la subinspectora salió de La Buena Estrella, Antonio Cambruno se alejaba por la calle Mayor. Martina tuvo que correr para darle alcance.
– Aguarde un instante, juez. ¿Le he ofendido?
– ¡Usted qué cree! -protestó Cambruno, sin mirarla ni dejar de caminar. Ahora lo hacía con mucha más viveza que antes, a tal punto que la contera de su bastón golpeaba con furia los adoquines de piedra-. Le recuerdo que no se encuentra en la capital, con todos esos ordenadores y expertos forenses. Aquí tenemos una determinada manera de hacer las cosas. Un poco lenta, quizá, pero eficaz.